25.05.2020 Lunes
de la séptima semana de pascua.
Queridas hermanas y hermanos, hemos
entrado en la última semana de la pascua y con la fiesta de la Ascensión
celebrada ayer domingo las lecturas de esta semana nos preparan para la gran
solemnidad de Pentecostés: la venida del Espíritu Santo que celebraremos el
próximo domingo.
Las lecturas de esta semana en los
Hechos de los apóstoles nos irán relatando como esa presencia del Espíritu del
resucitado se hace presente en las nuevas comunidades cristianas que van
conformando la Iglesia. Jesús continúa cerca a sus discípulos y discípulas en
esa presencia-ausencia que es reafirmada y confirmada por el Espíritu del Padre
que consuela, defiende, anima y va gestando las comunidades de las cristianas y
cristianos, seguidoras y seguidores del Señor.
Por tanto, las lecturas que
escucharemos esta semana nos estarán preparando para celebrar con alegría la
presencia del Espíritu de Dios en nuestras vidas.
Jesús parte de la realidad cristiana
de que ser verdaderos discípulos y discípulas de Jesús es asumir un camino de testimonio
y por ende su traducción en martirio. Por eso nos advierte que los verdaderos
discípulos y discípulas hemos de tener tribulaciones en el mundo, porque Él
también las tuvo y porque su proyecto del Reino de Dios se enmarca en
realidades de justicia, paz, solidaridad y fraternidad, y esos no son valores
que promueva el mundo. El mundo por su parte promueve la exclusión, la
comodidad, el aislamiento y el individualismo egoísta; eso lo hemos podido
observar con total claridad en esta crisis. Las indicaciones que en todo
momento se nos dan es aíslese, mantenga la distancia, evite todo contacto, el
virus mata. No son esos mensajes totalmente contrarios a la presencia-ausencia
de Jesús y de su Espíritu en nosotras y nosotros. ¿Acaso no es mejor hablar en términos
positivos a las gente, desde la responsabilidad y el cuidado que cada uno-una
debemos tener y de esa manera saber afrontar la enfermedad apoyándonos unos a
otros?
Jesús tuvo esa misma experiencia en
su pasión, y por eso en el Evangelio de hoy les dice con total claridad a sus
discípulos y discípulas, y nos lo dice a nosotras y nosotros también: “Pues
miren que viene la hora, más aún, ya llegó, en que se van a dispersar cada uno
por su lado y me dejarán solo. Sin embargo, no estaré solo, porque el Padre
estará conmigo” (Jn 16,32). ¿Cuántos hermanos y hermanas se han sentido
discriminados por los miembros de la misma comunidad cristiana al saber que
están infectados?, ¿hemos sido nosotros-nosotras de esos que les encanta
señalar a los demás? El Espíritu de Jesús viene a denunciar y a corregir ese
tipo de actitudes, de lo contrario no hemos de ser verdaderas cristianas y
cristianos ni el Espíritu de Dios habita en nosotras y nosotros.
Ante quienes sufren Jesús nos dice:
“Les he dicho estas cosas, para que tengan paz en mí (…) tengan valor, porque
yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). El mensaje de Jesús resucitado en todo
momento es el deseo de la paz, paz en nuestras vidas, paz en medio de nosotras
y nosotros; y la paz es fruto de la justicia (Gaudium et spes #78). Por eso les
animo en todo momento a mantener la paz que brota de la presencia de Jesús
resucitado junto a nosotras y nosotros mediante la fuerza de su Espíritu.
Esa fuerza del Espíritu es la que
estuvo presente en los primeros relatos de los cristianos y cristianas y les
movió al arrepentimiento de sus malas conductas y a creer en Jesús y querer
vivir desde los valores del reinado de Dios. Por eso el Espíritu les inspira a
hablar nuevas lenguas y a profetizar. También nosotras y nosotros estamos
llamadas y llamados a hablar en ese nuevo lenguaje del Espíritu que se traduce
en amor, desde nuestra actitud para con todas y todos, sobre todo los que están
sufriendo más en medio de esta crisis. Debemos profetizar nuevos tiempos
construidos sobre las actitudes antes citadas de cuidado y responsabilidad
entre unos y otras, y sobre todo desde la cercanía en medio de esa
presencia-ausencia, cercanía-distancia que debemos vivir.
Hermanas y hermanos, la preparación
para la solemnidad de Pentecostés nos reta a continuar impulsando una nueva
vida con nuevas actitudes y nuevas acciones que nos lleven a vivir más
responsablemente y comprometido nuestro ser cristiano. El mundo necesita de
testigos, como nos dice un canto: “Somos testigos de la resurrección, Él está
aquí, está presente es vida y es verdad. Somos testigos de la resurrección, él
está aquí, su Espíritu nos mueve para amar”.
Dejemos que ese amor puesto es obras sea el
motor que nos ayude a prepararnos adecuadamente para seguir haciendo presente
entre nosotras y
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