2020.7.16 - Homilia Mt.11,29 Tomen mi yugo sobre ustedes y encontrarán alivio.
Celebramos hoy la fiesta de la Virgen del Carmen, una fiesta muy popular en muchos lugares, entre otros de la ciudad donde yo nací, La Coruña, en Galicia de España. Mucha gente allí vivía de la pesca, en un mar peligroso, en el que muchos los años había algún fracaso de barcos hundidos con varios muertos y desaparecidos. Ganarse la vida con la pesca suponía riesgos grandes. La gente de mar, tradicionalmente, eran muy devotos de la Virgen del Carmen, pues decían haber sentido su protección en medio de grandes peligros.
En el evangelio de hoy, Jesús nos invita a “cargar con su yugo” y a aprender de Él que es “paciente y humilde de corazón” y nos promete alivio para las fatigas de la vida. ¿Cómo puede ser que cargar con un yugo sea causa de alivio? Pero si nos fijamos, ¿para qué sirve un yugo? Para repartir la carga entre dos animales de trabajo, una mancuerna de bueyes. Con la ayuda del yugo los bueyes pueden hacer un gran trabajo en todo el día sin agotarse demasiado. Pero, para que ello resulte así, ambos animales han de estar bien coordinados entre ellos, bien amaestrados, caminar a la par y al mismo ritmo. Porque si no es así, si cada uno sigue su capricho, más que ayudarse el uno al otro, se molestan mutuamente, el trabajo no rinde y acaban agotados.
Jesús ha venido a ayudarnos a llevar las cargas de la vida. Se ha puesto a la par de nosotros, sin privilegio alguno, compartiendo nuestras limitaciones, nuestros trabajos y penalidades. Y nos invita a aceptar su compañía, para que así, nuestro trabajo sea más llevadero y rinda más, dé más fruto, nos lo alivie y sea más eficiente para el bien de todos. En Jn.15, Jesús nos dice: “sin mí, no pueden hacer anda, pero si perseveran unidos a mí, darán mucho fruto de paz y de bien”. Él no ha venido a hacernos la vida más pesada, sino, al contrario, a aliviarnos en nuestras luchas y dificultades. Y no por medio de milagros, de quitarnos las cargas de un solo, sino de iluminarnos el sentido de todo lo que ocurre, de fortalecernos, de evitarnos caer en el desánimo y en seguir caminos caprichosos, sin sentido, de enredarnos en cosas inútiles para la vida verdadera. Jesús mostró su amor por nosotros encarnándose en este mundo tan lleno de dificultades y sufrimientos, cargando con nuestras miserias y mostrando que, al que lo hace confiado en el amor del Padre, la tristeza se vuelve paz, la oscuridad, luz, la precariedad, abundancia, la muerte en vida verdadera. Lo experimentó durante toda su vida mortal y nos invita a que nosotros lo sigamos y también hagamos esa experiencia. Los que le siguieron así lo experimentaron y ahora nos invita a nosotros.
María creyó en ese amor de Dios, dijo “hágase en mi según tu voluntad”, se dejó guiar por el Espíritu que la llevó por caminos insospechados de dificultades y tribulaciones y su vida fue un canto continuo proclamando “mi alma glorifica al Señor mi Dios, gozase mi espíritu en mi Salvador, Él es mi alegría, es mi salvación, Él es todo para mi” María, como Madre nuestra que es, nos invita a seguir su camino, para que también nosotros podamos vivir esa experiencia. Cuando rezamos el Santo Rosario, vamos recordando los misterios de la vida de Jesús, acompañados de quien mejor le conoció, su misma Madre. Y disponiéndonos también nosotros a aceptar ese camino, con las tribulaciones y dificultades que se nos presenten. La Virgen del Carmen se suele representar con el Rosario entre sus manos, como invitándonos a nosotros a seguir ese camino que es fuente de paz y de vida, de luz y de gracia, de salud y fortaleza, en medio de las tribulaciones de la vida. Ella viene en nuestra ayuda y nos invita a seguir a Jesús como ella lo hizo, no huyendo de las dificultades, sino enfrentándolas como hizo Jesús y sintiendo el alivio y el ánimo que el Señor quiere comunicarnos.
En muchas ocasiones, como en Guadalupe, en Suyapa, en Fátima, en Lourdes, etc., la Virgen María se ha aparecido a gente sencilla, humilde, que estaba envuelta en graves dificultades. Y siempre para consolar, para fortalecer, para animar nuestra Fe, ayudándonos a no desesperarnos ante las dificultades que amenazan ahogarnos. A no dejarnos dominar por el miedo, por la tristeza y la angustia. A seguir el camino de la conversión sincera que transforma parálisis en dinamismo, la oscuridad en luz, la angustia en paz, la muerte en vida. A avanzar por ese camino de Salvación y de Vida que requiere nuestro compromiso solidario con todos los hermanos y que muchas veces se ha manifestado en tantas señales, incluso físicas que han experimentado los que lo siguen. Que esta fiesta de la Virgen del Carmen nos ayude a seguir la invitación que nos hace María a seguir a Jesús en esto tiempos y experimentemos así su presencia sanadora y fortalecedora y nos llene de paz y bien como el Señor siempre lo hace. Amén.

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