Los maestros de la Ley y los fariseos le pedían a Jesús una señal prodigiosa para poder creer en Él. Jesús estaba dando continuamente señales del amor de Dios por toda la humanidad y la creación, pero ellos no lo veían. Aferrados a la Ley y las tradiciones religiosas judías, eran incapaces de descubrir en los acontecimientos y las cosas esas señales. Dios está manifestando a diario, en la vida común y corriente que todo procede de su amor, que todo está organizado con sabiduría y todo ordenado para el bien y la vida de todos y cada uno de nosotros, sin excluir a nadie. Pero para poder captar esa realidad es necesario tener un corazón humilde y capaz de agradecer. Quien sólo piensa en leyes y derechos se cierra en sí mismo, se le endurece el corazón y se vuelve insensible a las necesidades de los demás.
El mundo en que vivimos está organizado ante todo por las leyes que regulan los derechos y deberes de cada uno. Los fariseos se sentían muy orgullosos de la Ley, la Ley de Dios, que ellos procuraban cumplir literal y escrupulosamente. Y se sentían muy seguros de sus derechos, de ser el pueblo elegido de Dios, con el derecho a ser salvados los primeros. Pero ello les llevaba a despreciar a todos aquellos que no sabían o no podían cumplir las leyes como ellos lo hacían. Se cerraban al amor y la misericordia. Y no se daban cuenta que esto es lo más importante. Las leyes y preceptos son buenas si sirven para ello. Si no, son inútiles, y hasta perjudiciales porque falsifican su razón de ser. Nos hacemos hijos de Dios, semejantes a Él, si avanzamos en el amor y la misericordia. Si no es así, en realidad estamos retrocediendo y desperdiciando nuestra vida, arruinándola.
Toda la vida de Jesús es un prodigio de amor y misericordia por todos y especialmente por los más marginados y despreciados, los “sobrantes” del mundo. Él no vino a obligarnos a seguir su camino, no vino a imponer más leyes y preceptos, o a castigar a los que no los cumplen, sino a invitarnos a seguirle. Y a mostrarnos que el que lo sigue, empieza a encontrar, ya desde ahora, esa paz y felicidad que todos deseamos. Y lo hizo poniéndose a la par de los despreciados y marginados por las leyes de su tiempo. Eso no lo podían aceptar los fariseos de aquel tiempo. Ni tampoco los de ahora. Los que se sienten seguros de sus derechos no saben agradecer y el corazón se va endureciendo y volviéndose insensible a la vida de los demás. Jesús no nos obliga a seguirle, solo nos invita, porque hacer las cosas por obligación quita la libertad y sin libertad no puede haber amor verdadero ni felicidad auténtica. Y Jesús nos dice: “Yo soy el Camino, la Verdad, y la Vida”. Y nos advierte: no hay otro camino. Quiere decir que otras ofertas de felicidad, como la búsqueda del poder, el dinero, el placer inmediato, son falsos caminos, no llevan a la felicidad que prometen, sino a la tristeza interior, la oscuridad, la amargura, la muerte.
El Evangelio nos habla de la señal de Jonás, el profeta que estuvo perdido en el mar durante 3 días. Símbolo de los 3 días que Jesús estuvo en el sepulcro. Nos recuerda que el camino de la vida verdadera necesariamente pasa por la cruz, por el sufrimiento. Los fariseos pretendían entrar en la gloria por sus derechos legales, por haber cumplido la Ley, pero sin pasar por la cruz, por el sacrificio. Y Jesús nos dice que eso no es posible, es engaño, es mentira. La verdad del amor se manifiesta en el sacrificio por la persona amada. Sin sacrificio, es mentira, es amor falso. Todos quisiéramos alcanzar la verdadera felicidad, pero sin sacrificio. Pero Jesús nos dice: eso es imposible, es un camino falso, ya que, en realidad, a lo que lleva es al fracaso y a la muerte.
La vida moderna está montada sobre las leyes de la competitividad, la competencia por alcanzar en la sociedad los puestos de más prestigio, de más poder, de superar a otros. Y eso a como dé lugar, por las buenas, o por las malas o por el camino más fácil. Y el que tiene suerte y lo consigue, se le dice que es un triunfador, que consiguió el éxito. Jesús nos dice: no se dejen engañar, eso es la gran mentira, ese camino lleva a toda clase de corrupción, a la amargura y a la perdición total. Sólo el camino de Jesús nos lleva a la felicidad verdadera, a la paz, a la vida plena.
Muchos buscan en la religión el modo de prosperar en el mundo, en los negocios, en trepar social y económicamente. Como los fariseos. Pero Jesús no promete nada de eso, sino más bien lo contrario: la felicidad solo es verdadera y auténtica si se busca por el camino del servicio a los hermanos y el sacrificio por amor a los que más lo necesitan. Pidamos al Señor que nos siga acompañando en tantas ocasiones como se nos ofrecen, a diario, de hacer algo por los demás, de llevar algo de esperanza, de confianza y de ayuda efectiva a los que nos necesitan. Que la Virgen María y Santiago, fieles seguidores de Jesús, nos ayuden a seguir sus caminos, para que así lo podamos hacer con fortaleza, paz, sabiduría y alegría. Amén.

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