200726 Homil. Mt.13,44 El Reino de Dios es como un tesoro escondido.
Meditamos hoy las 3 últimas parábolas del cap. 13 de Mt.: El tesoro escondido, la perla preciosa, y la red. Las tres responden a una pregunta muy importante para nuestra vida: ¿Vale la pena seguir el camino que nos propone Jesús? Las dos primeras son muy parecidas: nos hablan de algo muy valioso, pero que está escondido, no está a la vista de todos. El Reino es algo así, no es algo evidente, que todos pueden ver, está como oculto.
no tal vez lo encuentra en el trabajo normal, el campesino trabajando la tierra. Trabajando para ganarse la vida, pero haciéndolo a conciencia, escarbando hondo, bien hecho, de repente encuentra algo que ni había pensado en ello y halla algo muy valioso donde otros que sólo trabajaban superficialmente nada hallaban. Lo vuelve a esconder, como que nada hubiera hallado, como los demás, y lleno de alegría vende todo lo que tiene y compra ese campo, que quizá, como tierra de cultivo, no es muy valioso. Parece una locura, arriesgar todo por algo que aparenta poco. Pero que en realidad es muy valioso, aunque los otros no lo ven así. Y porque lo siente así, lo hace con gran alegría, cree que lo que hace no es una locura sino algo muy sabio y correcto. Lo encuentra casualmente, pero haciendo bien su trabajo diario. El comerciante en perlas es un poco distinto, él buscaba algo muy valioso y un buen día, lo encuentra, da los pasos necesarios para obtenerlo, y lleno de alegría lo consigue.
Reino de Dios es lo más valioso que podemos conseguir en la vida y como que se nos presentan dos posibilidades de encontrarlo: en el trabajo ordinario, pero bien hecho, con sentido y responsabilidad o bien buscándolo conscientemente, como el comerciante. Lo que es común a ambos es que hay que hacer un trabajo bien hecho, una búsqueda seria. Quien sólo se queda en lo superficial, en lo aparente, en lo fácil, no encuentra nada. Pero para el que lo encuentra, es motivo de gran alegría. Esto es clave, porque la alegría es lo que nos facilita desprendernos de todo lo que no lleva al Reino, de posponer todo lo demás, de vender todo con tal de conseguir lo que de verdad vale, la felicidad verdadera. Es lo que hizo Jesús y nos invita a seguirlo. Y es algo que todos podemos conseguir, si lo seguimos. Nadie queda excluido; ese tesoro se nos ofrece a todos y lo más inteligente es aceptar dejarse guiar por el Señor. Jesús no nos promete comodidades y facilidades, más bien nos dice que habrá dificultades y tribulaciones, pero nos asegura que, el que lo sigue, no fracasará, salvará su vida. Y ya, desde ahora, empezará a sentir la alegría de que el Reino ya está comenzando.
El Reino nos es algo material o sensible que podamos comprar y poseer, sino es vivir un estilo de vida al modo de Jesús. Viviendo los valores de la fraternidad, la solidaridad con los necesitados, la generosidad, la gratitud, el servicio, la responsabilidad. Y dejando de lado aquellas cosas que nos impiden avanzar: la codicia, el individualismo, el afán por la vida cómoda y caprichosa, el deseo de dominar y superar a los demás…. Por eso requiere sacrificios y renuncias y, sobre todo, entregarse al servicio de los demás por amor y con generosidad. Optar por el camino de Jesús es el tesoro que Él quiere darnos a todos. Y vale la pena hacerlo, ya que el resultado es inmensamente más valioso que los sacrificios que comporta. “El que sacrifica su vida por Mi y por el Evangelio, la salvará, el que no se arriesgue, la arruinará”.
Los tiempos de crisis, como el que estamos viviendo, son tiempos en que se nos invita a la reflexión, a examinar qué sentido estamos dando a nuestra vida: si la queremos orientar hacia nuestra plenitud, hacia la felicidad verdadera, o si nos dejamos llevar por los caminos de la superficialidad, la insensatez, la ruina. Jesús, por lo mucho que nos quiere, a todos nos está invitando por los caminos de la vida, sin importar lo que antes hayamos vivido. Los errores pasados los olvida, los perdona. Lo que quiere es que nos convirtamos a los caminos que nos traerán paz y vida y prosperidad verdadera, los caminos del Reino. Por eso merece la pena seguir estos caminos, porque además sabemos que al final de nuestras vidas, todo lo que hemos hecho por amor a los demás, se salvará y se disfrutará para siempre y todo lo malo, perecerá sin remedio en el fuego aniquilador.
Seguir el camino de Jesús, además, pone en orden todo nuestro espíritu, nuestra vida, nuestro cuerpo. Y hace que nuestro sistema inmunológico corporal se desarrolle óptimamente y nos provea de las defensas necesarias para resistir con eficacia los ataques de toda clase de virus e infecciones. A la larga es la mejor defensa. Y el Señor nos la ofrece a todos, y gratuitamente, por el amor que nos tiene. Escuchemos sus orientaciones y dejémonos guiar por Él, que nos ha creado por puro amor, nos conoce bien, y quiere lo mejor para cada uno de nosotros. Pidamos al Señor la sabiduría que pidió Salomón, para que así encontremos el tesoro que quiere darnos. Que la Virgen María, nuestra Madre nos acompañe en este caminar. Amén

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