2020.6.13 Homilía. Lc.10, 9 S. Antonio El
Reinado de Dios ha llegado a ustedes.

Celebramos
hoy la fiesta de S. Antonio de Padua, un santo muy querido y muy popular entre mucha
gente, especialmente los pobres. Los santos son personas que han creído y han
seguido los caminos del Señor y por eso el Espíritu se ha encarnado en ellos. Y
participan de su vida resucitada, están vivos y porque están vivos y nos
quieren, hacen milagros. Mucha gente les tiene devoción por los milagros que
cuentan de ellos y les veneran pensando conseguir algún beneficio de
ellos. Pero lo importante no son los milagros,
sino la vida que vivieron y cómo se dejaron guiar por el Espíritu del Señor,
para seguir sus ejemplos y enseñanzas.
S.
Antonio de Padua, de joven, no se llamaba Antonio ni nació en Padua. Nació en
Lisboa, muy lejos de Padua y le bautizaron con el nombre de Fernando. Nació en
1191, hijo de una familia acomodada y de prestigio, llamada Martins. Recibió
una educación y unos estudios acordes con su familia, pero pronto se despertó
en él el deseo de servir al Señor y entró en el seminario a pesar de la
oposición de sus familiares. Se ordenó sacerdote y sus familiares le obligaron
a que aceptara entrar en una congregación de prestigio. Pero él se marchó de
Lisboa y se escondió en un pobre convento de los franciscanos, recién fundado,
y se cambió el nombre por el de Antonio.
Ya
franciscano pidió ser enviado como misionero a Marruecos, al norte de África,
territorio musulmán donde los cristianos eran muy pocos y perseguidos. Pasó
grandes penalidades y se enfermó gravemente, por lo que sus compañeros decidieron
enviarle de regreso a Portugal, para reponerse. Pero el barco en el que
viajaba, en una gran tormenta perdió el rumbo y después de varios días fue a
dar Italia. Allí, se mejoró algo y empezó a predicar, llevando una vida muy
pobre, pero con gran entusiasmo.
En
el norte de Italia había ciudades, como Padua, de gran actividad económica pero
con grandísimas diferencias sociales. Por ese tiempo, allí fue donde comenzó el
negocio bancario. Hombres de dinero hacían préstamos a gente pobre cargando
intereses muy altos, y cuando se retrasaban con los pagos, se apropiaban de sus
tierras y sus bienes. La usura era muy común. También había mucha
actividad comercial. En ese ambiente, Antonio, con algunos
compañeros, vivían de su trabajo, pobremente y compartiendo lo poco que
conseguían con la gente más pobre. Y eso lo hacían con gran alegría y
generosidad, sin envidias, sin resentimientos y con gran paz. Lo cual llamaba
mucho la atención de la gente. La predicación de Antonio y sus compañeros
llegaba al corazón de muchos. Algunos ricos dejaban sus abusos y su codicia y
muchos pobres dejaban sus vicios y maldades.
El
testimonio y la palabra de Antonio convencían y traían paz, de modo que las
cosas iban cambiando para bien. El compartir se iba haciendo más frecuente y
generoso y la honestidad, la verdad y la responsabilidad de unos por otros iba
creciendo. Antonio tenía también gran habilidad en convencer a algunos
poderosos para que dejaran su codicia y su deseo de dominar a otros. Y eso
producía frutos de paz y de concordia. Porque también entre los ricos y
poderosos había frecuentes guerras y peleas y eso traía males para todos. Pero
Antonio era hombre inteligente y hombre de paz, y porque a todos miraba con
misericordia y bondad, descubría en todos, aun de los enemigos, buenas
cualidades y se fijaba en ello, más que en lo negativo. Miraba a las personas
siempre con amor y sabiduría, como Dios nos mira, y descubría que toda persona
es creatura de Dios y Dios ha puesto mucho de bueno en cada uno de nosotros.
Eso ayudaba a apagar el odio y el rencor y era una base firme y verdadera para
construir la paz y la concordia.
En
el Evangelio, el Señor envía a los discípulos a sembrar la paz y la concordia.
No sólo a los Apóstoles, sino a los 72 discípulos, es decir a todos sus
seguidores. Y desde una vida de sencillez y de pobreza. Porque sólo el que vive
de un modo sencillo y pobre puede experimentar la alegría con que vivió Jesús y
anunciarlo, de un modo convincente para los demás, como nos dice en la primera
bienaventuranza: Felices los pobres de corazón agradecido, porque de ellos es
ya el Reino de los Cielos. Antonio comprendió bien ese llamado y lo siguió. Por
eso su vida fue un llamado y una luz para mucha gente de su tiempo y lo sigue
siendo ahora.
La
vida de Antonio fue luz para muchas personas. Tenía un corazón limpio, un
corazón que se fue purificando con los muchos problemas y sufrimientos que tuvo
que padecer. Por eso veía a Dios. Y por eso le nacía del corazón el
agradecimiento y la sabiduría. Por eso trajo luz, esperanza y verdad a muchos.
Fue un gran constructor de la paz. Y
cuando él saludaba con el saludo franciscano de “Paz y Bien” el saludo se hacia
realidad en los que le escuchaban.
Que
en estos tiempos de incertidumbre, de temor y oscuridad, el Señor nos ayude a
seguir los caminos de Antonio, para que así podamos avanzar entre todos en la
construcción del Reino de la Verdad y la Vida, de Justicia y la Paz verdaderas.
Que la Madre de Dios, María, nos acompañe en nuestra misión. Amén.
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