sábado, 11 de julio de 2020

2020. 7. 11 - Homilia Mt.10,26 No tengan miedo, no se acobarden, el Padre cuida de ustedes.  
     


    Todos llevamos dentro un sentimiento de cobardía. Ante los peligros tendemos a echarnos para atrás. El miedo nos paraliza. En el mundo, el dinero y el poder ofrecen seguridad, pero a cambio de dejarnos dominar por ellos. El cobarde no se atreve a arriesgar lo que tiene, sea poco o mucho. Pero Jesús nos invita a seguirle, arriesgando hasta lo que más apreciamos, nuestros gustos, nuestras posesiones y hasta nuestra propia vida. Pero también nos hace una promesa. Nos dice: el que sin miedo arriesga su vida por Mi y por el Evangelio, la salvará, la logrará.
    El miedo nos impide arriesgarnos a seguir el camino de Jesús. Nos paraliza. El vivió toda su vida pobre. Y lo hizo siguiendo el camino que el Padre le indicaba, convencido de que era el camino que le llevaría a su plenitud. Es muy difícil aceptar esa invitación. Jesús, siendo el Hijo de Dios, podría haber disfrutado de toda clase de seguridades, privilegios y ventajas, sin embargo, renunció a todo ello y vivió toda su vida como cualquier pobre campesino de aquel tiempo, entre una pobre familia, trabajando como cualquier pobre, en un pueblito pobre y sin importancia. Jesús nació pobre y entre pobres, para mostrarnos que, en ese ambiente, se puede realizar uno plenamente como persona, triunfar en la vida, llegar a ser plenamente feliz. Él lo logró y nos enseña el camino y nos dice que, el que lo siga, llegará como Él a la plenitud. Creer en Jesús es seguir ese camino sin miedo, sin recursos económicos o de poder.
    Pero seguir ese camino del servicio y de la entrega como Él nos enseña, implica grandes riesgos y el riesgo supremo de sacrificar la propia vida por amor a los demás, como Él lo hizo. Y nos cuesta mucho arriesgarnos, nos da miedo. Y cuanto más tengamos, más nos cuesta. Como a aquel joven rico, buena gente, cumplidor, que sintió el llamado de Jesús, pero cuando Jesús le invitó a compartir todos sus bienes y seguirle para hacerle participar de su vida, le dio miedo, se echó para atrás y se marchó triste, “porque tenía muchos bienes”, nos dice Lc. El camino de la felicidad, de la plenitud, supone liberarse de todos los bienes que nos parecen “imprescindibles”, despegarse de ellos, aunque nos parezcan absolutamente necesarios. Como aquella pobre viuda que echó en la alcancía del templo “todo lo que tenía para vivir”. Se arriesgó radicalmente, sin miedo. Y seguro que el Señor manifestó, particularmente en ella, todo su amor y providencia. 
    El Reinado de Dios se realiza especialmente cuando hay personas que aceptan la invitación de Jesús a seguir su ejemplo sin miedo. A arriesgarse a vivir pobremente en medio de un mundo de opulencia y despilfarro como en el que estamos, a vivir compartiendo de corazón lo que el Señor nos regala, para vivir como hermano de los marginados y despreciados. Y trabajando como Jesús por el bien de los demás. La pobreza en sí, no es una bendición. Pero tampoco una maldición. Jesús nos enseña el camino para desarrollar y poner en juego, por  amor, todo lo que somos y tenemos, no para superar a otros, sino para, entre todos, construir un mundo nuevo de abundancia, de fraternidad y alegría para todos. Y nos promete que, si lo seguimos, Él nos proveerá de todo lo necesario para nuestra vida en plenitud.
    El mundo nos dice que eso es imposible, ¡tenemos tantas “necesidades”! Pero Jesús nos invita a confiar en Él, a no dejarnos dominar por el miedo. Y nos recuerda “abran los ojos y vean cómo los pájaros, que tan poco valen, viven alegremente sin que les falte lo necesario”. Dios cuida de ellos. Y ustedes valen mucho más que todos los pájaros. Y recuerden que hasta los cabellos que cada uno tenemos, Dios lo tiene contados, y ni uno se pierde sin que el Padre lo permita. Por eso, ¿por qué dejarse dominar por el miedo a la pobreza, a la escasez? 
    Ser cristiano es vivir radicalmente fundado en la gratitud y en la confianza en el Padre. Ser pobre de corazón agradecido, para que así se manifieste en nosotros la Providencia y el Amor de Dios por nosotros. Y vivir haciendo a cabalidad todo lo que podemos en favor de los demás, al modo de Jesús. Con alegría y sin miedo a lo que pueda ocurrir, sabiendo que el Padre provée de todo lo necesario para nuestra vida y la de los demás. 
    Los tiempos que vivimos son una clara invitación del Señor a convertirnos a Él. A dejar de lado el propio egocentrismo y egoísmo. A compartir de corazón lo que somos y tenemos para que así todos tengamos lo necesario para vivir como hermanos. Mucha gente se deja dominar por el miedo, el miedo al contagio, el miedo a la exclusión, el miedo a la pobreza. Y eso disminuye nuestras defensas, debilita nuestro sistema inmunológico. Y nos hace aún más propensos a infectarnos con éste y otros virus. Pero el Señor viene en nuestra ayuda y nos dice: no tengan miedo, Yo velo por ustedes. Velen ustedes por los demás y experimentarán mi amor y mi providencia por ustedes. Por eso es tan importante en estos tiempos dedicar más tiempo y atención a la vida espiritual, para descubrir por dónde está la luz que nos guía, y dejarnos guiar por ella con valentía, generosidad, y decisión. Y experimentar con gratitud y alegría, cómo el Señor nos está ayudando y cómo se van abriendo caminos de vida y esperanza para todos aquellos que se dejen guiar por su Espíritu. Que María, Madre de Jesús y Madre nuestra, nos siga acompañando en nuestro caminar.  Amén.




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