jueves, 21 de mayo de 2020


20.05.2020 Homilía Jn.16, 13 El Espíritu los guiará hasta la Verdad plena              C.S.                          892
              
Juan 13,16-20 | Misioneros Digitales Católicos MDC
                Vamos avanzando hacia la experiencia de Pentecostés y el Señor nos va guiando paso a paso. En el Evangelio de hoy Jesús comienza diciendo a los discípulos: “Aún tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender”. Él quiere revelarnos todo el Amor con que nos ama, quiere comunicarnos toda su Vida, pero se encuentra con que nosotros “todavía no podemos comprender suficientemente”. Vamos aumentando nuestra capacidad de amar, pero poco a poco. Como un niño pequeño al que su madre quiere mucho, pero él todavía no puede comprender mucho de lo que su madre hace por él. Se siente amado, cuidado, protegido, pero su madre todavía no puede hacerle comprender muchas cosas, porque todavía no tiene capacidad para ello.
                Ser cristiano es avanzar en el camino de conocer y vivir la Vida de Dios. Jesús decía: “la Vida eterna es conocer, experimentar la Vida de Dios en nosotros”. No es un conocimiento intelectual, de conceptos o palabras, sino un conocimiento vivencial, arraigado en lo hondo del corazón. Algo así como el que experimenta una pareja o unos amigos que se quieren de verdad. Tal vez no pueden explicar con muchas palabras lo que sienten y viven el uno por el otro. Pero sí sienten con toda claridad que se aman, que pueden confiar el uno en el otro totalmente, que se pueden sacrificar el uno por el otro hasta entregar la vida y todo lo más valioso que tienen cada uno. Y que esa entrega y sacrificio no cuesta, porque se hace con alegría y total libertad. Más aún, cada uno está deseando entregarse más y más, sin límite, sin medida. Y en la entrega encuentra cada uno su felicidad y hace feliz al otro.
                Esa realidad casi no se puede expresar en meras palabras o conceptos, sino más bien en la poesía, en el canto o con gestos y comparaciones. Por eso en la Biblia hay tanto lenguaje poético, vivencial o figurado. Por eso Jesús hablaba tanto en parábolas y en historias imaginadas, que comunicaban grandes verdades, pero que no las decía para que se entendieran al pie de la letra. Por eso interpretar la Biblia literalmente es el error fundamental que impide entender lo que Jesús nos quiere decir. Era el fallo radical de muchos judíos, que escuchaban las Palabras de Jesús de ese modo y “por más que oían, no entendían” y “por más que miraban, no veían”. Como le ocurrió a Saulo, un gran maestro de la Ley, que se sabía de memoria gran parte de la Biblia y podía discutir con autoridad con cualquiera, pero que andaba como ciego, hasta que el Señor le iluminó por medio de Ananías.
                Algo así nos puede ocurrir a nosotros, como les ocurría a los discípulos. “Todavía no las pueden comprender”, no las pueden aceptar. Lo que acabamos de proclamar es parte del discurso de la Última Cena, cuando a Jesús le quedan pocas horas de esta vida mortal. Y Jesús les dirige sus últimas palabras, su “testamento”, aun dándose cuenta que casi no lo entienden. Pero les promete: el Espíritu que yo les voy a enviar les iluminará todo lo que les estoy diciendo. El Espíritu es el que nos acompaña en nuestro caminar.
                Ese Espíritu lo recibimos en la Iglesia, en la Comunidad. Es necesario vivir en comunidad, ya que el amor sólo se manifiesta en la vida de las personas concretas. El amor necesita encarnarse en obras concretas entre personas concretas. “Obras son amores y no buenas razones” dice el refrán. Jesús necesitó encarnarse en María y vivir en Nazareth para mostrar su amor por los pobres y los marginados.  Y ahora nos necesita a nosotros para que seamos testigos de su amor por todos nosotros, incluso por los despreciados y alejados, incluso por los enemigos.
                La vida espiritual es camino. Jesús nos dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. No es sólo estar juntos, sino caminar juntos, avanzar ayudándonos unos a otros, como el pueblo de Israel en el desierto. Al caminar juntos vamos descubriendo que somos distintos, que tenemos distintas cualidades, pero que todos dependemos unos de otros. Todos somos necesarios, pero cada quien tiene sus carismas y habilidades. Aprendemos a cuidarnos unos a otros, a velar por los más débiles, a cuidar de los enfermos, a ayudarnos unos a otros y defendernos en los peligros. Y todo ello guiados por el Señor, por su Palabra que nos orienta y nos dirige.
                Yo creo que esta crisis del Covid 19 está siendo una oportunidad de reorientar nuestras vidas en todo el mundo y en todas las personas. Una oportunidad para hacernos más solidarios, más hermanos. Más conscientes de nuestra dependencia mutua. Más humildes y más sensibles a las necesidades de otros y a nuestra fragilidad individual y colectiva. Más conscientes de que la soberbia y la arrogancia no dan vida, no humanizan ni dan felicidad, sino que nos destruyen.  Y que necesitamos dejarnos guiar por el espíritu del servicio, el respeto, el sacrificio por los demás, que es lo que nos ayudará a salir adelante, dejarnos guiar por el Espiritu Santo, que nunca nos abandonará. Pidámosle al Señor y a su Madre María que nos sigan acompañando y orientando con su sabiduría, su amor y su misericordia.   Amén.

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