31.05.2020 Homilía Jn 20,19 Jesús se presentó resucitado y les dijo, La paz esté en ustedes.

Celebramos hoy Pentecostés, la
fiesta que nos recuerda la presencia del Señor en nosotros, después de la
resurrección. Nos dice S. Jn. que al anochecer de ese día, Jesús se presentó
entre ellos y les dijo “La Paz esté en ustedes”. Después de la Cruz los
discípulos quedaron aterrorizados por lo que había pasado y se encerraron en la
casa, con las puertas bien trancadas por miedo a los judíos. Es lo que siempre
hacemos cuando algún peligro nos acecha: encerrarnos para buscar la seguridad
que ofrece una casa bien cerrada. Eso nos da un poco de paz y tranquilidad, si
la casa es firme y segura. Y nos encerramos, aislándonos de los que nos
amenazan. Así es la paz del mundo: ofrece seguridad y tranquilidad a cambio de
encerrarnos.
La vida moderna ofrece “seguros”
para todo, siempre a cambio de dinero: seguros de vida, de enfermedad, de
incendios, de accidentes, de vejez, etc. Pero es la gran mentira: ningún seguro
nos puede asegurar la vida, ni la salud, ni un incendio, ni un accidente, ni la
juventud; lo más nos dan algo de dinero, pero nunca lo que dicen que
“aseguran”. Por eso la paz que ofrece “el mundo” es siempre mentirosa,
engañosa.
Jesús en cambio nos ofrece una
paz verdadera, segura, que sí da lo que ofrece, y para siempre, que nadie nos
la podrá quitar. La paz que da el saberse querido por el Señor de un modo
incondicional, sin limitación alguna, y para siempre. La paz que no viene del
blindaje de unos muros, sino de experimentar que Dios todo lo ha creado bueno y
por puro amor por cada uno de nosotros. Que todas las cosas y las personas que
existimos somos creaturas de Dios y Él todo lo dispone para nuestro bien.
Cierto que hay personas malas, que se dejan engañar por satanás, el espíritu
del mal, y hacen mucho mal a muchos. Pero, en el fondo, nos dice Jesús, no es
porque sean malas de nacimiento, sino porque están ciegas y sordas y
trastornadas por el mal espíritu. Y entonces, el remedio no es destruirlas,
encadenarlas, sino ayudarlas a que abran los ojos y descubran la verdad,
haciéndoles el bien, como hizo Jesús en la Cruz: Padre, perdónales porque no
saben lo que hacen.
Jesús ha venido, ante todo, para
mostrarnos que Dios es Amor y sólo Amor. Por eso compartió en todo, nuestra
vida terrena, con todos sus sinsabores y contradicciones. Y se dejó matar en la
Cruz sin condenar a nadie. Pero eso no fue un fracaso, sino el modo de mostrar
que el camino de la entrega por amor es lo que de verdad destruye la mentira
del pecado y con ello la raíz de toda maldad y sufrimiento. No es fácil creer
en ello. A los discípulos les costó un largo camino de aprendizaje. Pero cuando
lo descubrieron, se llenaron de luz, de gozo y de alegría. Y abrieron las
puertas de la casa en que se habían encerrado y salieron a anunciar a todos la
gran noticia, de que los problemas, las contradicciones y tribulaciones de la
vida, no son una desgracia, una maldición, una mala suerte, sino que todo tiene
remedio y ese remedio está en nuestras manos, porque el Señor nos comunica su
Espíritu de verdad, de Vida, de Luz.
Pentecostés es caer en la cuenta
de que ese Espíritu está en nosotros, que ya no hay enemigos porque cuando
amamos a alguien, deja de ser enemigo, aunque hasta que abra los ojos nos haga
sufrir mucho. Que el mal se vence no por la fuerza y la violencia, sino
haciendo el bien al enemigo, amándole como
Jesús. Él nos da la Paz y nos invita a ir por todo el mundo, con
valentía y fortaleza, proclamando el Evangelio de que hay un Camino que vence
de toda maldad. Y ese es Cristo que vive en nosotros. La primera lectura de
Hechos nos describe cómo gentes de todos los pueblos y naciones, que antes eran
enemigos irreconciliables entre ellos, empiezan a creer la Buena Noticia y
empiezan a vivir como hermanos. Desaparecen las desconfianzas, las guerras, los
fraudes, las violencias y comienza una vida nueva. Y nace la Iglesia Católica,
universal.
El Cristianismo no es una
doctrina, una moral, una teología, una organización, aunque tiene mucho de todo
ello. Sino, ante todo, un modo de vida guiado por el Espíritu que vivifica la
Iglesia. Por eso la Iglesia es Católica, que quiere decir universal, extendida por
todos los pueblos y culturas de la tierra y encarnándose en todas ellas. Por
eso no puede limitarse a determinadas culturas y naciones y las respeta a
todas, porque en todas quiere encarnarse el Espíritu. Por eso respeta todas las
culturas, porque en todas va descubriendo las “semillas del Espíritu” como nos
dice el Concilio.
En los tiempos de crisis, como
los que vivimos, estamos especialmente llamados a vivir con alegría nuestra Fe,
que nos asegura que el Señor vive en nosotros y nunca nos abandona y por ello
todo problema tiene remedio. A vivir con Esperanza, sabiendo que siempre
encontraremos caminos de paz y de luz. Y a vivir la Caridad, el Amor, que es la
fuerza para trabajar y luchar con sabiduría, con fortaleza, sin desánimo, sin
miedo, sin pesimismo y con alegría.
Que el Señor nos conceda su
Espíritu como se lo concedió a aquellos primeros discípulos, que perseveraron
unánimes en la oración y acompañados por María y las otras mujeres. Y así
podamos ser Luz del mundo, como lo fueron ellos, y así la Humanidad pueda
crecer hacia el Reinado de la Verdad, la Luz, la Fraternidad, la Paz y la Vida
para todos, para Gloria de Dios y Bien de todos nosotros. Amén.
No hay comentarios:
Publicar un comentario