sábado, 13 de junio de 2020


2020.6.13 Homilía. Lc.10, 9 S. Antonio El Reinado de Dios ha llegado a ustedes.

Evangelio del Día, Viernes 18 de Octubre de 2019 - Arquidiócesis de  Bucaramanga


                Celebramos hoy la fiesta de S. Antonio de Padua, un santo muy querido y muy popular entre mucha gente, especialmente los pobres. Los santos son personas que han creído y han seguido los caminos del Señor y por eso el Espíritu se ha encarnado en ellos. Y participan de su vida resucitada, están vivos y porque están vivos y nos quieren, hacen milagros. Mucha gente les tiene devoción por los milagros que cuentan de ellos y les veneran pensando conseguir algún beneficio de ellos.  Pero lo importante no son los milagros, sino la vida que vivieron y cómo se dejaron guiar por el Espíritu del Señor, para seguir sus ejemplos y enseñanzas.
                S. Antonio de Padua, de joven, no se llamaba Antonio ni nació en Padua. Nació en Lisboa, muy lejos de Padua y le bautizaron con el nombre de Fernando. Nació en 1191, hijo de una familia acomodada y de prestigio, llamada Martins. Recibió una educación y unos estudios acordes con su familia, pero pronto se despertó en él el deseo de servir al Señor y entró en el seminario a pesar de la oposición de sus familiares. Se ordenó sacerdote y sus familiares le obligaron a que aceptara entrar en una congregación de prestigio. Pero él se marchó de Lisboa y se escondió en un pobre convento de los franciscanos, recién fundado, y se cambió el nombre por el de Antonio.
                Ya franciscano pidió ser enviado como misionero a Marruecos, al norte de África, territorio musulmán donde los cristianos eran muy pocos y perseguidos. Pasó grandes penalidades y se enfermó gravemente, por lo que sus compañeros decidieron enviarle de regreso a Portugal, para reponerse. Pero el barco en el que viajaba, en una gran tormenta perdió el rumbo y después de varios días fue a dar Italia. Allí, se mejoró algo y empezó a predicar, llevando una vida muy pobre, pero con gran entusiasmo.
                En el norte de Italia había ciudades, como Padua, de gran actividad económica pero con grandísimas diferencias sociales. Por ese tiempo, allí fue donde comenzó el negocio bancario. Hombres de dinero hacían préstamos a gente pobre cargando intereses muy altos, y cuando se retrasaban con los pagos, se apropiaban de sus tierras y sus bienes. La usura era muy común. También había mucha actividad  comercial.  En ese ambiente, Antonio, con algunos compañeros, vivían de su trabajo, pobremente y compartiendo lo poco que conseguían con la gente más pobre. Y eso lo hacían con gran alegría y generosidad, sin envidias, sin resentimientos y con gran paz. Lo cual llamaba mucho la atención de la gente. La predicación de Antonio y sus compañeros llegaba al corazón de muchos. Algunos ricos dejaban sus abusos y su codicia y muchos pobres dejaban sus vicios y maldades.
                El testimonio y la palabra de Antonio convencían y traían paz, de modo que las cosas iban cambiando para bien. El compartir se iba haciendo más frecuente y generoso y la honestidad, la verdad y la responsabilidad de unos por otros iba creciendo. Antonio tenía también gran habilidad en convencer a algunos poderosos para que dejaran su codicia y su deseo de dominar a otros. Y eso producía frutos de paz y de concordia. Porque también entre los ricos y poderosos había frecuentes guerras y peleas y eso traía males para todos. Pero Antonio era hombre inteligente y hombre de paz, y porque a todos miraba con misericordia y bondad, descubría en todos, aun de los enemigos, buenas cualidades y se fijaba en ello, más que en lo negativo. Miraba a las personas siempre con amor y sabiduría, como Dios nos mira, y descubría que toda persona es creatura de Dios y Dios ha puesto mucho de bueno en cada uno de nosotros. Eso ayudaba a apagar el odio y el rencor y era una base firme y verdadera para construir la paz y la concordia.
                En el Evangelio, el Señor envía a los discípulos a sembrar la paz y la concordia. No sólo a los Apóstoles, sino a los 72 discípulos, es decir a todos sus seguidores. Y desde una vida de sencillez y de pobreza. Porque sólo el que vive de un modo sencillo y pobre puede experimentar la alegría con que vivió Jesús y anunciarlo, de un modo convincente para los demás, como nos dice en la primera bienaventuranza: Felices los pobres de corazón agradecido, porque de ellos es ya el Reino de los Cielos. Antonio comprendió bien ese llamado y lo siguió. Por eso su vida fue un llamado y una luz para mucha gente de su tiempo y lo sigue siendo ahora.
                La vida de Antonio fue luz para muchas personas. Tenía un corazón limpio, un corazón que se fue purificando con los muchos problemas y sufrimientos que tuvo que padecer. Por eso veía a Dios. Y por eso le nacía del corazón el agradecimiento y la sabiduría. Por eso trajo luz, esperanza y verdad a muchos. Fue un gran constructor de la paz.  Y cuando él saludaba con el saludo franciscano de “Paz y Bien” el saludo se hacia realidad en los que le escuchaban.
                Que en estos tiempos de incertidumbre, de temor y oscuridad, el Señor nos ayude a seguir los caminos de Antonio, para que así podamos avanzar entre todos en la construcción del Reino de la Verdad y la Vida, de Justicia y la Paz verdaderas. Que la Madre de Dios, María, nos acompañe en nuestra misión.            Amén.

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