
Durante el tiempo de Pascua, en
el que estamos, el Señor nos va preparando para ayudarnos a descubrir esa
presencia suya definitiva entre nosotros. Así ocurrió entonces con la Iglesia
naciente y así sigue ocurriendo ahora. En el AT, Dios se va revelando como el Dios único, creador, poderoso, que
guía a su pueblo con sabiduría y amor, pero que nunca se deja utilizar a su
capricho, que marca sus leyes para que se respeten y que el que se aparta de su
ley, se pierde. En Jesús, Dios se revela como un Dios muy cercano a nosotros, Dios con nosotros, como uno de
nosotros, Dios que es también hombre, Hijo. Y nos va acompañando en nuestro
caminar de hacernos hijos de Dios, hermanos de verdad, aunque seamos rebeldes.
Que su amor es más fuerte que nuestras rebeldías y pecados. Que el Amor de Dios
por nosotros no tiene límites. Dios es puro Amor y sólo Amor.
En Pentecostés, que celebraremos
en unos días, se nos revela cómo Dios ha querido compartir su Espíritu con
nosotros, aceptarnos en su propia Vida, la Vida Eterna, la vida gloriosa sin
fin. El tiempo de Pascua es un tiempo para que vayamos descubriendo esa
presencia de Dios en nosotros. No
sólo con nosotros, como fue Jesús en carne mortal, sino en nosotros, haciéndonos
partícipes de su propia vida. La Resurrección no es un volver a la vida
anterior, biológica, mortal, sino empezar a vivir esa vida nueva en la que ya
no hay las limitaciones y debilidades propias de esta vida mortal.
Pero para alcanzar esa vida
nueva, en el Espíritu, es necesario seguir un camino, es necesario experimentar
que todo en esta vida, lo bueno y bonito, pero también las contrariedades y
sufrimientos de esta vida mortal, están orientados a hacernos capaces de vivir
esa vida nueva. Que las contrariedades y sufrimientos no son una desgracia, un
castigo, sino pasos necesarios para despertar en nosotros el amor y la
misericordia. Que nuestra vida, sólo pasando por las cruces que nos tocan, se
hace verdaderamente humana, se hace capaz de amor y misericordia a imagen y
semejanza de Jesús, de Dios Padre.
Todos queremos llegar a
disfrutar una vida feliz, una vida en que el dolor, el sufrimiento y la muerte
hayan sido vencidos definitivamente. Y la tentación permanente es conseguirla a
base de acumular poder, fuerza, dinero y eso a como dé lugar, que suele ser
superando a los demás, olvidándonos de los débiles, aprovechándonos de su
debilidad. Jesús nos enseña que el
camino de la felicidad verdadera es precisamente el contrario, es el camino de
la misericordia, el compartir con los que más lo necesitan, el camino del servicio
y del sacrificio y el amor por los demás. Y que no hay otro camino que lleve a
la vida verdadera. Esto no es sólo una
opinión, una verdad entre otras, sino la única cierta. Jesús la vivió hasta
entregar su vida en la cruz. Y al resucitar se hizo testigo de ello, lo
experimentó a cabalidad. La Iglesia es la Comunidad de los que confiamos en
Jesús y queremos seguir ese camino con la esperanza de llegar también a vivir
esa experiencia, es decir hacernos testigos de que ese es el Camino verdadero.
Para esto nos llama el Señor. Para esto nos ha elegido y nos ha llamado, para
que viviéndolo seamos luz que ilumina a otros, que sirva de orientación para
los que todavía andan perdidos. Para que el mundo crea que Dios es sólo Amor y
todo Amor por nosotros.
Y así las contrariedades y
crisis de la vida, miradas desde la fe, son oportunidades de crecer en la
misericordia, en el amor, en el servicio y así humanizarnos más y acercarnos
más a nuestra meta de la paz y felicidad verdadera en un mundo nuevo fraternal,
solidario y en paz auténtica. Ese mundo que ya comienza a ser realidad entre
los que creemos en Jesús. Pero en el que
muchos todavía no creen. Por eso es tan importante, en crisis como la actual,
que los que queremos creer en Jesús, la vivamos guiados por su Espíritu, que
seamos testigos de su misericordia, su sabiduría, su fortaleza y su amor. Y que
ello se manifieste más en obras, en cosas concretas, que en palabras, que
pueden ser muy bonitas, pero que no convencen.
Jesús necesitó y eligió a
testigos en su tiempo. Ahora también necesita de testigos que hagan creíble ese
camino. Y para eso nos llama, y nos congrega en la Iglesia, y nos guía con su
Palabra y con los pastores que la actualizan y nos alimenta y fortalece con los
Sacramentos y nos hace sentir que su promesa “Yo estaré con ustedes todos los
días hasta el fin del mundo” se está cumpliendo en nosotros por su amor y su
misericordia. Si seguimos su camino, experimentaremos que la promesa se cumple
en nosotros y eso nos va llenando de alegría, de fortaleza, de paz. Somos
elegidos del Señor para hacer esta experiencia. Para ser luz en tiempos de
oscuridad, para ser paz en tiempos de incertidumbre. Que el Señor y su Madre
María son hagan sentir su presencia y su compañía en estos tiempos recios, para
que así podamos ser paz y esperanza para muchos que tanto la necesitan y a
todos nos comuniquen su alegría y su gracia.
Amén.
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