El Evangelio de ayer nos anunciaba cómo Jesús eligió a los apóstoles, a los que Él quiso, y los envió a anunciar la Buena Noticia a todo el pueblo de Israel. Hoy se nos dice cuál es esa Buena Noticia y a quien se dirige: preferentemente a los marginados y despreciados. Nos dice: a los leprosos y demás enfermos. Entre todos los enfermos, los leprosos se consideraban los más desgraciados. Primero porque, en aquel tiempo, la lepra era casi incurable, no había medicina conocida que la sanara. Llevaba a la muerte con toda seguridad. Y además, suponía la exclusión social total: La Ley mandaba que el leproso tenía que salir de su comunidad y hasta de su familia, tenía que vagar por despoblado hasta morir en soledad. Y la exclusión hasta religiosa: era expulsado de la sinagoga y de todo culto o bendición del Señor. Así a un leproso se le consideraba un muerto en vida, un condenado definitivo: La marginación total.
Y Jesús anuncia algo increíble: los leprosos, no sólo no son condenados, sino más bien son los preferentemente acogidos en el Reino de Dios. La Misericordia del Señor es tan infinita que alcanza a todos. Nadie es excluido. Esa es la gran noticia y el signo de que el Reinado de Dios ya está comenzando. Esa noticia es motivo de inmensa alegría, especialmente para los leprosos y para todos los marginados en Israel. Y esa alegría es tan profunda que sana de todas las enfermedades. Para los judíos, las enfermedades eran consecuencia de que el mal espíritu había trastornado el orden espiritual en el corazón de la persona y eso se manifestaba en los trastornos físicos en el cuerpo y en las diversas enfermedades. Por eso, Jesús, lo primero que hace es expulsar los malos espíritus. Y cuando ellos salen de la persona, ésta se sana también corporalmente.
Hoy sabemos que muchas enfermedades son provocadas por diversos microbios, virus, bacterias y otros agentes patógenos. Y que es responsabilidad de médicos y científicos descubrir y controlar esas pestes y dolencias. Y la medicina ha avanzado enormemente en los tiempos modernos, lo cual consideramos un inmenso logro de la humanidad. Pero también estamos experimentando las enormes limitaciones que continuamente nos salen al paso. Es una historia de nunca acabar. El Papa Francisco no se cansa de recordarnos que un crecimiento económico, político y social que causa tantísimas injusticias, guerras, violencias, corrupción y sufrimientos de personas inocentes indica que la humanidad está gravemente enferma. Y el Señor nos enseña el camino para la salud moral y también física de todos. Es necesario convertirnos, abandonar la codicia, la soberbia, la arrogancia, la violencia entre nosotros, el egoísmo y la egolatría que todo lo corrompe. Y volvernos al camino de Jesús, el camino de la misericordia, la responsabilidad, el servicio, la verdad, el amor.
Jesús lo predicó, ante todo con su estilo de vida, pero también con su palabra, después de haberlo vivido por muchos años. Y lo manifestó a todos aquellos que creyeron en Él y empezaron a seguirle. Todos se llenaban de alegría y esperanza, lo cual hacía que los leprosos, enfermos y marginados se sentían acogidos y queridos y que los enfermos se sanaban de sus enfermedades. Los discípulos, sus seguidores, son enviados a anunciar esa nueva vida y a manifestar, con su propia vida y su palabra, que el Reinado de Dios estaba comenzando. Y a invitar, a todo el que quiera seguir el camino, a entrar en esa vida nueva.
Jesús vivió toda su vida en pobreza y entre pobres. Ello era necesario, para que su palabra pudiera tener autoridad. De no ser así, nadie le hubiera creído. Pero su vida fue radicalmente coherente con su mensaje. Por eso la gente le creía y se iban convenciendo que ese era el camino. Así surge la Iglesia: la comunidad de los que queremos seguirlo. Y al seguirlo vamos experimentando la paz verdadera, la paz que ilumina nuestra vida y que se comunica a todos aquellos que aceptan su llamado y lo siguen.
Jesús a nadie promete comodidades y facilidades en la vida, sino más bien nos anuncia que el que lo quiera seguir tendrá que pasar por dificultades y tribulaciones. Pero lo que sí promete es la alegría y la paz de corazón en medio de los problemas y sufrimientos con que nos encontremos. Ahí tendremos ocasión de crecer en la Fe y de ser un ejemplo, una luz para los que pasan por esas dificultades. Esa alegría que han experimentado todos los santos y todas las personas que se deciden a seguir el Camino.
Estos tiempos de crisis son un llamado a la conversión y a la esperanza. Sabemos que el Señor es el Señor de la historia y que todo lo dispone para nuestro bien. Y nos pide nuestra colaboración, quiere tener en nosotros colaboradores activos en la construcción de ese Reino de Paz, de Vida, de Fraternidad y Alegría en el que todos somos importantes, ese Reino que todos deseamos, de felicidad para todos, donde nadie queda excluido. Y que ha comenzado ya y llegará a su plenitud cuando el tiempo sea cumplido. Nos toca colaborar para adelantar su venida. Que el Señor y su Madre, María nos sigan acompañando en nuestro caminar. Amén.

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