viernes, 22 de mayo de 2020


22.05.2020 Homilía Jn. 16, 21 Su tristeza se transformará en alegría             C.S.                         912
JUAN 16, 20-23 |
 Seguimos meditando las Palabras que Jesús dirigió a los discípulos durante la Última Cena, el testamento de Jesús. Y hoy se nos dice muy claramente que el Camino del cristiano no es un camino cómodo, fácil, sino que necesariamente pasa por el dolor, por las dificultades, aunque no para quedarse en ellas, sino para experimentar que “la tristeza se transformará en alegría”.

Y el Señor nos pone una comparación que toda persona puede fácilmente entender: La experiencia que todas las madres han tenido, una o varias veces: el dar a luz. Es una experiencia universal, una experiencia de dolor que se transforma en alegría. Todo nacimiento siempre va precedido por un período de gestación. La gestación empieza en un acto de amor entre los esposos que normalmente va acompañado de mucha alegría y gozo, aunque también hay dolor y sufrimiento. Después, durante los nueve meses en que la criatura se va formando en el seno de su madre, no faltan las alegrías en lo profundo del corazón, pero acompañadas por molestias y dolores. Una madre gestante debe privarse de algunas cosas, tiene que sacrificar caprichos, debe cuidarse. Pero el esposo, normalmente, le dedica especial cariño y ternura. En todas las culturas del mundo siempre hay costumbres de especial respeto y atención por las madres gestantes: cederles el asiento, darles prioridad en las filas, ayudarlas con mil detalles, etc. En la lengua alemana hay una expresión muy bonita para decir que una mujer está embarazada: se dice que lleva un niño bajo el corazón. El tiempo de gestación llega a su fin en el momento de dar a luz. Momento de dolor, de peligro, de angustia, pero que normalmente desemboca en un nacimiento feliz, que llena de alegría y gozo a los padres y a toda la familia, cuando el niño ha sido querido y deseado, como debe ser.
  
Esa experiencia que todos hemos compartido o realizado, Jesús la toma para explicarnos lo que es la vida cristiana, que comienza con un Sacramento, el Bautismo. El Bautismo siempre debe ser precedido por un período de evangelización inicial, un tiempo en que el catecúmeno es iniciado en los misterios de la Fe, en que se le anuncia la Buena Noticia del Amor personal de Dios por él en concreto y la Vida nueva que Dios quiere comunicarle. Dios nos crea a todos como personas libres y dignas de todo respeto, y desde el principio respeta nuestra libertad y nuestra personalidad. Esa evangelización inicial se realiza en la Comunidad, en la Iglesia, principalmente por el testimonio de personas que ya van caminando y experimentando esa vida del Espíritu en sí mismas. El Bautismo es como el nacimiento en la vida del Espíritu. Por eso el Papa Francisco nos recomienda recordar y celebrar el aniversario de nuestro Bautismo. Porque para un cristiano consciente la fecha de nuestro Bautismo debería ser más importante que la fecha de nacimiento.

 Un niño, cuando nace, es la cosa más frágil y débil que podemos imaginar: en todo depende de su madre o sus familiares. De ella recibe el alimento, el calor, la protección, el aseo, el cariño, etc. Sin su madre es casi imposible sobrevivir. Pero, a medida que va creciendo, va avanzando en autonomía: empieza a caminar, a hablar, aprende muchas cosas, y luego ya podrá trabajar y asumir cada vez más responsabilidades.  En la vida cristiana también es así: al principio la familia y la comunidad le van dando todo lo que necesita, pero con el tiempo va creciendo y cada vez va desarrollando los carismas que Dios ha puesto como un germen en su corazón. Y uno va descubriendo que las contrariedades y sufrimientos de la vida no son desgracias, castigos o maldades que le hacen a uno, sino más bien retos y oportunidades de crecimiento para ser, después, más felices, más plenos, más humanos.

 La persona humana crece en humanidad, en sabiduría, en inteligencia, en sensibilidad, en amor y en misericordia, cuando enfrenta los retos que la vida le va poniendo delante. Retos que siempre suponen una dosis de esfuerzo y dolor. En este sentido, el mundo moderno nos ofrece cantidad de analgésicos y terapias para aminorar el dolor físico y sicológico. Que muchas veces no son algo que nos ayuda a crecer, sino solamente nos alivian los síntomas pero no sanan la enfermedad o dolencia. La crisis del coronavirus es ejemplo de ello: la verdadera sanación es fortalecer nuestro sistema inmunológico y crear anticuerpos que nos defiendan. Y eso se nos da cuando llevamos una vida sana en lo físico, lo síquico y lo espiritual. Lo cual supone cierto esfuerzo, disciplina y capacidad de sacrificio por los demás. Como nos enseña Jesús a través de la Iglesia. Queremos combatir la crisis a base de dinero y eso está resultando bastante ineficaz e inútil. Cierto que la investigación médica es necesaria e importantísima. Pero más importante es construir un mundo sobre la fraternidad, la solidaridad, la misericordia, el amor y la sabiduría profunda. Creo que, a través de esta crisis el Señor nos está llamando a una conversión profunda, a abandonar los ídolos de la codicia del dinero, el poder y el placer y dejarnos guiar por su Espíritu de la verdad, el bien y la fraternidad.

 Pidámosle al Señor y a su Madre María que nos sigan acompañando y fortaleciendo en nuestro caminar hacia un mundo más justo, más fraternal, más solidario, más humano.   Amén.

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