20.06.08 Homilía. Mt.5, 3 Felices los pobres con Espíritu,
porque viven el Reinado de Dios
Ayer,
el Evangelio nos recordaba que Dios es Amor y sólo Amor, que tanto nos quiere
que nos entregó a su Hijo en carne mortal para que, siguiendo su Camino,
nosotros pudiéramos participar de su Vida, la vida eterna, la vida divina. Y
hoy nos invita a que lo hagamos en lo concreto de esta vida, con sus problemas
y sinsabores.
Hay
quien entiende las Bienaventuranzas como una invitación al conformismo, a la
resignación en esta vida, pensando en que en la “otra vida” va a haber en
abundancia todo lo que aquí nos falta para sentirnos felices. Que nos
conformemos con lo que tenemos y que después vendrá la felicidad, si nos
portamos bien. Parece una invitación a no preocuparnos por las situaciones
actuales, porque después de un tiempo, Dios lo solucionará todo con una serie
de milagros desde arriba, desde fuera.
Yo
creo que ese no era, ni por asomo, el modo de pensar de Jesús. Es muy cierto
que Jesús vivió toda su vida en la pobreza, en la pobreza de tantos campesinos
judíos, en tiempos de malos gobernantes, de gran opresión, dominados por los
romanos, en que había mucha enfermedad y grandes injusticias. Pero Jesús nunca
miraba todo eso desde una postura de envidia, de resentimiento, de conformismo
paralizante. Sino que lo miraba como lo miraba el Padre, con amor. Sí con gran
dolor, pero con un gran deseo de encontrar remedio para todo ello. Y se encarnó
totalmente en ese mundo. Y allí fue descubriendo una gran luz: que hay remedio
para todo ello y que ese remedio está al alcance de nuestras manos, de todo el
que se deje guiar por el Espíritu. Que no hay que esperar a la otra vida después
de la muerte, sino que el Reinado de Dios ya está comenzando. Jesús lo fue
experimentando durante 30 años. Y ahora lo propone a todo el que quiera
escucharlo, y lo hace con la autoridad del que lo ha vivido y comprobado en su
propia carne.
Creo
que las Bienaventuranzas son una promesa y una invitación a vivir la vida como
Él la vivió, es decir guiado por el Espíritu del Padre, el Espíritu del Amor.
Jesús no fue un rebelde contra toda institución o situación, sino que todo lo
miraba a la luz del amor y del servicio a las personas. Nunca buscó el
aprovecharse de los demás, sino lo contrario, sólo buscaba el bien para otros,
incluso de los que le querían mal. Nunca utilizó sus poderes en interés propio,
sino que los puso al servicio de los pobres y sufrientes. Nunca intentó dominar
a nadie, utilizar a nadie, sino que cargó con las consecuencias de las maldades
de otros. Nunca se dejó mover por el resentimiento o el deseo de venganza. Fue
pobre toda su vida, porque en un mundo de injusticias y violencias, el que no
se defiende, nunca sale de la pobreza. Y Él no venía a castigar tantas
injusticias y maldades, sino a abrir los ojos a todos, para que todos salgamos
a la luz del Reinado de Dios, del Amor y de la paz.
Él
lo experimentó y descubrió que el que sigue ese Camino, empieza a vivir ya la
paz y la felicidad de la vida. Aun con contradicciones y sufrimientos. El
Camino no ofrece una vida cómoda y fácil, sino lo contrario, trabajo, sacrificios
y sinsabores. Supone luchar con sabiduría, perseverancia, sacrificio contra
todo mal de este mundo. Y hay mucho, la tarea es grande. Pero el premio ya se
empieza a disfrutar aquí. El que lo hace, al modo de Jesús, empieza a sentir
paz y alegría al hacerlo.
Yo creo que eso lo podemos vivir cuando
hacemos las cosas, aun las sencillas, al modo de Jesús, es decir, poniendo en
función todas nuestras cualidades, la atención, la inteligencia, la
sensibilidad, la creatividad, las habilidades de cada uno, cuando nos centramos
bien en lo que hacemos, haciendo las cosas bien hechas. Y libres de envidias,
de interés egoísta, de mezquindades, de pereza, de odios y resentimientos, de
caprichos, de codicias, es decir, cuando hacemos las cosas de corazón, con un
corazón limpio. Y, sobre todo, las hacemos por amor de las personas con las que
convivimos.
Jesús
vivió la mayor parte de su vida, unos 30 años, llevando una vida de campesino
pobre en una pobre aldea de Galilea, junto con María y José. Y vivió de un
trabajo sencillo y monótono, escasamente pagado. Pero seguro que vivió la felicidad
que uno encuentra de ese modo, es decir guiado por el amor sincero y concreto
en el diario trabajar y servir. Las cosas hechas por amor, con Espíritu, todas
son importantes y van construyendo el Reino de Dios. Ese amor supone un gran
respeto primero por todas las personas con las que convivimos, por la
Comunidad, pero también por la naturaleza, el mundo que el Señor nos da, para
que lo trabajemos y lo hagamos cada día mejor, más hermoso, más perfecto, más
útil para todos. Dios necesita de nuestra colaboración para construir su Reino.
En tiempos de crisis como la actual, más todavía. Hay mucho que hacer, mucho
que sacrificar, mucho que construir.
Pidámosle
al Señor que nos abra a su Espíritu, para que guiados por Él, disfrutemos de
esa paz y felicidad que Él disfrutó y entre todos, construyamos su Reino de
Verdad y de Vida, de Justicia y de Paz y Alegría al que nos está guiando. Que
nuestra Madre, María, que supo educar y acompañar a Jesús hasta la Cruz, nos
acompañe en esta caminar. Amén.
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