26.05.2020 Homilía Jn.17, 3 La Vida Eterna es conocerte a
Ti, único Dios verdadero C.S. 920
Jesús nos dice: “La Vida Eterna
es conocerte a Ti, único Dios verdadero”. Pero “conocer” hay que entenderlo al
modo de S. Jn., es decir entenderlo como experiencia vivencial. Para el “mundo”,
“conocer” equivale a tener unas ideas, unos conceptos sobre algo o alguien,
algo que se consigue estudiando, explicando, analizando al otro. Para S. Jn.
conocer verdaderamente a alguien, sólo es posible amando de corazón,
compartiendo la vida con el otro de modo que el otro también comparte su vida
con uno. Supone no sólo conocer la apariencia, lo que se manifiesta a través de
los sentidos, sino, sobre todo, descubrir su corazón, lo que el otro vive,
siente y desea. Conocer sus posibilidades, sus deseos, sus proyectos, su
futuro; no sólo su pasado o su presente.
Para conocer a Dios, por ello,
no es suficiente conocer sus atributos, sus cualidades, la teología, sino,
sobre todo es conocer su Amor. Y el Amor sólo se conoce cuando se experimenta,
se vive. Conocer a Dios y que Dios es puro Amor y sólo Amor, sólo es posible cuando
uno se deja amar por Él y corresponde a ese amor con agradecimiento, con
gratitud. Es como el amor humano, que sólo se conoce cuando se experimenta, se
vive. Y eso se realiza en la entrega, el servicio, el sacrificio gratuito y
generoso, incondicional, como el amor verdadero entre esposos, o de unos padres
por sus hijos. Y el amor verdadero despierta el amor en el amado. Cuando uno se
reconoce amado, eso despierta el amor y da frutos de amor: paz, vida, alegría,
amor.
El amor verdadero necesita de gestos
reales o simbólicos que lo encarnen, que lo manifiesten sensiblemente. “Obras
son amores y no buenas razones” dice el refrán. Decir que uno ama mucho a su
esposa o a sus hijos, si no se sacrifica seriamente por ellos, es mentira. El
amor siempre va unido al sacrificio, al dolor. Donde no hay sacrificio, donde
no hay dolor, ese amor es falso, es una mentira. El amor verdadero no es algo sólo
sentimental. Los sentimientos suelen ser algo pasajero, bonito, pero
superficial. O incluso estar ausentes. En la Pasión, Jesús seguro que no sentía
placer o gozo por los que le torturaban. Pero sí los amaba hasta orar por el
bien de ellos.
Dios es puro Amor, puro
Espíritu. Por eso sólo lo conocemos al aceptar agradecidamente y con respeto, sus
dones, su creación. Y entre ellos, sus mejores creaturas, que somos nosotros
las personas, la humanidad. Eso supone tratarnos con amor unos a otros y la
creación entera. Sólo podemos vivir el amor a Dios si amamos a las personas con
las que convivimos, si las miramos como Dios las mira, es decir con un amor
incondicional. Para Dios nadie es “sobrante”, “descartable” “utilizable”, por
eso, para un cristiano, debe ser lo mismo.
“Quien no ama, no conoce a Dios”
y por ello, se pierde, arruina su propia vida, no sabe lo que hace. Buscar la
felicidad en el poder, en la riqueza, en el placer, en los “ídolos” del mundo,
le lleva, al que lo hace, a su propia ruina y perdición.
Jesús nos promete que el que le
sigue, es decir el que vive amando a los que tiene alrededor, haciéndoles todo el
bien que puede, empieza a vivir ya la Vida Eterna. Entra ya en el Reino del
Padre. Y ese es su mayor deseo para todos nosotros. Pero hacer el bien a los
hermanos, muchas veces no es satisfacer sus caprichos. Eso sería hacerles mal.
Es más bien, ayudarles a desarrollar sus cualidades, sus posibilidades,
corregir sus fallos y apoyarles en sus debilidades. Y eso supone disciplina,
esfuerzo y sacrificio. “Quien bien te quiere, te hará llorar” dice un refrán. Y
así muestra Dios su amor por nosotros.
En momentos de apuro o de
peligro le pedimos a Dios que nos resuelva el problema o la crisis. Y si no se
resuelven, pensamos que “Dios no nos sirve” y es cierto, no podemos poner a
Dios a nuestro servicio. Pero Él nos habla y nos indica el camino. Hemos de escucharle
y dejarnos guiar por Él, porque Él quiere nuestro mayor bien y nos da la luz,
pero hemos de abrir los ojos y los oídos. Y responder con nuestras acciones. Muchas
veces quisiéramos una receta, un analgésico que nos alivie el dolor o la
molestia, pero sin interesarnos por ir a las raíces. Y volver a la
“normalidad”, lo que siempre se ha hecho. Hace 5 años, el Papa, junto con
líderes de otras religiones, escribió la encíclica Laudato Si, advirtiendo que
estamos destruyendo nuestra convivencia y nuestra Casa Común y que eso traería
gravísimos problemas, y proponiendo caminos de vida. A muchos les pareció algo
muy sabio, pero poco caso le hicieron. Un refrán nos dice: “No hay peor sordo
que el que no quiere oír”. Ahora nos encontramos con esta crisis mundial. No
podemos decir que es un castigo de Dios, pero sí parece que, una de sus raíces,
es el “desorden mundial” que entre todos hemos organizado.
Pidamos al Señor y a nuestra
Madre María que nos iluminen la mente y el corazón para que avancemos por
caminos de responsabilidad, de sabiduría, de fraternidad, de honestidad, de
compartir con justicia y amor lo que somos y tenemos. Y que lo hagamos con
generosidad y alegría, como Dios tanto desea. Y así tengamos Paz y Vida para
todos. Amén.
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