jueves, 25 de junio de 2020

200625 Mt.7,25 La casa edificada sobre roca                                        



    En todo el Evangelio, Jesús se presenta como el Hijo, el Hijo del Hombre. Ser hijo siempre hace referencia al padre. Y supone un crecimiento, un desarrollo de cualidades y posibilidades que recibe uno en el momento en que es engendrado y que piden ser desarrolladas progresivamente. La vida es todo ese proceso de crecimiento en el que las posibilidades se van realizando o también se van perdiendo. Todas las personas seguimos ese camino en el que podemos vivificarnos como persona o podemos fracasar, arruinar esa posibilidad. Los animales también nacen en un momento dado, se desarrollan y mueren al final. La enorme diferencia es que, en los animales, ese proceso es inconsciente, no se dan cuenta, son guiados por el instinto programado en ellos. Las personas sí somos capaces de ser conscientes de ello, darnos cuenta, y elegir libremente lo que queremos ser. Y somos capaces de lograr una vida en plenitud o también de arruinar definitivamente nuestra propia vida.
    Jesús fue plenamente hombre y ha venido, por el amor que nos tiene, a abrir nuestra mente para que no fracasemos, sino que logremos esa vida en plenitud. Para que cada uno de nosotros también nos sintamos hijos y lleguemos a nuestra realización y felicidad plena haciéndonos verdaderamente hijos de Dios. Y para ello, se encarnó en este mundo nuestro, mostrándonos el camino e invitándonos a seguirlo para que nosotros lleguemos también a nuestra meta que da luz y sentido a nuestro caminar. Y ese camino comienza en sentirnos hijos, creaturas de Dios, y engendrados por amor con esa finalidad magnífica. Ello nos da una dignidad infinitamente mayor que la de todas las demás creaturas del universo.
    Sentirnos hijos queridos por Dios es la base firme de todo nuestro ser y da luz y sentido a nuestra vida. Todos llevamos dentro esa luz y ese deseo, pero muchas veces no nos damos cuenta y pensamos que somos como un animalito más entre la inmensidad de seres vivos que existen en el mundo. Los animales se dejan guiar por sus instintos, programados desde el principio de su existir. No son libres para dar un sentido a sus vidas. Las personas sí lo somos, aunque también sujetos a un montón de limitaciones y circunstancias, que cierto que restringen nuestras posibilidades, pero que nunca nos quitan nuestra dignidad ni nuestra libertad para llegar a ser hijos de Dios en plenitud. Sentirnos conscientes de ello y actuar en consecuencia, es la base firme para construir una vida feliz de verdad.
    En este caminar, Satanás continuamente nos tienta, sugiriéndonos que no somos hijos de Dios, que Él no nos quiere. Que estamos esclavizados por un destino ciego, que nuestra vida, si no conseguimos el éxito, es un fracaso. Que busquemos nuestro propio destino dejándonos dirigir por los ídolos de este mundo, los que ofrecen éxito, fuerza, poder y triunfo sobre la gente. Ese deseo de éxito que supone superar a los demás a como dé lugar. Y que es la raíz de todas las guerras, peleas, injusticias, divisiones y maldades entre los humanos.
    Jesús nos enseña el camino seguro a la vida verdadera. El camino que comienza con la humildad de sentirnos hijos, creaturas de Dios. Hijos queridos, cada uno de nosotros, engendrados por Dios, con la colaboración de nuestros padres biológicos, e invitados por Él a compartir su plenitud. Todos distintos, todos con cualidades y posibilidades diferentes, pero todos importantes, todos con la misma dignidad de hijos de Dios y de hermanos unos de otros. Y guiados y cuidados con gran amor, para avanzar hacia nuestra meta.
    La vida nos está haciendo pasar por esta crisis actual en la que estamos experimentando nuestra tremenda fragilidad y nuestra total dependencia de unos por otros. Y Dios nos está invitando a mirar para adelante, a darnos cuenta de que los caminos del individualismo, del cerrarse en los propios intereses mezquinos, de la arrogancia y la soberbia, llevan a la muerte, al fracaso. En cambio, el camino de la Fe en Jesús, realizado en la práctica de la misericordia y el amor, ofrece vida verdadera y es la luz que ilumina nuestro caminar.
    Como cristianos hemos sido elegidos por el Señor para ser luz del mundo, no como un privilegio, sino como una misión, para mostrar con nuestra vida de servicio humilde y eficaz, que todo tiene sentido, no a nuestro capricho, sino guiados y fortalecidos por su Espíritu. Por ello es tan importante, especialmente en estos tiempos, el cultivo de nuestra vida espiritual, escuchando y meditando su Palabra, orando y practicando la misericordia con los prójimos, para descubrir, en los retos que se nos presentan, los llamados que el Señor nos hace, y respondiendo con generosidad y confianza, sentir su presencia amorosa y su ayuda eficaz y poderosa. Intensificar nuestra vida espiritual comunica paz y serenidad y fortalece además nuestro sistema inmunológico defendiéndonos así de muchas infecciones y trastornos de cuerpo y alma, como mostró Jesús en su vida mortal. Y avanzar así hacia su Reinado definitivo de Verdad y de Vida, de Justicia y de Paz, de Luz y Alegría.  Que nuestra Madre María, que supo escuchar de corazón y responder con valentía y generosidad magníficas, nos siga acompañando en nuestro caminar, haciéndonos sentir su presencia y ayuda maternal.  Amén. 
       

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