2020.6.22 Homilía.
Mt.7,1 No juzguen y no serán juzgados.

Después
del mensaje de las Bienaventuranzas, Jesús nos invita a profundizar en las
implicaciones de la vida cristiana, la vida como Él la vivió. Algo muy común en
el mundo es lo de considerar a las personas como buenas o malas según la propia
perspectiva: los buenos son los que piensan como yo y los malos son los
contrarios. Creernos capacitados para juzgar a los demás según los propios
criterios. Tener buen criterio para discernir lo bueno de la malo es señal de
madurez humana y camino de civilización y de cultura. Y es necesario para
actuar y ayudar a que la humanidad avance por caminos de justicia, de paz, de
prosperidad. Jesús fue un hombre que vivió toda su vida sirviendo y luchando
por la verdad, la vida y la paz. Siempre fue muy crítico para descubrir y
denunciar el mal en cualquier situación o circunstancia en que lo hallara.
Pero
Jesús nos advierte que hacernos jueces de las demás personas, condenando a los
“malos”, no es el camino para construir el Reino. Solo Dios es bueno. Todos los
humanos somos seres limitados y nuestra justicia también lo es. Todos somos
creaturas de Dios y todos tenemos algo de Dios, algo muy bueno, y llamados a
ser como Él, a vivir una vida eterna y feliz. Pero Dios nos creó libres, es
decir, limitados y capaces de negarnos a crecer en el bien. Todos tenemos mucho
de bueno porque Dios nos crea a todos con amor y sabiduría, somos una maravilla
nos revela el Sal. 139. Pero podemos dejarnos guiar por el mal espíritu. Y para
que no nos dejemos engañar, Jesús vino a mostrarnos el camino y nos lo muestra
con su propia vida.
Condenar
a otros supone ponernos en el lugar de Dios, es una gran soberbia. Porque
nuestra visión siempre es limitada, sólo vemos algunos aspectos externos del
comportamiento de los otros. Hemos de juzgar y rechazar el mal, en nosotros
mismos y en los demás, pero no tenemos perspectiva para condenar a las
personas, porque no conocemos su interior, sus motivaciones profundas. Jesús
nos dice “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. Y es una gran
verdad, porque en lo profundo de cada persona, aun las más malvadas, hay siempre
algo de bueno, creación de Dios. Y el que hace el mal, no sabe que el mayor
perjudicado es él mismo.
Por
eso el camino cristiano, el camino hacia la verdad y la paz, es el de ayudar a todos
a abrir los ojos, al modo de Jesús: descubrir el mal cargando con las
consecuencias que ese mal produce en las personas y en la comunidad. Sin
condenar a nadie, pero revelando las terribles consecuencias que ese mal
produce en uno y en toda la familia humana. Cargando con las cruces de la vida.
Dios nos ha elegido a los cristianos para que seamos luz del mundo. Lo cual no
es un privilegio, sino una misión. Es una invitación que supone seguir
voluntariamente el camino que Jesús nos enseña, animados por una gran promesa:
el que lo siga empezará, ya desde ahora, a sentir la fuerza del Espíritu que le
hará vivir en paz y alegría, aun en medio de contrariedades y dificultades.
Todos
los santos han tenido que enfrentar grandes problemas y sufrimientos, pero en
ello han sentido la presencia consoladora e iluminadora del Espíritu. Las
cruces de la vida se les han iluminado con la luz del Espíritu y eso les ha
llevado a vivirlas con paz, con fortaleza, con sabiduría, con alegría. Esa es
la Buena Noticia: el camino está abierto y es asequible a todos. El Reinado de
Dios ya ha comenzado. Todos podemos hacer esa experiencia. Pero solo la haremos
si nos arriesgamos a seguir a Jesús. Por eso, las dificultades y penalidades de
la vida, para quien cree en Cristo, no son una desgracia, una mala suerte, un
castigo, sino una oportunidad de crecer, de ampliar nuestra perspectiva, de
avanzar hacia el Reino.
Estamos
inmersos en esta crisis del coronavirus. Muchos la ven como una gran desgracia,
una amenaza que les asusta y les aterroriza. Jesús nos decía en el evangelio de
ayer: No tengan miedo, no se angustien. Pero pongan atención: El problema tiene
remedio. Y el remedio no está en cerrarnos y olvidarnos de los demás, sino al
contrario, en abrirnos y apoyarnos unos a otros y practicar la solidaridad, el
trabajo inteligente y solidario, el servicio de unos a otros y especialmente a
los más débiles. Construir un mundo nuevo.
El
miedo es siempre mal consejero. Nos lleva a encerrarnos en nosotros mismos, al
egoísmo. La confianza en Dios nos serena, nos da paz, nos abre la inteligencia
para avanzar por caminos de verdad y de vida. Y nos va descubriendo los
pequeños pasos que podemos dar para enfrentar el problema. En muchos sitios,
mucha gente está encontrando que un remedio accesible como es el ibuprofeno y
los antigripales, si se utilizan en los primeros días de la infección, resultan
eficaces para contener el avance de la infección y remediar el mal. Es una luz
para todos.
Y
algo que yo creo que nos ayuda enormemente es el avivar nuestra vida
espiritual. Sentirse en las manos de Dios, sentirse amado y cuidado en los
detalles de la vida diaria, sentir que Dios cuida de nosotros y que “hasta los
cabellos de nuestra cabeza no se pierden si el Señor no lo permite”. Eso da una
gran paz y fortalece nuestro sistema inmunológico que crea en nosotros defensas
eficaces contra todo tipo de infecciones y maldades. El que sigue los caminos
del Señor, se sana de multitud de enfermedades, como mostró Jesús en su tiempo,
y en los tiempos actuales mucha gente sencilla lo sigue experimentando.
Pongámonos pues en las manos del Señor y pidámosle a nuestra Madre María que
nos siga enseñando el camino y nos acompañe por él. Amén.
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