domingo, 8 de noviembre de 2020

Homilía (Mt 25, 1-13) 32 Domingo TO A


 

Homilía (Mt 25, 1-13) 32 Domingo TO A

Yoro – 2020.11.08

En el evangelio de Mateo (Mt 25, 1-13) Jesús relata la parábola de 10 jóvenes que esperan con sus lámparas y su aceite al novio. Éste tarda en legar. Cuando finalmente llega, cinco jóvenes se dan cuenta que ya casi se ha consumido su aceite. Les piden a las otras cinco que les compartan del suyo, pero éstas se niegan y les dicen que vayan a comprar. En lo que los están comprando llega el novio y cierra las puertas. Cuando les piden que les abra la puerta les dice que no las conoce. El evangelio termina invitándonos a estar preparadas y preparados porque no sabemos ni el día ni la hora.

El “día” se refería inicialmente al de la segunda llegada de Jesús, luego se interpretó también como el día de nuestra muerte. Tanto el Covid19 como esta semana Eta, nos han puesto si no de cara al fin del mundo, si de cara a la muerte. La muerte presentada de manera sensacionalista por muchos medios de comunicación social ha generado mucho miedo. Este miedo ha generado en muchas personas una parálisis interna que las lleva a recluirse en sus casas, a distanciarse unas de otras por miedo al contagio, a otras a confiar ingenuamente en un milagro salvador, todavía a otras por miedo al contagio, a otras a confiar ingenuamente en un milagro salvador, todavía a otras las ha llevado a discriminar a las personas contagiadas o necesitadas. Con todo, la muerte es uno de los datos más seguros de nuestra existencia. Nacemos, vivimos y morimos, todas y todos, tarde o temprano. ¿De dónde entonces tanto miedo?

Pareciera, en primer lugar, que vivimos sin reconocer la realidad de la muerte, de nuestra muerte. Así, vivimos como si no fuéramos a morir. Esta actitud tiene dos consecuencias; en primer lugar, nos lleva a tomar la vida a la ligera y en segundo lugar, nos lleva a obviar la pregunta por el sentido de nuestras vidas.

Así, en segundo lugar pareciera que no sabemos para qué vivimos, y por ende tampoco, por qué estamos dispuestas y dispuestos a morir. Entonces, el miedo a la muerte, se revela realmente como un miedo a la vida. Como que nos diera miedo vivir de verdad. Y es que vivir de verdad implica saber qué vivo y por qué quiero morir.

Así, en tercer lugar, pasamos por alto el hecho de que la vida es para entregarla. Hay preguntas fundamentales que no podemos soslayar: ¿a quién quiero entregarme?, ¿a qué quiero entregarme?, ¿Por qué quiero entregarme?, ¿para qué quiero entregarme?

La vida, es pues, esencialmente entrega. Y la vida se entrega no solo al final, sino en cada momento de ella.

Hay personas que nos entregamos por un momento, hay otras cuya entrega dura un poco más, y hay otras que se entregan libre y generosamente toda la vida. ¿De qué depende esto? Retomando la imagen de la parábola de hoy de la lámpara y el aceite, si la lámpara es la entrega, esto es, el amor, el aceite es la gratitud.

En estos tiempos de Covid19 y de Eta que corten necesitamos mucho amor, lámparas bien encendidas, esto es, necesitamos muchas personas que hayamos superado el miedo a acercarnos que hayamos aprendido a dialogar, que nos dejemos conmover y que nos tendamos las manos unas a otros, dejándonoslas estrechar una vez tendidas.

Ahora, lo que va a mantener la llama de nuestras lámparas encendidas va a ser la gratitud, de ella va a depender tanto la calidad como la duración de nuestra entrega.

Tanto el Covid10 como Eta, así como la negligencia, la corrupción y la impunidad con que han sido muchas veces tratados requieren de nosotras y nosotros dosis enormes de gratitud, para no claudicar en el intento, y así poder amar hasta el final, confiado, eso sí, que independientemente de nuestra gratitud y eventualmente de nuestra entrega, de nuestro amor, el Dios en el que creemos siempre nos va a abrir las puertas, es más, nunca las va a cerrar, siendo esto último, un motivo más para alimentar nuestra gratitud.

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