2020.7.17 - En el evangelio de Mateo (Mt 12,1-8) que escuchamos se nos relata cómo los discípulos de Jesús sintieron hambre un sábado, empezaron a arrancar espigas y a comer. Los fariseos interpretaron eso como una desobediencia a la ley. Jesús les responde recordando un pasaje de David en el que él y sus hombres sintieron hambre y comieron los panes y la ofrenda del templo, y recordando cómo los sacerdotes violan la ley sin incurrir en culpa cuando ofrecen su culto los sábados. Jesús termina citando un pasaje de Oseas en el que Dios pide misericordia, no sacrificios (Os 6,6).
En este pasaje Jesús invita a poner el amor, y no la ley, como criterio último de nuestro actuar. ¿Qué significa esto en medio de la crisis sanitaria, económica y social que estamos viviendo?
Indudablemente es importante hacer lo posible por evitar contagiarnos. Pero con un número creciente de personas contagiadas es fundamental hacernos cercanas a ellas, escuchar sus necesidades, dejarnos conmover y tenerles nuestras manos preguntándoles cómo se encuentran, llevándoles comida, haciéndoles mandados, sirviéndoles en sus necesidades. Negándonos a hacer esto estaríamos cumpliendo la ley, pero estaríamos perdiendo nuestra humanidad. Estaríamos poniendo a salvo nuestras vidas, pero a costa de las vidas de las personas contagiadas.
Igualmente, por muy importante que sea evitar los contagios es fundamental rebuscarnos la vida, trabajar para ganarnos con dignidad nuestro pan de cada día. Si hubiésemos puesto nuestra esperanza en las prometidas bolsas de comida con las que se justificaron endeudamientos masivos hace tiempo hubiéramos muerto de hambre. Así, son muchas las historias de compartir entre vecinas y vecinos. Siendo importante como es velar por el bien de nuestra familia, es tan importante, estar atentas y atentos a las necesidades de nuestras vecinas y vecinos porque las familias no son islas solas, sino granos de maíz en una mazorca. Si esperamos tener suficiente para empezar a compartir, nunca compartiremos. Lo que hace posible el compartir no es una supuesta abundancia, sino la gratitud, el agradecimiento por todas, por todos, y por todo.
Si es importante escuchar y poner atención a los lineamientos oficiales, esto no puede ser a costa de la renuncia a la valoración y juicio propios, a costa de la libertad de las hijas e hijos de Dios. Así desde la Parroquia estamos proponiendo un tratamiento para la “gripe” a base de antiinflamatorios y antigripales. Lo hacemos convencidos de la lógica médica de este tratamiento y animados por los efectos muy beneficiosos que reportan las personas que lo han tomado. Renunciar a esto por temor a represalias, sería renunciar a la libertad para la que nos liberó Jesús (Gal 5,1).
Ahora, ¿cómo distinguir el libertinaje de la libertad, el capricho del amor? En el libertinaje y el capricho lo que priva es mi vida, la vida de las y los míos, de las y los nuestros, y esto muchas veces a costa de la vida de las y los demás, de la vida de las y los otros. En la libertad y el amor, en cambio, lo que priva no es la propia vida a costa de otras vidas, sino la propia vida en comunión y al servicio de otras vidas. Lo que priva es la vida compartida y entregada. Y esto no por interés – a ver qué saco, a ver qué gano –, ni por miedo – ya sea al castigo, a la reprobación, o a la discriminación –, sino por pura gratitud, por un amor que responde a otro amor, al de aquel que nos amó primero (1Jn 4,10) y traspasa nuestro costado desde dentro (Jn 19,34).
Y es que el Dios que pide misericordia y no sacrificios es un Dios que es amor y solo amor.

No hay comentarios:
Publicar un comentario