Homilía 16.04.2020. Les abrió el
entendimiento…(Lc.24,45)

Ayer recordamos el pasaje de
los discípulos de Emaús, que comenzó con la oscuridad y la tristeza que turbaba
el corazón de aquellos que habían seguido a Jesús pero no conseguían aceptar el
fracaso de la cruz y que terminaba con la inmensa alegría del encuentro final. Hoy recordamos el encuentro
con todos los Apóstoles al día siguiente en Jerusalén.
Lo más difícil del seguimiento de Jesús es aceptar
que la Cruz es el Camino de la Vida. Todos quisiéramos alcanzar la Gloria pero
sin pasar por la Pasión. Ante el sufrimiento, y más si es injusto, nos
revelamos, lo rechazamos. Si Dios es amor de verdad, ¿cómo es posible que
permita tantos sufrimientos injustos?, los de Jesús y los de tantas personas
que sufren sin tener culpa alguna. Eso es inaceptable. Lo era para los de Emaús
y lo es para nosotros. Pero Jesús les fue iluminando la mente para que en su
espíritu surgiera la luz. Hoy Jesús lo hace con los Apóstoles reunidos.
Y lo hace recordándoles las Escrituras, Moisés y los
Profetas. Para encontrarnos con Jesús
Resucitado, el camino comienza en el Antiguo Testamento. Pero no se queda en la
Ley, sino que desemboca en el Evangelio, la Buena Noticia de que el Amor y la
Vida siempre triunfan. La Cruz se hace luminosa y resplandeciente en la
Resurrección. Se iluminan la mente y los sentidos por la Vida, que ya había
comenzado en Belén, pero como que se había ocultado en el Calvario hasta que se
revela en la Resurrección.
Cuando uno ha perseverado en el Camino, va
descubriendo que los sufrimientos de esta vida no son una desgracia, una
maldición, una “mala suerte”, sino lo contrario, son camino de vida, siempre
que los enfrentemos dejándonos guiar por el Espíritu de Jesús que vive y se nos
comunica de un modo especial en la Comunidad, en la Iglesia. Los sufrimientos de la vida nos ayudan a
crecer en Misericordia, haciéndonos semejantes al Padre, hijos de Dios.
Ablandan nuestro endurecido corazón. Avivan nuestra sensibilidad al abrir
nuestros ojos al dolor de los hermanos. El que apenas ha sufrido no sabe lo que
eso es. El que nunca ha aguantado hambre no conoce lo que es eso.
El dolor aviva nuestra inteligencia. Nos despierta de
nuestro sopor y nos pone a pensar cómo ayudar a los hermanos que sufren. Cuando
uno siente como propio un problema serio, no se duerme con facilidad y pone en
juego todos sus recursos para resolverlo. Piensa y reflexiona buscando salidas
a la dificultad. Descubre fallos y los corrige. Y avanza en el camino de la
ciencia y la inteligencia.
El dolor despierta nuestra solidaridad. Nos impulsa a
buscar el apoyo de los amigos y a ofrecérselo a ellos. A aprender de los otros,
de sus experiencias, de sus luchas. Nos hace creativos buscando remedios. Nos
impulsa a arriesgarnos por nuevos caminos. Nos abre a la vida, a la Comunidad.
El dolor nos abre a Dios. Cuando uno pasa por
dificultades, siente la fragilidad de todo ser humano. Y nos impulsa a acudir a
Él, a orar, a presentarle nuestros problemas y sufrimientos. A poner en Él
nuestra esperanza. A dejarnos guiar por Él en nuestra debilidad.
El dolor y el sufrimiento nos hacen crecer en
humanidad. Es un aspecto muy importante de nuestra vida, aunque a nadie le
agrade. A Jesús tampoco le agradaba, pero en la oración y en el caminar va descubriendo
que ese es el camino y no hay otro. Lleva a la vida verdadera, siempre que nos
dejemos guiar por Él y lo sigamos en la Iglesia. Y cuando uno va descubriendo
el camino, encuentra la Paz, la Paz verdadera, no como la del mundo.
La vida del mundo actual nos ofrece “analgésicos” por
todas partes: Evitar el dolor de cualquier modo, no sólo en las farmacias, que
están llenas de ellos, sino de muchos otros modos: diversiones, placeres de
toda clase, distracciones, vicios,…todo para olvidar, para no enfrentar la vida
con conciencia y responsabilidad. Y así
nos impide crecer. Nos hacemos grandes, pero nos quedamos como niños
caprichosos. La vida cómoda, fácil es
una invitación contínua a dejar de lado los problemas y dolores de los otros,
nos cierra en nosotros mismos, cerrarnos en nuestras mezquindades y caprichos.
Y así no avanzar en el camino de la vida verdadera. Por eso el Espíritu nos
descubre la tentación que hay en todo ello, la mentira, el engaño. Y nos invita
a seguirle, para que crezcamos en la vida verdadera.
Creo que la situación que estamos viviendo es también
una gracia, un llamado del Señor a la conversión, a dejar de lado nuestra
soberbia, a experimentar nuestra fragilidad y debilidad y a seguir sus caminos
de paz, de servicio humilde y sencillo, a velar por todos, unos por otros y
especialmente por los más débiles.
Que nuestra Madre, María nos siga acompañando en esta
cuarentena para que avancemos por caminos de paz, de verdad y de vida, como
hijos de Dios y hermanos del Señor.
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