02.06.2020
Homilía Jn.19,26 Jesús dijo a la Madre, Mujer, ahí tienes a tu hijo

Ayer, lunes de Pentecostés
celebramos la Misa ordinaria, pero se podía haber celebrado
la fiesta de María,
Madre de la Iglesia. El Papa la instituyó hace unos años y es una celebración
muy querida por él. Como me parece que tiene mucho sentido la queremos celebrar
hoy.
El Evangelio nos recuerda en
este pasaje cómo, momentos antes de morir Jesús, al pie de la Cruz, estaban las
tres Marías con Juan. Los demás, aterrorizados y confundidos habían huido. Sólo
las tres mujeres y Juan, fortalecidos por la Fe, estaban firmes, soportando un
dolor terrible, pero sin echarse para atrás, sin abandonar a Jesús. Mostrando
así el Amor que sentían por Él. Jesús los mira y lleno de amor y ternura le
dice a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” y a Juan “Ahí tienes a tu Madre”. Ninguno dice una palabra más, y el Evangelio
nos dice que “Jesús inclinó la cabeza y entregó el Espíritu”. Y desde aquel
momento, Juan empezó a ver en María su verdadera Madre.
La Iglesia ha querido ver en
estos versículos una revelación importantísima para nosotros: María es LA
Madre. No dice “su” madre, sino “la” Madre. La Madre de los creyentes,
representados en Juan, la Madre de la Iglesia. Los antiguos padres de la
Iglesia decían: nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por
Madre. María es símbolo de la Iglesia – Madre. Un niño chiquito apenas puede
vivir si le falta su madre. Y cualquier persona que no haya conocido a su
madre, lo considera una gran desgracia. El amor de la madre es algo esencial
para desarrollarnos como personas. Y Jesús en su inmenso amor y misericordia
por nosotros ha querido que los cristianos tengamos una Madre que nos ama como
Dios nos ama, que nos cuida, que nos ayuda, que nos defiende en los peligros y
las enfermedades y que nos va educando como educó a Jesús. Es una gran fuente
de alegría, de paz, de ánimo, sentir cerca a nuestra Madre. Un niño que siente
cerca a su madre se siente seguro, se siente confiado, se siente feliz. Y así
quiere Dios que nos sintamos, especialmente en los momentos de angustia, de
peligro, de incertidumbre. Por eso nos ha dado en la Cruz a la Madre, el regalo
más grande que nos podía dar, además de su Vida.
En estos tiempos difíciles de
crisis e incertidumbre, ¡qué gran consuelo es sentir cerca de nosotros a La
Madre! Y no cualquier madre, sino nada
menos que la Madre de Jesús, la que le trajo a este mundo, la que lo crio, la
que lo cuidó, la que le enseñó a amar y servir, la que no lo abandonó en la
Pasión y lo fortaleció, para que pudiera entregarnos su Espíritu en la Cruz. ¡Qué lástima y qué dolor ver que hay gentes
que se dicen cristianos, y desprecian a María!
¿Cómo se puede ser tan cerrado y tan necio como para despreciar este
maravilloso regalo de Jesús que, antes de morir en la Cruz, quiso entregarnos?
La Iglesia, desde el principio,
siempre ha sentido, en la devoción a María, un camino seguro y claro hacia
Jesús. Son innumerables los lugares y las personas a las que María se ha
aparecido a lo largo de la historia, en todo el mundo. Y siempre para
acercarnos más a su Hijo, para ayudarnos en los momentos difíciles, para
confortarnos, para darnos confianza y ánimos. En Honduras tenemos a nuestra
Madre, nuestra Patrona en la Virgen de Suyapa. En todo el mundo hay infinidad
de santuarios y lugares donde millones de personas peregrinan y se congregan
para sentir esta presencia amorosa de María, para sentir su consuelo, para
dejarse acercar a Jesús. Y para que llenos de confianza y alegría aprendamos a
ser valientes y a entregarnos de corazón para que progresemos en el vivir como
hermanos. Porque ese es el mayor deseo de Jesús y María por nosotros. Y lo que
nos hace ser luz del mundo, especialmente en los tiempos difíciles como los
actuales.
Quiero terminar esta homilía con
la Oración con que Francisco terminó el rezo del Santo Rosario el sábado pasado
allá en la capillita del jardín del Vaticano.
Oh María,
tú resplandeces siempre en nuestro camino
como un signo de salvación y esperanza.
A ti nos encomendamos, Salud de los enfermos,
que al pie de la cruz fuiste asociada al dolor de Jesús,
manteniendo firme tu fe.
tú resplandeces siempre en nuestro camino
como un signo de salvación y esperanza.
A ti nos encomendamos, Salud de los enfermos,
que al pie de la cruz fuiste asociada al dolor de Jesús,
manteniendo firme tu fe.
Tú, Salvación del pueblo
cristiano,
sabes lo que necesitamos
y estamos seguros de que nos lo concederás
para que, como en Caná de Galilea,
vuelvan la alegría y la fiesta
después de esta prueba.
sabes lo que necesitamos
y estamos seguros de que nos lo concederás
para que, como en Caná de Galilea,
vuelvan la alegría y la fiesta
después de esta prueba.
Ayúdanos, Madre del Divino Amor,
a conformarnos a la voluntad del Padre
y hacer lo que Jesús nos dirá,
Él, que tomó nuestro sufrimiento sobre sí mismo
y se cargó de nuestros dolores
para guiarnos a través de la cruz,
a la alegría de la resurrección.
a conformarnos a la voluntad del Padre
y hacer lo que Jesús nos dirá,
Él, que tomó nuestro sufrimiento sobre sí mismo
y se cargó de nuestros dolores
para guiarnos a través de la cruz,
a la alegría de la resurrección.
En la dramática situación actual, llena de
sufrimientos y angustias que oprimen al mundo entero, acudimos a ti, Madre de
Dios y Madre nuestra, y buscamos refugio bajo tu protección.
Oh Virgen María, vuelve a nosotros tus ojos
misericordiosos en esta pandemia del coronavirus, y consuela a los que se
encuentran confundidos y lloran por la pérdida de sus seres queridos, a veces
sepultados de un modo que hiere el alma. Sostén a aquellos que están
angustiados porque, para evitar el contagio, no pueden estar cerca de las
personas enfermas. Infunde confianza a quienes viven en el temor de un futuro
incierto y de las consecuencias en la economía y en el trabajo.
Madre de Dios y Madre nuestra, implora al Padre de
misericordia que esta dura prueba termine y que volvamos a encontrar un horizonte
de esperanza y de paz. Como en Caná, intercede ante tu Divino Hijo, pidiéndole
que consuele a las familias de los enfermos y de las víctimas, y que abra sus
corazones a la esperanza.
Protege a los médicos, a los enfermeros, al personal
sanitario, a los voluntarios que en este periodo de emergencia combaten en
primera línea y arriesgan sus vidas para salvar otras vidas. Acompaña su
heroico esfuerzo y concédeles fuerza, bondad y salud.
Permanece junto a quienes asisten, noche y día, a los
enfermos, y a los sacerdotes que, con solicitud pastoral y compromiso
evangélico, tratan de ayudar y sostener a todos.
Virgen Santa, ilumina las
mentes de los hombres y mujeres de ciencia, para que encuentren las soluciones
adecuadas y se venza este virus.
Asiste a los líderes de las naciones, para que actúen
con sabiduría, diligencia y generosidad, socorriendo a los que carecen de lo
necesario para vivir, planificando soluciones sociales y económicas de largo
alcance y con un espíritu de solidaridad.
Santa María, toca las conciencias para que las
grandes sumas de dinero utilizadas en la incrementación y en el
perfeccionamiento de armamentos sean destinadas a promover estudios adecuados
para la prevención de futuras catástrofes similares.
Madre amantísima, acrecienta en el mundo el sentido
de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que
nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en
ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria. Anima la
firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio y la constancia en la
oración.
Oh María, Consuelo de los afligidos, abraza a todos
tus hijos atribulados, haz que Dios nos libere con su mano poderosa de esta
terrible epidemia y que la vida pueda reanudar su curso normal con serenidad.
Nos encomendamos a Ti, que brillas en nuestro camino
como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce
Virgen María! Amén.
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