Miércoles de la cuarta semana de pascua, 6 de Abril

Hermanas y
hermanos, la Biblia completa nos revela cómo Dios se hace presente en medio de
nosotras y nosotros mediante su Palabra. Una Palabra que es creadora desde el
origen de la vida, dando aliento y vida a todas las cosas. Una Palabra que se
manifiesta en la historia concreta de un pueblo y que se hace luz para guiar
los pasos de ese pueblo de Dios. Una Palabra que anuncia la promesa de la
cercanía amorosa de Dios y que también denuncia las injusticias que se cometen
contras los más pobres y excluidos de la sociedad. Y de manera plena y
totalmente reveladora, una Palabra que se hace carne, para enseñarnos desde
nuestra propia carne el único camino verdadero para humanizarnos, hacernos
hermanas y hermanos, y poder así llegar a Dios.
Esa Palabra se
fue haciendo parte de la vida de los pueblos que se abrieron a esa buena
noticia. Es el relato que nos trae hoy los Hechos de los Apóstoles. Estos
hombres y mujeres hicieron vida esa Palabra encarnada en Jesucristo y fueron de
pueblo en pueblo dándola a conocer, dejándose guiar por el Espíritu de Dios.
Jesús es esa
Palabra encarnada y por eso nos dice que quien le ve a él, ve al Padre, que
quien cree en él, cree en el que lo envió. También a nosotras y nosotros nos
cuestiona hoy y nos pregunta en quién creemos, a quién seguimos. Y de nuestra
respuesta brota a su vez nuestro compromiso con la vida que vivimos en estos
momentos.
Jesús es la
Palabra que da vida en la medida en que se le asume en la cotidianidad y se le
encarna. Él mismo nos dice que no ha sido enviado para condenar a nadie, sino
para salvarlo; pero es necesario que acojamos en nuestra vida esa Palabra como
una Buena Noticia de salvación que nos exige vivirla, cómo Jesús la vivió. Es
decir, proceder como lo hizo Jesús, actuar como él actuó ante cada situación.
Quien lo rechaza y no acepta sus palabras, serán las propias palabras de Jesús
las que lo condenarán.
Jesús se hace
Palabra de vida: él hablaba de un Dios cercano y totalmente misericordioso y se
la pasó acercándose a los pobres, a las prostitutas, a los enfermos y a los
excluidos de la sociedad, y a ellas y a ellos los llamó bienaventurados y
dichosos. También fue una Palabra que invitó a todos a la conversión y se
mostró como único camino hacia la vida verdadera, desde la entrega total y
generosa con sus obras y desde la cruz. Y también fue una Palabra que se hizo
luz poniendo al descubierto los deseos y necedades del ser humano que se
encapricha en el poder y se ciega para no ver sus malas acciones.
En medio de esta
cuarentena, estamos llamadas y llamados a encarnar esa Palabra de Dios en
nuestras vidas acercándonos a quienes nos necesitan en medio del
distanciamiento a que nos hemos visto obligados por esta pandemia. Ser una
Palabra además que se parte como el pan y se comparte con quienes menos recursos
tienen, porque cada una-uno tenemos algo que podemos dar.
Ser una palabra
que se hace vida involucra también no quedarse de brazos cruzados esperando una
bolsa o una ayuda del cielo, es apostar por aquello que podemos hacer para
salir adelante en medio de esta crisis en donde cada una-uno pongamos nuestro
trabajo y esfuerzo para que así el Señor ponga lo demás.
Como señala
Jesús será su Palabra hecha carne en nuestras obras la que nos fortalecerá y
retribuirá por todo el bien que podamos hacer, o de lo contrario, esa misma
Palabra será la que nos condene si nuestras obras en vez de dar y compartir,
trabajar y construir, han propiciado el egoísmo acaparando para unos pocos lo
que pertenece a las mayorías pobres y también si no sé compartir desde lo poco
o mucho que tengo a mi alcance.
“Por sus frutos
los conocerán”, nos dice Jesús. Que nuestras obras den testimonio del
compromiso con Dios y con el Evangelio que como cristianas y cristianos somos
capaces de asumir. Amén.
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