Homilía 23.04.2020: Jn.3,35 “El que cree en el Hijo tiene vida eterna”

En este jueves de la 2ª. Sem. de Pascua, seguimos
meditando el Cap.3 de S.Jn., la plática que Jesús tuvo con Nicodemo en la que
se nos ayuda a profundizar en los caminos de la Fe. Jesús nos dice “el que cree en el Hijo tiene
vida eterna”. Creer en Jesús no es sólo
tener unas ideas acerca de Jesús o sobre sus enseñanzas. Es mucho más que eso:
supone un seguimiento en la vida, un compromiso que nace de ver a las personas
como las ve el Padre, con cariño, con amor, pero viendo la totalidad de su ser
y comportarse con ellas y con las cosas de la vida como Jesús lo hacía.
Jesús veía en cada persona una creatura de Dios, un ser
que Dios ha creado con ternura, con amor, con sabiduría. Y lo ha creado con un
propósito: que llegue a ser plenamente feliz, que llegue a desarrollar todas
las posibilidades que Él ha puesto en su corazón desde su nacimiento. Que Él ha
reconocido como hijo de un modo especial desde el Bautismo. Esas posibilidades
que han de desarrollarse en él para que se sienta y llegue a ser en plenitud
amor y misericordia como lo es el Padre. Cada uno de nosotros somos una
maravilla querida y creada por Dios personalmente, nos recuerda el Sal. 139.
Somos algo muy importante para Dios. Pero podemos arruinar el plan de Dios en
cada uno de nosotros si nos apartamos por caminos falsos. Como decía la lectura
de ayer: el que no cree ya se ha perdido. No llegará a entrar en el Reino de
Dios. Dios no quiere condenar a nadie, pero el que desprecia sus caminos, él
mismo se pierde, ya que no hay otro camino: Yo soy el Camino, la Verdad y la
Vida. A Dios le duele que nos perdamos por el gran amor que nos tiene. Y si
tomamos caminos falsos, Dios sufre tremendamente por el gran amor que nos
tiene.
Jesús ha venido a abrirnos los ojos y que vayamos
descubriendo lo que en verdad somos. Porque al considerar tantas limitaciones y
debilidades como experimentamos en esta vida mortal, no nos creemos que de
verdad seamos importantes para Dios. Y nos conformamos con “ir pasando por la
vida” medio adormecidos. El “mundo” intenta adormecernos más todavía
repitiéndonos machaconamente que si no tenemos bienes materiales, riquezas,
prestigio, éxito, nunca seremos nada. Jesús pasó aquella “cuarentena” en retiro
en el desierto en total precariedad, pobreza y soledad. Y precisamente allí
acabó sintiéndose verdaderamente Hijo de Dios. Creer en Jesús es seguir ese
camino de entrega, de servicio, de confianza y de trabajo que Él siguió, para
que así lleguemos a sentirnos de verdad, hijos en el Hijo.
Los discípulos, después de la Resurrección,
comprendieron que el camino de Jesús, el camino de la entrega, el servicio, el
sacrificio, el amor es el camino que de verdad lleva a la vida. Y eso hizo
desparecer en ellos el temor, la mezquindad, el egoísmo. Y a vivir con sabiduría y alegría, los nuevos
caminos, como muestra el libo de los Hechos que estamos leyendo estos días.
En esta cuarentena en que nos ha metido el
coronavirus estamos sintiendo nuestra fragilidad, nuestra debilidad. Pero
también es una buena ocasión de desarrollar nuestra sensibilidad fraternal,
nuestra creatividad, nuestra responsabilidad por los hermanos y por todas las
personas con las que convivimos. El
Señor nos está invitando a corregir nuestros fallos, nuestros caprichos,
nuestros egoísmos tan acrecidos en este mundo en que vivimos. Confiemos en Él y
pongámonos a la tarea de construir la fraternidad y el mundo nuevo que vivieron
con alegría los primeros cristianos y todos aquellos que viven según el camino
que el Señor nos enseña. Él está vivo en
medios de nosotros y a todos nos invita a seguirle, pues nos dice: “Yo estaré
con ustedes todos los días, hasta el final de la historia”.
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