jueves, 16 de abril de 2020


Homilía 16.04.2020. Les abrió el entendimiento…(Lc.24,45)
Evangelio según san Lucas (24,35-48), del domingo, 19 de abril de ...
Ayer recordamos el pasaje de los discípulos de Emaús, que comenzó con la oscuridad y la tristeza que turbaba el corazón de aquellos que habían seguido a Jesús pero no conseguían aceptar el fracaso de la cruz y que terminaba con la inmensa alegría del encuentro final. Hoy recordamos el encuentro con todos los Apóstoles al día siguiente en Jerusalén.

                Lo más difícil del seguimiento de Jesús es aceptar que la Cruz es el Camino de la Vida. Todos quisiéramos alcanzar la Gloria pero sin pasar por la Pasión. Ante el sufrimiento, y más si es injusto, nos revelamos, lo rechazamos. Si Dios es amor de verdad, ¿cómo es posible que permita tantos sufrimientos injustos?, los de Jesús y los de tantas personas que sufren sin tener culpa alguna. Eso es inaceptable. Lo era para los de Emaús y lo es para nosotros. Pero Jesús les fue iluminando la mente para que en su espíritu surgiera la luz. Hoy Jesús lo hace con los Apóstoles reunidos.

                Y lo hace recordándoles las Escrituras, Moisés y los Profetas.  Para encontrarnos con Jesús Resucitado, el camino comienza en el Antiguo Testamento. Pero no se queda en la Ley, sino que desemboca en el Evangelio, la Buena Noticia de que el Amor y la Vida siempre triunfan. La Cruz se hace luminosa y resplandeciente en la Resurrección. Se iluminan la mente y los sentidos por la Vida, que ya había comenzado en Belén, pero como que se había ocultado en el Calvario hasta que se revela en la Resurrección.

                Cuando uno ha perseverado en el Camino, va descubriendo que los sufrimientos de esta vida no son una desgracia, una maldición, una “mala suerte”, sino lo contrario, son camino de vida, siempre que los enfrentemos dejándonos guiar por el Espíritu de Jesús que vive y se nos comunica de un modo especial en la Comunidad, en la Iglesia.  Los sufrimientos de la vida nos ayudan a crecer en Misericordia, haciéndonos semejantes al Padre, hijos de Dios. Ablandan nuestro endurecido corazón. Avivan nuestra sensibilidad al abrir nuestros ojos al dolor de los hermanos. El que apenas ha sufrido no sabe lo que eso es. El que nunca ha aguantado hambre no conoce lo que es eso.

                El dolor aviva nuestra inteligencia. Nos despierta de nuestro sopor y nos pone a pensar cómo ayudar a los hermanos que sufren. Cuando uno siente como propio un problema serio, no se duerme con facilidad y pone en juego todos sus recursos para resolverlo. Piensa y reflexiona buscando salidas a la dificultad. Descubre fallos y los corrige. Y avanza en el camino de la ciencia y la inteligencia.

                El dolor despierta nuestra solidaridad. Nos impulsa a buscar el apoyo de los amigos y a ofrecérselo a ellos. A aprender de los otros, de sus experiencias, de sus luchas. Nos hace creativos buscando remedios. Nos impulsa a arriesgarnos por nuevos caminos. Nos abre a la vida, a la Comunidad.

                El dolor nos abre a Dios. Cuando uno pasa por dificultades, siente la fragilidad de todo ser humano. Y nos impulsa a acudir a Él, a orar, a presentarle nuestros problemas y sufrimientos. A poner en Él nuestra esperanza. A dejarnos guiar por Él en nuestra debilidad.

                El dolor y el sufrimiento nos hacen crecer en humanidad. Es un aspecto muy importante de nuestra vida, aunque a nadie le agrade. A Jesús tampoco le agradaba, pero en la oración y en el caminar va descubriendo que ese es el camino y no hay otro. Lleva a la vida verdadera, siempre que nos dejemos guiar por Él y lo sigamos en la Iglesia. Y cuando uno va descubriendo el camino, encuentra la Paz, la Paz verdadera, no como la del mundo.

                La vida del mundo actual nos ofrece “analgésicos” por todas partes: Evitar el dolor de cualquier modo, no sólo en las farmacias, que están llenas de ellos, sino de muchos otros modos: diversiones, placeres de toda clase, distracciones, vicios,…todo para olvidar, para no enfrentar la vida con conciencia y responsabilidad.  Y así nos impide crecer. Nos hacemos grandes, pero nos quedamos como niños caprichosos.  La vida cómoda, fácil es una invitación contínua a dejar de lado los problemas y dolores de los otros, nos cierra en nosotros mismos, cerrarnos en nuestras mezquindades y caprichos. Y así no avanzar en el camino de la vida verdadera. Por eso el Espíritu nos descubre la tentación que hay en todo ello, la mentira, el engaño. Y nos invita a seguirle, para que crezcamos en la vida verdadera.

                Creo que la situación que estamos viviendo es también una gracia, un llamado del Señor a la conversión, a dejar de lado nuestra soberbia, a experimentar nuestra fragilidad y debilidad y a seguir sus caminos de paz, de servicio humilde y sencillo, a velar por todos, unos por otros y especialmente por los más débiles.

                Que nuestra Madre, María nos siga acompañando en esta cuarentena para que avancemos por caminos de paz, de verdad y de vida, como hijos de Dios y hermanos del Señor.

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