martes, 5 de mayo de 2020


Homilía 05.05.2020: (Jn 10,22-30)
Yoro
 Ser catequista no es fácil... pero me encanta ♥: Jesús el Buen ...
  En el evangelio de Juan se nos relata cómo Jesús está en el templo. Los dirigentes le preguntan si él es el Mesías. Jesús los invita a contemplar su obra: dar vida definitiva y esto porque el Padre y él son uno.
  El gobierno decretó este domingo pasado 14 días más de cuarentena, con un distanciamiento social todavía mayor, pudiendo circular personas de un solo número en lugar de dos como había sido hasta ahora. Esto se hace con la esperanza de evitar la propagación del virus del COVID19. Mientras tanto pareciera que solo una de cada 25 casas recibe a las brigadas médicas que buscan personas asintomáticas. Por otra parte, la Asociación para una Sociedad más Justa ha señalado que el Ministerio Público, el único órgano constitucionalmente facultado para investigar y requerir criminalmente por actos de corrupción se encuentra limitado. La ayuda económica del gobierno para enfrentar las necesidades creadas por el desempleo masivo tarda en llegar y es poca. Pareciera, pues, que además del COVID19 el virus de la desconfianza está haciéndonos mucho daño.
  Si no se conoce a ciencia cierta el origen del COVID19 no podemos decir lo mismo del origen de la desconfianza: años de autoritarismo, represión, corrupción, impunidad, falta de transparencia, saqueo y descuido del sistema de salud, un modelo de desarrollo diseñado en función del enriquecimiento cada vez mayor de élites cada vez menores, la depredación de los recursos naturales comenzando por los bosques.
  En este contexto podemos preguntarnos: ¿Es Jesús el Mesías? ¿Qué significa dar vida definitiva en este contexto?
  Dar vida en este contexto significa recuperar la confianza en nosotras y nosotros mismos. Una forma sencilla y eficaz de hacer esto es empezar a agradecer todo lo que somos y tenemos comenzando por nuestras propias vidas, por las vidas de aquellos a los que les debemos las nuestras, por las personas con las que hemos elegido compartir nuestra felicidad – pareja, e hijas e hijos –, por el sol que nos calienta, por el techo que nos cobija, por la noche que nos permite descansar, por el agua que nos refresca, por el aire que nos alienta, entre muchos otros.
  La gratitud es fundamental porque vamos a necesitar muchos recursos para hacer frente a esta crisis sanitaria y económica que estamos viviendo, y solo vamos a poder caer en la cuenta de cada uno de esos recursos necesarios agradeciéndolos.
  La gratitud también es fundamental porque nos va a permitir pasar del maltrato al cuidado tan necesario y vital en estos días. La gratitud nos va a permitir auto cuidarnos, cuidar a los demás y cuidar nuestra casa común. El cuidado es un elemento fundamental para poder superar esta crisis.
  La gratitud nos va a permitir superar el miedo permitiendo, entonces, que vaya surgiendo la confianza. Es fundamental confiar en un Dios Padre – Madre, creador de todo lo que es por amor en el que tenemos nuestro origen y en quien está nuestro destino. Es fundamental creer en Jesús, su Hijo, que es el Dios con nosotras, el Dios con nosotros, el Dios que no nos deja solas ni solos, el Dios que no sabe dar la espalda ni voltear la cara, el Dios que nos acompaña siempre. Y, finalmente, es fundamental creer en el Espíritu Santo, el Dios en nosotras, el Dios en nosotros. Es la experiencia de un amor que nos permite responder al suyo.
  La confianza va a ser necesaria para poder trabajar con esperanza y compartir con generosidad. La confianza va a ser necesaria para poder entregarnos libre y generosamente. La confianza va a ser necesaria para ir reconstruyendo el tejido social de manera que podamos ir formando desde ahora, desde abajo, desde nosotras y nosotros una sociedad de hermanas y hermanos, en la que las diferencias ya no sean ni fuentes de privilegios ni causas de discriminación, una sociedad en la que nos tendamos las manos y estrechemos las manos que se nos tienden, una sociedad en la que nos cuidemos unas a otros y a la casa común que nos alberga, una sociedad en la que se comparta la mesa, una sociedad en la que experimentemos la vida definitiva que nos trajo Jesús, esa que nada ni nadie nos puede quitar porque la entregamos libre, generosa y gratuitamente exclamando una y otra vez: “¡Amén, gracias, aleluya!”.

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