29.05.2020
Homilía : Último viernes de pascua.
“Al atardecer de la vida, seremos
juzgados sobre el amor” (San Juan De La Cruz). Jesús no solo ama durante su
vida hasta el extremo en la cruz, sino que aún después de su resurrección
quiere enseñarles a sus discípulos que el amor es la única puerta de entrada a
la comunión con Él y con el Padre en el Espíritu.
El evangelio de Juan coloca como
colofón de su texto la triple pregunta sobre el amor hecha a Pedro, el que ha
de pastorear a las ovejas de Jesús: ¿Me amas?, ¿alguna vez nos han hecho esta
pregunta o se lo hemos preguntado a alguien?
Las respuestas a esta pregunta pueden
ser muy rápidas y poco comprometidas, como las de Pedro con Jesús. El texto
griego coloca en las dos primeras preguntas sobre el amor en Jesús la pregunta
por el amor “ágape”: un amor sin límites, oblativo, entregado, apasionado,
hasta el extremo de dar la vida. Pedro sin embargo, responde con un amor “filia”,
es decir, fraterno, amigable, el amor de los amigos. Jesús invita a Pedro a un amor
total, busca de él una respuesta comprometida con este proyecto del Reino de
Dios cuyo fundamento es el amor sin medidas. Pedro por su parte aún no es capaz
de asumir tal compromiso, prefiere mantener un amor de amigos, pero sin un compromiso
total.
Ante las dos primeras respuestas de
Pedro, Jesús entonces le interroga desde su misma posición, desde el amor de la
amistad, pero una amistad profunda, verdadera, sin titubeos y sobre todo
aquella que se muestra cuando más se necesita. Pedro se entristece porque se
descubre desnudo frente al Señor; recuerda su triple negación en la Pasión y
ahora se ve tres veces cuestionado desde el amor y solo amor de Jesús. Su
respuesta expresa el total abandono y confianza en Jesús: “Señor, tú lo sabes
todo; tú bien sabes que te quiero”. Jesús conoce sus flaquezas, sus
debilidades, sus miedos, y por encima de ello le demuestra que él le ama.
También a nosotras y nosotros nos dice lo mismo, sin importar nuestras debilidades
o egoísmos, también quiere hacernos partícipes de ese amor que sana y libera, y
que nos hace más humanos y hermanos. Hoy en día ese amor se muestra en gestos
concretos de solidaridad con los que más sufren en esta crisis: con los
enfermos que son discriminados, con los adultos mayores a veces incomodados,
con los pobres ignorados en su pobreza y en su total exclusión a las
posibilidades de autoaislamiento frente a la enfermedad o utilizados
burlescamente frente a sus necesidades alimentarias, con muchas y muchos que
sufren esta crisis en soledad, desempleo, estrés, hambre. Ante todos ellos
resuena la pregunta de Jesús para nosotras y nosotros: ¿me amas?
Por encima de la respuesta de Pedro,
Jesús no deja de amarle y, porque le ama y le conoce tal como es, le encarga la
misión de pastorear sus ovejas. Es necesario experimentar ese amor sanador de
Jesús, pues solo quien se ha sabido amado-amada tal como es, puede dar a los
demás ese mismo amor. De lo contrario se quedaría en un bonito cuento, o en
corazoncitos flechados.
En este tiempo se nos ha puesto a
prueba el amor que nos tenemos unos a otras, en las familias, entre los amigos,
en las pequeñas comunidades, en la Iglesia. Frente a la enfermedad que se puede
presentar resuena la pregunta de Jesús: ¿me amas?, la respuesta no puede ser a
la ligera, para no quedar entristecidos, como Pedro, ante la realidad de
nuestras acciones. Debemos dejar más bien hablar a nuestros gestos, a nuestras
actitudes y así realmente podremos ser transparentes y responder a nuestras
hermanas y hermanos como Pedro respondió a Jesús: “Señor, tú lo sabes todo; tú
sabes que te quiero”.
Tanto Pablo en la primera lectura de
hoy, como Pedro, supieron dejarse amar por Jesús, más que pretender ellos
amarle y fue ese amor incondicional el que les empujó a ser verdaderos testigos
del Resucitado en medio de las situaciones más difíciles, como Pablo frente a
las autoridades romanas o como lo haría también Pedro ante su muerte.
Jesús termina su diálogo con Pedro
confirmando su llamada a seguirle, a hacer vida esa experiencia de salvación y
de amor que ha vivido con él, y partiendo de ese amor incondicional, a confirmar
en la fe en el Dios amor, la vida cristiana de las pequeñas comunidades.
En las vísperas de la celebración de
Pentecostés pidámosle al Señor que nos confirme en el amor de su Espíritu para
saber responder frente a la necesidad de los cercanos y los lejanos que en este
tiempo necesitan de nuestra cercanía y más que nunca de nuestra amistad.
Que María, nuestra madre nos acompañe como
acompañó la vida de los dis
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