Homilía 02.05.2020: Jn.6, 66 Y
muchos discípulos… ya dejaron de seguirle. C.S.

El cap. 6 de S.Jn. nos va ayudando a profundizar este
maravilloso misterio del Amor de Dios que se nos revela en la Eucaristía. Nos
dice que para participar plena y conscientemente de esa realidad es necesario
“comer el Cuerpo y beber la Sangre del Señor”.
Algo casi increíble y que muchos no pueden aceptar, tanto supera nuestra
capacidad de entender. Muchos decían: eso es inaceptable. Y hoy mucha gente
sigue pensando lo mismo. Pero Jesús nos dice: “el que no come mi Cuerpo y no
bebe mi Sangre no vive de verdad, no puede participar de mi Vida, la Vida
verdadera, la Vida Eterna”.
¿Por qué será tan difícil aceptar esa revelación del
Señor? Él mismo nos lo dice: Porque no creen en Mi. Creer en Jesús significa
aceptar su mensaje y sobre todo seguir su modo de vida: Querer vivir como Él
vivia, servir como Él servía, amar como Él amaba. Y Él todo lo hacía por amor
de cada uno de nosotros, por el bien incluso de los enemigos. En el AT. se
proponía amar al prójimo como a uno mismo. Jesús nos invita a dar un paso más,
el definitivo, “amar como Él nos ama”, es decir hasta dar la vida por los
otros, hasta por los enemigos, como Él lo hizo en la Cruz. Y eso, para muchos,
es impensable, es una locura. Y por eso se retiraban y se retiran.
Pero Jesús no propone ese camino como un mandato, una
obligación, sino más bien como una invitación: “si quieres”… Una invitación que va unida a una promesa:
“Yo te acompañaré todos los días de tu vida”. Esa promesa hace que, lo que a
nuestras humanas fuerzas parece imposible, en realidad se hace muy factible,
siempre que permanezcamos unidos a Él. Y no sólo realizable, sino hasta gozosamente
factible. Seguir el Camino de Jesús nos
lleva a vivirlo con profunda alegría. No es seguirlo porque me lo mandan y si
no lo sigo me cae el castigo encima. Sino porque es el modo de responder con
amor al Amor con que Él nos amó primero. En la encíclica “La alegría del
Evangelio” el Papa Francisco nos lo explica claramente: al que sigue el Camino
del Señor, la vida se le llena de luz se le llena de alegría, aun en medio de
las dificultades de la vida.
En Jn.15 Jesús
nos dice: “si permanecen unidos a Mi, como la rama permanece unida al árbol,
darán frutos sabrosos y abundantes, pero sin mi, no pueden hacer nada”. La rama
no necesita proponerse o esforzarse por dar frutos. A su tiempo le va naciendo
de dentro echar primero las flores, luego los frutos y después maduran los
frutos abundantes y sabrosos. Así es también con el que permanece unido al
Señor. Dar los frutos del Espíritu es algo que nace de dentro espontáneamente,
sin mayor esfuerzo. Pero para ello es
absolutamente necesario permanecer alimentados por su Espíritu, como la rama es
alimentada por la savia que le comunica el árbol. La rama, separada del árbol,
se seca y ya no sirve para nada, sólo para leña, para el fuego. Dar los frutos
del Espíritu sólo por el propio esfuerzo, sólo por la propia voluntad es
imposible, es superior a nuestras fuerzas. Pero vivificados por el Espíritu es
una experiencia gozosa y espontánea, como nos muestran las vidas de los santos.
El Señor nos enseña el Camino para comunicarnos su
Espíritu. Ese Camino que tiene tres elementos esenciales: la Palabra, los
Sacramentos y la Comunidad. La Palabra que poco a poco va iluminando
nuestra mente y nuestro corazón, mostrando el sendero, descubriendo que las
contrariedades y sufrimientos de la vida no son una maldición, un castigo, sino
lo contrario, retos para despertar nuestra sensibilidad, nuestra creatividad,
nuestros carismas. Que “es necesario” enfrentar los problemas y sinsabores de
la vida, para que se muestren y se desarrollen nuestras capacidades para
superarlos, como el Señor mostró a los de Emaús.
Los Sacramentos,
símbolos sensibles de la Gracia, que captamos con nuestra sensibilidad
corporal, material, pero que nos abren a la realidad espiritual, transcendente.
Que afectan nuestro ser corporal, pero que nos indican el aspecto más profundo
de nuestra realidad personal. Que alimentan nuestro cuerpo material pero que
nos invitan y nos ayudan a crecer en nuestra realidad espiritual, como ocurrió
en la Multiplicación de los Panes que leímos al principio de Jn.6 y en el pasaje
de los de Emaús.
La Comunidad,
como lugar imprescindible donde la Escritura se encarna, se comparte, se vive,
se entiende, se celebra. Y donde los Sacramentos toman cuerpo, se realizan y se
verifican. La Comunidad fue donde la Palabra fue tomando cuerpo, se fue
recibiendo a través de los Profetas enviados por el Señor e iba iluminando los
acontecimientos de la historia del pueblo y de cada una de las personas que lo
formaban. Y se fue poniendo por escrito
hasta completar la Sagrada Escritura. Y la Comunidad, la Iglesia, es donde se
nos explica y hace comprensible a través de los apóstoles y evangelizadores que
nos la actualizan en nuestra vida e historia concretas.
Estamos viviendo estos acontecimientos de la
cuarentena, que tanto están trastornando nuestras vidas y proyectos. Pidámosle
al Señor y a su Madre María que nos hagan sentir su compañía, como nos
prometieron desde el comienzo. Y de nuestra parte intensifiquemos la atención
en escuchar y meditar su Palabra, que es Palabra de Vida, presentémosles
nuestras súplicas y oraciones para que ellos iluminen nuestra historia. Y
hagamos realidad nuestro amor y fraternidad con las personas y las cosas de
nuestro entorno, para que sintamos cómo el Reinado del Señor sigue viniendo a
nuestras vidas. Amén.
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