lunes, 1 de junio de 2020


31.05.2020 Homilía Jn 20,19 Jesús se presentó resucitado y les dijo, La paz esté en ustedes.   

El Espíritu en todo el mundo Jn 20,19-23 (com imagens ...

                Celebramos hoy Pentecostés, la fiesta que nos recuerda la presencia del Señor en nosotros, después de la resurrección. Nos dice S. Jn. que al anochecer de ese día, Jesús se presentó entre ellos y les dijo “La Paz esté en ustedes”. Después de la Cruz los discípulos quedaron aterrorizados por lo que había pasado y se encerraron en la casa, con las puertas bien trancadas por miedo a los judíos. Es lo que siempre hacemos cuando algún peligro nos acecha: encerrarnos para buscar la seguridad que ofrece una casa bien cerrada. Eso nos da un poco de paz y tranquilidad, si la casa es firme y segura. Y nos encerramos, aislándonos de los que nos amenazan. Así es la paz del mundo: ofrece seguridad y tranquilidad a cambio de encerrarnos.
                La vida moderna ofrece “seguros” para todo, siempre a cambio de dinero: seguros de vida, de enfermedad, de incendios, de accidentes, de vejez, etc. Pero es la gran mentira: ningún seguro nos puede asegurar la vida, ni la salud, ni un incendio, ni un accidente, ni la juventud; lo más nos dan algo de dinero, pero nunca lo que dicen que “aseguran”. Por eso la paz que ofrece “el mundo” es siempre mentirosa, engañosa.
                Jesús en cambio nos ofrece una paz verdadera, segura, que sí da lo que ofrece, y para siempre, que nadie nos la podrá quitar. La paz que da el saberse querido por el Señor de un modo incondicional, sin limitación alguna, y para siempre. La paz que no viene del blindaje de unos muros, sino de experimentar que Dios todo lo ha creado bueno y por puro amor por cada uno de nosotros. Que todas las cosas y las personas que existimos somos creaturas de Dios y Él todo lo dispone para nuestro bien. Cierto que hay personas malas, que se dejan engañar por satanás, el espíritu del mal, y hacen mucho mal a muchos. Pero, en el fondo, nos dice Jesús, no es porque sean malas de nacimiento, sino porque están ciegas y sordas y trastornadas por el mal espíritu. Y entonces, el remedio no es destruirlas, encadenarlas, sino ayudarlas a que abran los ojos y descubran la verdad, haciéndoles el bien, como hizo Jesús en la Cruz: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen.
                Jesús ha venido, ante todo, para mostrarnos que Dios es Amor y sólo Amor. Por eso compartió en todo, nuestra vida terrena, con todos sus sinsabores y contradicciones. Y se dejó matar en la Cruz sin condenar a nadie. Pero eso no fue un fracaso, sino el modo de mostrar que el camino de la entrega por amor es lo que de verdad destruye la mentira del pecado y con ello la raíz de toda maldad y sufrimiento. No es fácil creer en ello. A los discípulos les costó un largo camino de aprendizaje. Pero cuando lo descubrieron, se llenaron de luz, de gozo y de alegría. Y abrieron las puertas de la casa en que se habían encerrado y salieron a anunciar a todos la gran noticia, de que los problemas, las contradicciones y tribulaciones de la vida, no son una desgracia, una maldición, una mala suerte, sino que todo tiene remedio y ese remedio está en nuestras manos, porque el Señor nos comunica su Espíritu de verdad, de Vida, de Luz.
                Pentecostés es caer en la cuenta de que ese Espíritu está en nosotros, que ya no hay enemigos porque cuando amamos a alguien, deja de ser enemigo, aunque hasta que abra los ojos nos haga sufrir mucho. Que el mal se vence no por la fuerza y la violencia, sino haciendo el bien al enemigo, amándole como  Jesús. Él nos da la Paz y nos invita a ir por todo el mundo, con valentía y fortaleza, proclamando el Evangelio de que hay un Camino que vence de toda maldad. Y ese es Cristo que vive en nosotros. La primera lectura de Hechos nos describe cómo gentes de todos los pueblos y naciones, que antes eran enemigos irreconciliables entre ellos, empiezan a creer la Buena Noticia y empiezan a vivir como hermanos. Desaparecen las desconfianzas, las guerras, los fraudes, las violencias y comienza una vida nueva. Y nace la Iglesia Católica, universal.
                El Cristianismo no es una doctrina, una moral, una teología, una organización, aunque tiene mucho de todo ello. Sino, ante todo, un modo de vida guiado por el Espíritu que vivifica la Iglesia. Por eso la Iglesia es Católica, que quiere decir universal, extendida por todos los pueblos y culturas de la tierra y encarnándose en todas ellas. Por eso no puede limitarse a determinadas culturas y naciones y las respeta a todas, porque en todas quiere encarnarse el Espíritu. Por eso respeta todas las culturas, porque en todas va descubriendo las “semillas del Espíritu” como nos dice el Concilio.
                En los tiempos de crisis, como los que vivimos, estamos especialmente llamados a vivir con alegría nuestra Fe, que nos asegura que el Señor vive en nosotros y nunca nos abandona y por ello todo problema tiene remedio. A vivir con Esperanza, sabiendo que siempre encontraremos caminos de paz y de luz. Y a vivir la Caridad, el Amor, que es la fuerza para trabajar y luchar con sabiduría, con fortaleza, sin desánimo, sin miedo, sin pesimismo y con alegría.
                Que el Señor nos conceda su Espíritu como se lo concedió a aquellos primeros discípulos, que perseveraron unánimes en la oración y acompañados por María y las otras mujeres. Y así podamos ser Luz del mundo, como lo fueron ellos, y así la Humanidad pueda crecer hacia el Reinado de la Verdad, la Luz, la Fraternidad, la Paz y la Vida para todos, para Gloria de Dios y Bien de todos nosotros.        Amén.

No hay comentarios:

Publicar un comentario