domingo, 11 de octubre de 2020

2020.10.11 - Jesús compara el reino de Dios a un rey que organiza un banquete de bodas para su hijo.

2020.10. 11 - En la liturgia de hoy, tanto la primera lectura del libro del profeta Isaías (Is 25,6-10) como el evangelio de Mateo (Mt 22,1-14) nos hablan de un banquete. Isaías sitúa el banquete en un monte en un tiempo por venir. La comida será abundante y el vino delicioso. Arrancará la muerte para siempre, enjugará las lágrimas y borrará las afrentas de su pueblo.

En el evangelio de Mateo Jesús compara el reino de Dios a un rey que organiza un banquete de bodas para su hijo. Manda llamar a los invitados, pero estos aduciendo diversas razones se disculpan y maltratan e incluso matan a los mensajeros. El rey monta en cólera y manda matar a los asesinos y prender fuego a su ciudad. Luego manda a sus criados a los cruces de los caminos a convidar a todos los que encuentren, buenos y malos, al banquete. La sala se llena de invitados. Uno de ellos, con todo, no lleva traje de fiesta y es entonces echado fuera por el rey. Termina la parábola recordando que muchos son los llamados y pocos los escogidos.

La parábola que encontramos en Mateo parece que está influenciada por cuatro elementos. En primer lugar, está influenciada por las comidas de Jesús. Jesús parece haber comido con todo tipo de personas: fariseos (Lc 7,36), mujeres como Marta y María (Lc 10,38-29), sus discípulos (Mc 14-17), cobradores de impuestos (Mc 2,15), una prostituta (Lc 7,37), de manera que es acusado de ser comilón y borracho, amigo de cobradores de impuestos y pecadores (Mt 11,19).

En segundo lugar, la parábola está influenciada por el rechazo de Jesús por su pueblo y su crucifixión. Algo que resultaba especialmente incomprensible cuando Jesús fue un hombre que pasó haciendo el bien y sanando a los oprimidos por el demonio (Hch 10,38).

En tercer lugar, la parábola está influenciada por la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C. por los romanos. En esta parábola dicha destrucción es atribuida a Dios como castigo por el rechazo y crucifixión de Jesús por parte de su pueblo.

En cuarto lugar, la parábola está influenciada por personas que pertenecían a la comunidad de discípulos pero que no vivían de acuerdo al estilo de vida de Jesús. De ahí que se expulse al que no está vestido de fiesta.

Esto explica, como un banquete que comienza siendo inclusivo, para todos los pueblos dice Isaías, Jesús se sentaba a la mesa con todo tipo de personas, pasa a ser exclusivo – los invitados especiales del rey, el pueblo elegido -, a ser abiertamente excluyente – se extermina a los que no aceptaron la invitación y al que no está vestido de fiesta se le expulsa –.

La dinámica que vemos en la evolución de esta parábola refleja nuestra propia tendencia al exclusivismo y, por tanto, a la exclusión. Como que andamos buscando pretextos para decidir quién pertenece y quién no, asegurándonos, eso sí, siempre un lugar para nosotras y nosotros y las y los nuestros.

Nuestras comidas están llenas de exclusiones: los de nuestra condición social, y los de condición social “inferior”, los de nuestro partido y los de los otros partidos, los de nuestra religión y los de las otras religiones, con los que hago negocios y con los que no, los buenos y los malos, los honestos y los corruptos, los que comparten nuestra causa y los que se oponen a ella, entre otras muchas.

Jesús tiene razón, el reinado de Dios es como un banquete, en el que todas y todos tenemos un lugar, alrededor de mesas redondas, que nos permitan reconocernos, compartir la comida y la vida en una buena conversación, y todo esto con los corazones llenos de gratitud por tanto bien recibido. El reinado de Dios es “la cena que recrea y enamora” a la que todas y todos estamos invitados y que continuará hasta que todas y todos participemos de ella.

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