2020.7.15 - Las lecturas de hoy nos interpelan en cuanto a nuestra vida y nuestra forma de proceder ante Dios y ante las realidades presentes.
El profeta Isaías reprocha fuertemente a quienes pretenden que la vida y todo lo que podemos y somos es cuestión nuestra y nada más, sin reconocer que somos obra de las manos de Dios. El salmo denuncia esa actitud de los malvados que actúan como si Dios estuviera ciego ante sus fechorías. Su conducta insensata los lleva a creerse dueños y señores de las cosas y piensan que vivirán eternamente en su poder, pero al final su misma actitud es la paga contra sus propias fechorías, pues terminan viviendo tras la cárcel que se levantan para protegerse.
En medio de esta crisis hemos podido observar cómo las grandes naciones viven disputándose el poderío en armas, en la economía y ahora en la vacuna para enfrentar este virus. Han gastado millones en la carrera por ganar la vacuna y someter al mundo a la necesidad de tener que vacunarse, pudiendo ahorrarse todos esos millones e invertir en los medios sencillos y accesibles como son el uso de antiinflamatorios y antigripales u otros que han ido poniéndose al alcance de nuestra gente. La corrupción gubernamental ha sido escandalosa en cuanto al manejo de los recursos para afrontar la crisis y pretender mantener a la población encerrada y aturdida con la promoción del miedo y las restricciones impuesta. Lo más triste es que la población vive ensimismada en ese miedo y en el encerramiento no solo físico, sino también de total aislamiento con el dolor y sufrimiento de los demás.
Ante todo esto, Jesús nos enseña a descubrir la presencia de Dios en medio de la vida cotidiana y saber que no estamos solos, sino que él siempre se manifiesta desde la sencillez de la vida y la más profunda humanidad nuestra. Por eso, no puede ser producto de la casualidad que en medio de todo ese derroche de recursos al servicio de una vacuna y de tratamientos que no dan ningún resultado contra el virus aparezca un tratamiento como el propuesto por la dra. María Eugenia Barrientos de El Salvador y que ha estado haciendo tanto bien a mucha gente. Pero tal como nos dice Jesús, eso no les ha sido revelado a los sabios y entendidos de este mundo, sino a los sencillos, a la gente que está sufriendo este virus y lo está enfrentando desde la accesibilidad a los remedios accesibles. Así le ha parecido bien a nuestro Padre Dios, nos dice Jesús.
Dios es el Señor de todas las cosas, por eso es digno de alabarle y reconocer su gloria. Quienes se tienen por sabios y entendidos quedan confundidos frente a la sabiduría del Señor que se muestra por encima de intereses mezquinos y egoístas.
Por eso, es Jesús, desde su humanidad, quien nos muestra el verdadero rostro de Dios y es desde esa humanidad el único camino posible y verdadero para encontrar y ver el verdadero rostro de Dios. Estamos llamadas y llamados a descubrir su presencia desde la realidad de los hermanos y hermanas enfermos que necesitan de nuestra solidaridad, de nuestra cercanía, de nuestra ayuda. No es discriminándonos, excluyéndonos, atacándonos como saldremos delante de esta crisis, sino uniendo fuerzas, dialogando, poniendo al servicio lo que cada una-uno pueda ofrecer.
De forma que, como cristianas y cristianos estamos llamados a descubrir cómo ha estado actuando Dios desde lo sencillo y callado de nuestras realidades. Debemos ser promotores y promotoras de la vida que nos viene de Dios y desenmascarar la falsedad de quienes amparados en su propio poder se pretenden amos y señores de la vida, y más aún, pretenden obligar a la sociedad a jugar su juego, el cual por siglos ha llevado a nuestros países a la pobreza de la mayorías y a la riqueza escandalosa de unos pocos.
Dejemos que Dios nos siga sorprendiendo, abramos nuestros ojos para descubrir su presencia en nuestras vidas y acojamos en nuestra cotidianidad el compromiso de hacerle presente en medio de nosotras y nosotros. Amén.

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