sábado, 6 de junio de 2020

Homilía Mc.12,44 La viuda pobre dio todo lo que tenía para vivir.
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Estamos en esta 9ª semana del tiempo ordinario, donde el Señor, por medio de S. Mc. nos va enseñando los caminos del Reino para que avancemos por ellos con alegría y sabiduría. Hoy nos habla de algo importante para Él y para nosotros: El dinero, la economía. Y nos recuerda el gran error de los escribas o maestros de la Escritura que, siendo especialistas en el estudio de la Ley, trastornaban las enseñanzas de la Palabra. La economía, el dinero, son importantes en la Biblia, pero fácilmente se pueden convertir en un ídolo que nos pierde y nos aparta del camino de la vida. 
Y Jesús se fija en el modo de actuar de los escribas: le daban gran importancia al culto y los preceptos de la Escritura que observaban y estudiaban minuciosamente, pero los interpretaban torcidamente. En el AT. la riqueza, aun material, se considera una bendición de Dios. Algo que Dios nos da para que vivamos y disfrutemos de su abundancia. Y ellos lo interpretaban a su modo: Dios me bendice a mi porque guardo sus preceptos y me ama. Lo cual es cierto. Pero se olvidaban de algo fundamental: La bendición de Dios es para todo el pueblo, para toda la comunidad, no sólo para los cumplidores de los preceptos, para ellos. En los tiempos actuales, también hay una cierta interpretación de la Escritura, que propaga alguna gente muy bíblica que dice así: Dios me bendice porque me porto bien y observo sus preceptos, por eso me van bien mis negocios y es señal de que estoy en el camino de la salvación. Los que les van mal sus negocios, es porque andan en vicios y malas cosas, por eso le va mal, porque Dios los rechaza. Eso es un gran error. El mayor deseo del Señor es la abundancia compartida con todos.
Y Jesús viene a enseñarnos: la abundancia, la riqueza, es un regalo de Dios, pero si sirve a todos. El cómo se emplea, cómo se usa es lo que la hace bendición o maldición. Jesús vivió pobremente toda su vida, pero no en la miseria. Trabajó con sus manos, como José y María y compartió con generosidad todo lo que tenía. Multiplicó los panes y la comida, transformó el agua en vino, dio salud y vida a muchos enfermos y marginados, pero nunca para malgastar lo que tenían, sino como señal de que en el compartir agradecido está la vida y la paz. Nos dice: “hay más gozo en el dar y compartir que en el recibir”
Y nos lo muestra con el ejemplo de la viuda pobre, que entregó todo lo que tenía para la alcancía del templo. Mostró en ello su Fe, que le decía que, cuando uno es generoso con Dios, Él lo es mucho más con uno. Que Dios nunca abandona a los pobres y los humildes. Y entregar todo lo poco que tenía, que quizá lo había conseguido con algún servicio humilde y sencillo, no era nada fácil. Y más sabiendo que lo que se entregaba en el templo era para los sacerdotes, que frecuentemente vivían una vida cómoda y hasta con lujos. Era ley que todo israelita tenía que pagar el impuesto del templo, el diezmo. En aquel tiempo, ser sacerdote era algo que le venía a uno por herencia y suponía una serie de derechos y privilegios. Solo los miembros de las familias sacerdotales podían ser sacerdotes. Y eso generaba mucha codicia y corrupción que les cegaba el corazón y la mente. La viuda, en su pobreza y humildad tenía un corazón limpio que la llevó a actuar con amor y generosidad. Como aquella otra de Sarepta que dio a Elías lo último que tenía para comer con su hijo. Y no se murió en la hambruna. 
En la Iglesia, desde el comienzo, no se aceptó la ley del diezmo, que está en el AT. Como tampoco el sacerdocio hereditario. Pero sí se practicaba el compartir agradecido y especialmente al celebrar la Eucaristía. La colecta era un momento importante. No como un impuesto, o un pago por unos servicios, sino como una expresión del amor efectivo, vida de toda celebración de la Fe, y se debe hacer con generosidad y largueza. Y así sigue siendo. En la Iglesia Católica no hay impuestos o diezmos, pero sí la colecta del ofertorio que propiamente hace efectivo el compartir agradecido.
Me viene a la memoria una enseñanza que me dio, en cierta ocasión, también una viuda pobre de Locomapa. Había venido a Yoro, con otras mujeres, a cobrar el “bono 10,000” que daba el gobierno. Y de regreso les di jalón en el carro. Al llegar al lugar, sacó un billete de 100 Lps. Y me lo daba. Yo no se lo quería aceptar. Pero ella me dijo: usted siempre nos da jalón sin cobrarnos y se lo agradecemos mucho. Hoy quiero pagarle yo, para que usted me lo agradezca. Y lo acepté y se lo agradecí.
Pidámosle al Señor que, en esta crisis que estamos viviendo, no nos entre el virus de la codicia y el egoísmo, sino que, al contrario, se nos ablande e ilumine el corazón para que sepamos compartir con generosidad y alegría lo que Él con tanta amor y abundancia comparte con todos nosotros. Que nuestra Madre y su Hijo nos sigan guiando en el camino, para que podamos disfrutar como hijos de las alegrías del Reino.  Amén

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