2020.7.26 - En el evangelio de Mateo (Mt 13,44-52) que acabamos de escuchar se nos relatan tres parábolas: la del tesoro escondido, la del comerciante en busca de perlas finas, y la de la red que recoge toda clase de pescados.
Comencemos por la última parábola, la de la red que recoge toda clase de pescados. Ese pescador se parece al sembrador que riega su semilla al voleo, sobre toda clase de tierras (Mt 13,19). También se parece al Padre del cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia sobres justos e injustos (Mt 5,45). Pero la parábola no termina ahí. Se nos dice que se reúnen los buenos pescados en cestas y los malos se tiran. ¿Será que Dios es así? Jesús no parece haber actuado así. Indiscutiblemente llama a la conversión a la buena nueva del reinado de Dios (Mc 1,15). Pero durante su vida acogió a todas y todos, por eso le reprocharon ser amigo de publicanos y pecadores (Mt 11,19). ¿Es que nosotros haríamos algo distinto con nuestras hijas e hijos? ¿Separamos, acaso, entre hijas e hijos buenos y malos, acogemos solo a los buenos y rechazamos a los malos? ¿O más bien, las y los acogemos a todos, porque son nuestros hijos?
Las dos primeras parábolas, la del tesoro escondido y la del comerciante en busca de perlas finas nos hablan de lo que hacemos cuando encontramos algo, ya sea por accidente o como fruto de una búsqueda, que realmente vale la pena: relativizamos todo lo demás poniendo nuestro corazón en eso que vale la pena, llenas y llenos de alegría.
¿Qué significan estas parábolas en el contexto de la crisis sanitaria, económica y social que estamos atravesando? Si algo ha hecho evidente esta crisis es lo unidas y unidos que estamos todas y todos. Así, cuidándonos cuidamos a las y los demás. Y cuidando de las y los demás nos cuidamos a nosotras y nosotros mismos. Y esto que es verdad en el ámbito privado, es tanto más cierto en el ámbito público. Todas y todos estamos dentro de la misma red. En este sentido, frente a la reapertura de la economía anunciada para mañana lunes 27, es fundamental que dispongamos de un tratamiento público y eficaz para tratar el contagio, como, por ejemplo, el propuesto por la Dra. María Eugenia Barrientos a base de antiinflamatorios y antigripales. De lo que se trata, entonces, no es de descalificar a nadie, sino de pedirles a nuestras autoridades sanitarias que nos provean de un tratamiento público y eficaz para evitar que las personas contagiadas, que van a aumentar, se compliquen. Se trata, pues de darles su lugar, y en caso necesario, de ponerlas en su lugar como servidoras de la salud del pueblo. Pero para eso se necesita que también nosotras y nosotros ocupemos nuestro lugar y nos demos nuestro lugar. Y de eso es de lo que nos hablan las primeras dos parábolas del tesoro escondido y del comerciante en busca de perlas preciosas.
Y es que no podemos poner a nadie en su lugar si no ocupamos nosotras y nosotros el nuestro. El tesoro escondido y la perla preciosa no son cosas que están fuera de nosotras y nosotros para lo que haría falta mucho dinero para poderlas comprar. El tesoro escondido y la perla preciosa son una manera de vivir. Las cristianas y cristianos encontramos en Jesús la inspiración para ese modo de vivir. Es un modo de vivir marcado fundamentalmente por la gratitud, por el agradecimiento. Es un modo de vivir que reconoce todos los bienes recibidos, siendo el más valioso de todos, el de la vida, el de la vida compartida. Así, por ejemplo, se alegra de la invitación inesperada de una vecina a compartir un vaso de pinol o una taza de café con rosquillas. Es un modo de vivir liberado del miedo porque reconociendo tanto bien recibido deja de ver al mundo, a las personas y a Dios mismo como hostiles. Así, dejamos de ver a las demás personas solo como posibles fuentes de contagio de las que tenemos que distanciarnos lo más posible. Es un modo de vivir que nos permite acercarnos a las personas contagiadas y/o necesitadas, escucharlas y dialogar con ellas, dejarnos conmover por su situación, y tenderles nuestra mano con generosidad. Es un modo de vida que nos permite sentir el dolor propio y ajeno sin huir de él, sin querer exterminar al que identificamos como responsable de estarlo causando y sin dejarnos invadir por una parálisis desmovilizante. Es un estilo de vida que nos permite experimentarnos como hijas e hijos entrañablemente amados de Dios, hermanas y hermanos de todo lo creado, que aprecian tanto el don de la vida, que la entregan libre y generosamente en un compartir agradecido.t

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