domingo, 21 de junio de 2020

En el evangelio de Mateo (Mt 10,26-33) Jesús nos invita tres veces a no tener miedo. Las razones varían: porque no hay nada escondido que no llegue a saberse; porque somos más que nuestro cuerpo; porque estamos en las manos de Dios, en su providencia. Encontramos entonces tres invitaciones: a ser testigos de la verdad con libertad (Jn 8,32); a entregar la vida libre y generosamente (Jn 10,18); a confiar en que nada ni nadie nos pueden separar del amor de Dios (Rm 8,38-39).
Este evangelio cobra especial importancia en el contexto de la crisis sanitaria, económica y social desatada por la forma de enfrentar el Covid19. Ayer se reportaron 1,048 nuevos casos positivos de Covid19. Esto, al tiempo que supone un incremento significativo del número máximo de casos positivos por día anterior de 643 el 17 de junio, deja entrever una tendencia a un crecimiento exponencial todavía mucho mayor de la curva de contagios del tenido hasta ahora. Pareciera que nos estamos dirigiendo hacia un contagio masivo con Covid19.
Esto supone varias cosas. Lo primero: que lo prioritario en estos momentos no es evitar el contagio, que parece ya haberse disparado y ser inevitable, sino tratarlo, y esto de una manera sencilla, eficaz y accesible a todas y todos. Lo segundo: que deja de tener sentido estigmatizar y discriminar a las personas contagiadas, porque tarde o temprano, muchas y muchos de nosotros nos contagiaremos.
Si el escenario anterior nos causaba mucho temor, el nuevo amenaza con causarnos terror y pánico. En este contexto es que la invitación repetida del evangelio a no tener miedo cobra especial importancia. La verdad, cuando es dicha con amor, siempre libera. Lo que no se asume no se redime, decía san Ireneo de Lyon en el siglo II. Asumir la realidad de un contagio masivo nos va a permitir hacerle frente consciente y deliberadamente, buscando las mejores estrategias para tratarlo.
La causa última del miedo es normalmente la muerte. A lo largo de la evolución hemos desarrollado tres respuestas a este miedo: el ataque, la huida y la parálisis. En el momento actual ninguna de estas tres respuestas pareciera ser adecuada. El combate del Covid19 con cercos epidemiológicos no parece haber evitado su propagación. La huída con la consiguiente reclusión en las casas, tampoco parece haber tenido el efecto esperado. Darnos por vencidas, por vencidos y tirar la toalla en una parálisis inmovilizadora es suicida. El evangelio nos invita a entregarnos libre y generosamente sirviéndonos en nuestras necesidades, compartiendo lo que somos y tenemos. El evangelio nos invita a hacernos prójimas y prójimos, haciéndonos cercanos, escuchándonos, dejándonos conmover y tendiéndonos la mano. Así, lo que toca en estos momentos es aprender a tratar al Covid19 y aprender a acoger a las personas contagiadas para que dejen de negar su contagio y de huir por temor a la discriminación social.
Lo que va a hacer posible todo lo anterior va a ser la experiencia de la providencia de Dios, la experiencia de encontrarnos en sus manos, la experiencia de su amor, de un amor del cual nada ni nadie nos pueden separar. Y para esto es fundamental la gratitud, aprender a dar gracias, a ser agradecidas y agradecidos. Cuando damos gracias, muchas veces lo hacemos por todo lo bueno que hemos recibido y vivido. Pero, y por lo malo, ¿se puede dar gracias por lo malo? La providencia de Dios, su amor se encuentra presente en todas, en todos, y en todo. Solo es aprender a descubrirlo dando gracias por lo “bueno” y por lo “malo”, por lo que nos gusta y por lo que nos disgusta. Entonces vamos a poder ir experimentando la anchura y largura, la altura y profundidad del amor de Dios (Ef 3,18-19), entonces, vamos a ser capaces de experimentar un amor que responde al suyo, y entonces vamos a perder el temor, porque en el amor no hay temor (1Jn 4,18).
Animadas y animados por este amor agradecido que responde a Su amor vamos a poder superar el temor y enfrentar el contagio masivo que se avecina. Por eso como Parroquia estamos distribuyendo por las comunidades y aldeas el tratamiento que propone la Dra. María Eugenia Barrientos, de El Salvador, a base de ibuprofeno de 400 mg y de un antigripal. Este es un tratamiento sencillo, accesible y eficaz para hacer frente al Covid19. Por eso también estamos organizando la creación de huertos familiares y la distribución de bolsas de comida. Y por eso como Parroquia, ya antes de la cuarentena, pero con mucha mayor razón ahora en que nuestros templos se encuentran cerrados, hemos animado a fortalecer las iglesias domésticas, las iglesias familiares, presididas por las personas que están al frente de ellas. Tareas fundamentales son aprender a agradecer en familia por todas, por todos y por todo, y aprender a hacernos prójimas como familias, de otras familias necesitadas, compartiendo con ellas nuestros bienes y nuestro tiempo con paz y tranquilidad, liberadas del temor al contagio.

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