lunes, 6 de julio de 2020

2020.7.05 - En el evangelio de Mateo (Mt 11,25-30) que acabamos de escuchar Jesús aparece dando gracias porque la gente sencilla es capaz de reconocer la revelación de Dios. Luego se nos dice que la experiencia de filiación remite a la de paternidad y maternidad. Jesús termina invitando a cargar su yugo y llevar su carga desde la gratitud, como él.


En medio de las dudas de Juan el Bautista sobre su misión, de la indiferencia de los dirigentes y del rechazo de las ciudades donde había ejercido su ministerio, Jesús da gracias porque la revelación está abierta a todas y todos
En medio de esta crisis sanitaria, económica y social que estamos viviendo hay personas que han sabido reconocer y agradecer el lineamiento médico propuesto por la Dra. María Eugenia Barrientos para tratar el contagio con Covid19 que estamos experimentando. Lo propone una médico, mujer, desde El Salvador. Es sencillo y accesible a todas y todos. El ibuprofeno y los antigripales se encuentran en las pulperías. Y es eficaz, salva vidas. Sin embargo, los sabios y entendidos, los grandes doctores de nuestros tiempos, no parecen reconocer la buena noticia de su lineamiento médico. Así, han quitado algunos de sus vídeos de YouTube, la Junta de Vigilancia Médica de El Salvador la ha citado para interpelarla, los responsables del manejo de la crisis sanitaria en los diversos países la ignoran. Y todo esto, en el contexto de la evidencia cada vez mayor de las limitaciones de los lineamientos médicos oficiales para tratar a las personas contagiadas. Sin embargo, es mucha la gente sencilla, del pueblo, que ha experimentado cómo el tratamiento del a Dra. Barrientos ha logrado que sus “gripes” no se compliquen.
A la hija o hijo lo conocen solo el padre y la madre; al padre y a la madre los conoce solo la hija y el hijo. Papá y mamá conocen a sus hijas e hijos porque les han entregado la vida; y las hijas e hijos conocen a su papá y mamá porque los llevan dentro. Y, habría que añadir, las hermanas y los hermanos se reconocen porque son una misma “sangre”.
En esta crisis sanitaria, económica y social es fundamental reconocernos como hijas e hijos de Dios, y por esto mismo, como hermanas y hermanos unas de otros. Solo desde la conciencia de ser hijas e hijos de Dios vamos a poder enfrentar esta crisis que necesita que nos veamos como hermanas y hermanos. Es fundamental superar el miedo al contagio confiando en la bondad de un tratamiento para aprovechar la oportunidad que nos da esta crisis para sanar el tejido social dañado sistemáticamente por años de discriminación, exclusión, violencia, corrupción e impunidad. La salida a esta crisis está en que nos acerquemos unas a otros, en que nos escuchemos y platiquemos conociéndonos, dejando el anonimato, en que nos dejemos conmover por lo que compartimos, y en que nos tendamos las manos unas a otros, sirviéndonos en nuestras necesidades, compartiendo lo que somos y tenemos.
El evangelio termina con una invitación de Jesús a acercarnos a él, a aprender de él, y a cargar con su yugo. Realmente, más que de acercarnos a Jesús, se trata de dejar que él se nos acerque, se trata de dejar que se haga nuestro prójimo. Así vamos a poder aprender a cargar con su yugo, con la entrega libre y generosa de la vida por gratitud.
La crisis sanitaria, económica y social que estamos viviendo nos está dando la oportunidad de reconocer y experimentar que la vida que colma, la que nos libera de nuestros miedos y nos devuelve la confianza, la que nos llena de una alegría que nada ni nadie nos puede quitar, es la vida que se entrega libre y generosamente en lugar de quererla conservar a toda costa, esto es, a costa de otras vidas. La vida que vale la pena no es la que se negocia, la que se compra ni la que se vende, la vida a la que se le pone precio. La vida que vale la pena es la vida que se pone al servicio de la Vida, al servicio de otras vidas, la vida que se entrega gratuitamente, sin cobrar, por gratitud.
Ahora, vivir – y morir – así no puede ser mandado, vivir – y morir – así solo se puede por la experiencia de un amor que responde a otro Amor, por la experiencia de un amor agradecido, que experimenta a Dios como fuente y destino de la vida, y como el medio en el que se vive. Entonces, todo se vuelve don, todo se vuelve gracia, y, entonces, el corazón se dilata con gratitud y se derrama con generosidad.

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