Homilía 17.04.2020: Viernes de la Octava de Pascua. Jn 21,1-14.

El
evangelio de Juan que acabamos de escuchar nos relata un encuentro de Jesús con
sus discípulos en el lago. Después de una noche infructuosa de pesca, Jesús los
invita a lanzar nuevamente la red en la mañana. Lo hacen y realizan una pesca
enorme. El discípulo amado reconoce a Jesús. Pedro se ciñe la cintura y se tira
al lago. Jesús tiene un pescado y un pan sobre las brasas. Les invita a aportar
parte de lo que han pescado para comer. Realizan una comida compartida.
Supongamos,
por un momento, que el discípulo amado que se recuesta sobre el pecho de Jesús
en la cena, que está al pie de la cruz, que corre a la tumba, y que lo reconoce
en el lago después de la pesca abundante fuera María Magdalena. En boca de ella
pone la secuencia de Pascua la exclamación: “¡Resucitó de veras, mi amor y mi
esperanza!”
María
Magdalena pertenecería, entonces, al grupo íntimo de los amigos y compañeros de
Jesús. Y con ella, todas las mujeres que a lo largo de la historia han sido amigas
y compañeras de Jesús.
Los
discípulos y ella han pasado misionando sin mucho éxito. Lo han hecho de noche.
Al amanecer, aparece Jesús y los invita a echar de nuevo las redes. Lo hacen y
las redes se escapan de romper de tanto pescado, 153 al final. María Magdalena
lo reconoce. Exclama: “Es mi amor”. Al escucharla, Pedro conmovido se anima a
ceñirse la cintura, como lo había hecho Jesús cuando les había lavado los pies
a sus amigas y compañeros. Acepta servir con y como Jesús como modelo de actuar.
Y además se tira al agua, acepta sumergirse en las mismas aguas del bautismo en
las que fue bautizado Jesús en su pasión. Está dispuesto a servir y a
entregarse hasta la muerte.
Jesús los
está esperando con un pescado y un pan sobre las brazas como en el episodio del
compartir agradecido de los panes y peces que alcanzó para todos y los invita a
compartir algunos peces del fruto de su trabajo. Así celebran una eucaristía en
la playa del lago, compartiendo lo que son y lo que tienen. Celebran “la cena
que recrea y enamora”, la mesa abierta de compartir agradecido. Y eso los
dispone para regresar al lago y seguir pescando…
Lo narrado
en este trozo de evangelio nos puede iluminar la forma de trabajar en esta
crisis que estamos viviendo por el COVID-19 y la cuarentena decretada por el
gobierno. La fecundidad de nuestra labor va a depender de la presencia de Jesús
y/o del reconocimiento de dicha presencia. Lo que nos va a permitir reconocerlo
es haberlo acompañado por amor en su pasión. La crisis sanitaria y económica en
la que estamos empezando a entrar nos va dar mucha oportunidad de hacerlo. El
camino de salida de la crisis va a ser el compartir agradecido de lo que somos
y tenemos en la compañía de Jesús que a su vez nos comparte lo que él es y
tiene. Las mujeres van a tener que estar codo a codo con los varones en la
misión. La eucaristía, la comunidad de vida y de misión con Jesús va a ser el
sustento para enfrentar esta crisis, ciñéndonos cada una y cada uno la cintura
con el manto del servicio y tirándonos al agua de la pasión con la que fue
bautizado Jesús, perdiendo el miedo a la muerte.
A lo mejor
al final de esta crisis descubrimos que la suposición de que María Magdalena
era la discípula amada era algo más que una mera suposición.
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