lunes, 29 de junio de 2020

2020.6.29 - Homilía. Mt.16,18 Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.

Cristo fundó una Iglesia | Apologética Católica

               
    Celebramos hoy la fiesta de San Pedro y San Pablo, los dos apóstoles que son el fundamento de la Iglesia. Jesús vino para restaurar el Reinado de Dios en el mundo, que había sido trastornado por el pecado, el mal con el que la familia humana había arruinado la creación. Y para ello quiso necesitar de colaboradores que llevaran a cabo su obra. Y los escogió entre gente común y corriente: un pescador de Galilea y un fariseo de Tarso. Y los puso al frente de la Comunidad de sus seguidores, de la Iglesia.
    Pedro y Pablo son, ante todo, servidores de la Comunidad a ejemplo de Jesús, que no vino a dominar sino a servir. En un servicio que es fundamental: la roca firme que mantiene unida la construcción de la Iglesia. Pedro el primer obispo de Roma, la cabeza de la Iglesia. Pablo el apóstol de los pueblos no judíos, que elaboró las bases teológicas de la catolicidad universal. Jesús pone, al frente de la Iglesia a hombres comunes, no a ángeles, manifestando así la confianza que tiene en nosotros, las personas. Pedro, un hombre de trabajo, no un sacerdote, no un doctor de la ley. Un hombre de carácter, decidido, dispuesto a dar la vida por Jesús, pero también con sus debilidades y flaquezas, que en un momento clave le traicionará. Pero Jesús confía en él después de que Pedro experimenta su fragilidad. Y lo ratifica como Pastor de la Iglesia, para que cuide a sus ovejas, a su rebaño, a la Comunidad. Le comunica el don de gobierno, para que la guíe y la mantenga unida en medio de las dificultades y contrariedades.
    La Iglesia católica es la Comunidad de quienes hemos aceptado el camino del Señor y lo reconocemos como el camino de la Vida. Elegidos por el Señor para seguir el camino de la Fe y experimentar en las debilidades y flaquezas la misericordia del Señor, que de grandes pecadores hace grandes santos. Ser elegido no significa ser privilegiado entre los demás, con poderes y fuerzas especiales para dominar a otros, sino haber experimentado la misericordia del Señor, que de las tinieblas nos saca a la luz, de la tristeza a la alegría, del sufrimiento a la paz, de la muerte a la vida. Ser cristiano supone decidirse a seguir el camino de Jesús experimentando que los problemas y contrariedades de la vida no son desgracias o castigos de Dios a los pecadores, sino caminos para experimentar el amor de Dios y ocasiones de sensibilizarse al dolor de los que sufren y trabajar por ponerles remedio y crecer en amor y misericordia por los demás. De crecer en lo profundo de nuestro corazón haciéndonos misericordiosos como Él lo es y capaces de amar como Él nos ama. Y así hacernos semejantes a Jesús, hermanos unos de otros y verdaderos hijos de Dios, que es puro Amor y misericordia por todos nosotros.
    Al poner a Pedro como roca firme de la Iglesia, Jesús nos hace una promesa: Las fuerzas del mal, nunca la podrán vencer. No por que vaya a ser una institución fuerte y poderosa a los ojos del mundo. Sino porque en ella se mostrará la fuerza salvadora del Señor, la fuerza del Amor, más fuerte que todas las fuerzas del mal y más estable y duradera que todas las fuerzas del mundo.  La Iglesia Católica es la única fundada por Cristo. Existen otras muchas confesiones y sectas fuera de la Iglesia Católica, todas fundadas por hombres, ninguna por el Señor en persona. El Papa, sucesor de Pedro, es puesto por el Señor como obispo de Roma y con la misión de mantener unidas a todas la Iglesias, y de cuidar a los cristianos. Y de orientar a toda la Comunidad eclesial por los caminos de la Fe y la Verdad, para que podamos ser Luz del mundo, como el Señor tanto desea.  
    Ser elegidos por el Señor no significa un privilegio para superar a los demás o tener ciertas prerrogativas, no es favoritismo. Es más bien una misión, un envío a experimentar la fuerza de la Gracia y el Amor del Señor para enfrentar las contrariedades y sufrimientos de la vida. Es decir, va unido a la cruz. Tanto Pedro como Pablo tuvieron que pasar grandes dificultades, pero ahí experimentaron la fuerza y la providencia del Señor, que siempre vela por nosotros. La primera lectura nos relata la liberación milagrosa de Pedro cuando estaba preso en la cárcel para ser ejecutado. Y que sirvió para fortalecerle en la Fe, y no sólo a él, sino a toda la Iglesia. Pablo habla también de las grandes tribulaciones y sufrimientos por los que tuvo que pasar y de cómo en todos ellos salió fortalecido. Las dificultades y contrariedades de la vida son necesarias para crecer en la Fe. Lo fueron para Pedro y Pablo y lo son también para nosotros. Cuando se miran a la luz de la Fe y acompañados en la Comunidad, no son una desgracia, como parecen, sino lo contrario, una oportunidad para crecer en gracia, en sabiduría, en humildad, en humanidad.
    Pidámosle al Señor esta gracia en la crisis que estamos viviendo, para que así podamos ser luz y paz para tantos que en este tiempo se sienten temerosos y aterrorizados. Que nuestra esperanza, basada en la Fe que nos anima nos ayude a todos a salir adelante. Que nuestra Madre María, junto con Pedro y Pablo nos hagan sentir su compañía y su presencia protectora y vivificadora. Amén

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