11.05.2020 Homilía: Jn.14, 23 El que me ama, guardará mi Palabra y sentirá
el Amor de Dios C.S.
Seguimos
profundizando en el Mensaje de Jesús a los discípulos y a nosotros, guiados por
S.Jn. Ayer se nos decía que Jesús es Camino, Verdad y Vida, y es el único
camino para llegar a vivir lo que todos estamos llamados a vivir, la Vida de
Dios, la Vida Eterna. El único camino para llegar a ser felices de verdad, en
plenitud, como lo es Jesucristo, el Hombre perfecto. La meta es esa, y para
alcanzarla sólo hay un Camino, Jesús, Hombre verdadero, Hombre auténtico,
Hombre Dios.
El
Camino no es una ruta más o menos señalizada que nos lleva a un lugar más o
menos conocido, como pensaba Felipe. Sino una Vida que sólo se puede conocer
cuando se vive. La vivencia del Amor sólo es posible cuando se vive. Así como
la vivencia, el placer, la alegría que puede producir y hacer experimentar la
música o el arte, sólo se puede conocer cuando se experimentan. Nadie que no se
haya enamorado de verdad de otra persona, puede entender lo que es enamorarse.
Y así es con Dios, que es Amor y sólo Amor sin límites.
Para
enamorarse de alguien es imprescindible acercarse a él con respeto, con
atención, con el deseo sincero de conocerle de verdad, lo que siente, lo que
quiere, lo que desea, lo que hace y lo que quiere ser y hacer. Es acercarse a
un misterio único, irrepetible, inmenso, maravilloso. En toda la Creación no
hay dos personas idénticas, todos somos distintos, y cada uno de nosotros fue
creado con unas posibilidades distintas, personalmente. Todos fuimos creados
por amor, con inmensa sabiduría, como alguien único e irrepetible. Y todos
distintos, pero con la misma dignidad y con la posibilidad de hacernos iguales
a Dios, es decir vivir eternamente y eternamente felices. Somos creaturas de
Dios, obras de Dios, maravillosas obras de arte de Dios, dice el Sal.139. Y
creados y puestos en este mundo para que lleguemos a realizarnos en plenitud. Y
todos somos necesarios, nadie es “sobrante” o “desechable”, como nos dice el
Papa Francisco.
Pero
Dios con su poder creador nos ha hecho libres, ya que si no lo fuéramos no
podríamos realizarnos como personas. Y eso es algo maravilloso, pero también
terrible: podemos negarnos a que esas posibilidades de felicidad y plenitud se
realicen en nosotros. Podemos destruir esas posibilidades, arruinar nuestra
vida, perdernos. Y eso depende de cada uno de nosotros.
Jesús
ha venido y se ha hecho uno de nosotros, igual a nosotros, sin privilegio
ninguno, para que nosotros, siguiendo su modo de vida, descubramos nuestro
camino. Para que creamos en Él siguiéndole, y abriéndonos a su Amor, el Amor
que es Dios, y seamos igualmente capaces de amar como Él nos ama. Judas Tadeo
le preguntó a Jesús: “¿Por qué hablas de mostrarte a solamente a nosotros y no
a los del mundo?” Y Jesús le responde:
“Porque el que no quiere seguir mi camino, y no guarda mis Palabras, no puede
hacer esa experiencia del Amor de Dios”. Se niega a vivir esa experiencia a la
que yo les invito. Jesús quiere que
todos lleguemos a vivir esa vida en la Luz y la Verdad, nos invita a todos,
pero no nos obliga. Podemos rechazar la invitación. Y si la rechazamos, nos la
perdemos. Jesús no tiene favoritismos con nadie, pero se encuentra con que
nosotros, a veces aceptamos la invitación y otras veces la rechazamos.
El
sufrimiento con el que todos nos encontramos en nuestra vida, es una llamada a
abrir los ojos de la Fe, a despertar la misericordia y la sensibilidad por los
demás. Cuanto más injusto e inmerecido es el dolor, más fuerte es esa llamada.
La llamada suprema es la entrega a la muerte de Jesús en la Cruz, El más
inocente, la mayor injusticia. Algunos, abren los ojos, como algunos soldados
al pie de la Cruz, Mt.27,54, “verdaderamente este es el Hijo de Dios”, otros se
cierran. Cuando nos encontramos con alguien que sufre, más si es una persona
buena, un niño, nuestro corazón se ablanda, se sensibiliza por esa persona y
espontáneamente nos nace de dentro hacer algo por ella. Pero cuando nos
aislamos de los que sufren, nuestro corazón se vuelve insensible, se endurece,
“no nos damos cuenta”, como dice el dicho: “ojos que no ven, corazón que no
siente”, como le ocurría al rico de la parábola de Lázaro. Ese es el gran
peligro de la riqueza y el lujo: insensibilizarnos al dolor de los otros, al
dolor que nos podría sanar y movilizarnos para hacer algo por ellos. El lujo y
el placer son analgésicos que no sanan nuestra ceguera, sino que la aumentan.
El dolor de los marginados es algo que nos sensibiliza y con ello nos humaniza
y es fuente de salvación para todos. Por eso Jesús le dice a Judas Tadeo: no me
puedo mostrar a “los del mundo”, porque taponan sus oídos, cierran sus ojos y
su corazón y así no puedo salvarles por mucho que yo lo desee.
Estamos
viviendo estas crisis, que tocan a todos, pero especialmente a los de escasos
recursos, los que viven al día, los que no tienen reservas para sobrevivir.
Creo que es un fuerte llamado del Señor a que dejemos de lado los ídolos del
consumismo, el lujo, la codicia, la diversión, la indiferencia por los más
pobres y nos tomemos en serio nuestra responsabilidad por construir un mundo y
una sociedad más solidaria, más responsable, más justa, más humana, más
fraternal, empezando por nuestras familias, nuestra vecindad, nuestros
trabajos, nuestros pueblos y ciudades. Que el Señor y su Santa Madre María,
Madre de Misericordia, nos ayuden a despertar y a caminar por los senderos de
la Vida y de la Paz. Amén.
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