2020.7.23 - Hermanas y hermanos, las lecturas de hoy resaltan dos aspectos. Por un lado, un reproche y denuncia por la dureza de corazón del ser humano frente a Dios, expresado en su conducta desviada del proyecto de salvación trazado por Dios para la humanidad. Por el otro, encontramos expresa como promesa de vida en abundancia.
El profeta Jeremías relata proféticamente cómo Dios ha buscado guiar los caminos de la humanidad desde la cercanía a su amor, en un proyecto que se concreta en la vida cotidiana y en las relaciones de solidaridad y generosidad entre todas y todos. Pero, la humanidad le ha dado la espalda a Dios y en su lugar han colocado los falsos dioses, como el dinero y el poder. Con escándalo y horror denuncia Jeremías que doble ha sido la falta de su pueblo: primero, abandonar a Dios que es la fuente de vida, y segundo hacerse cisternas agrietadas que no retienen el agua. Tal comparación puede ser claramente constatada hoy en día en medio de esta crisis, cuando las realidades humanas han salido al descubierto con total descaro y profunda tristeza.
San Irineo de Lyon decía que “la gloria de Dios está en que el ser humano viva”. Y san Óscar Romero retomando la frase afirma que “la gloria de Dios está en que el pobre viva”. Sin embargo, frente a la sociedad actual el Papa Francisco ha denunciado reiteradamente que la sociedad de hoy en día ha quitado del centro al ser humano y ha coocado en su lugar al dinero, este se ha convertido en el ídolo ante el cual se sacrifica la escandaloza pobreza de las mayorías en nuestros países. Son millones los que se han gastado en esta crisis sanitaria, económica y social, en donde la mayor parte de esos recursos han quedado en manos de unos pocos que con descaro se han adueñado de lo que pertenece al pueblo. De forma que frente a esta crisis vemos cómo la sociedad ha ido abandonando al Dios de la vida que nos invita a la compasión para con las victimas del sistema y de la exclusión, y se han hecho cisternas agrietadas con su dinero sucio y mal habido, pero como denuncia Jeremías esas riquezas no son capaces de retener el agua de la vida, que solo provienen de Dios.
Jesús señala que esa gente tiene ojos, pero no ven, y tiene oídos, pero no oyen, porque la ceguera producto del afán de riquezas mal habidas no les permite ver el sufrimiento de las mayoorias pobres, ni escuchar el clamor del pueblo que sufre, como no les ha importado a quienes, teniendo a su alcance recursos para pelear esta crisis, han hecho poco o nada. Es un pueblo que ha endurecido su corazón que no quiere convertirse ni que Dios le salve. Para ellas y ellos, su dinero y su poder es su salvación.
Ante todo esto, Dios nos comunica su amor y su misericordia, así lo hemos proclamado en el Salmo 35, “Dios es Señor y fuente de vida”, cuya misericordia con nosotras y nosotros no la podemos medir y quienes se acercan a esa misericordia disfrutan de ella y la viven para compartirla.
De forma que, de la misma manera como la dureza del corazón de unos les ha llevado a su individualismo egoísta, concretado en expresiones y situaciones de injusticia social, violencia y corrupción, también la experiencia del amor inconmensurable y misericordioso de Dios debe concretarse en nuestra vida cotidiana mediante la práctica de esa misericordia con los pobres, los excluidos, que en este caso particular son las y los enfermos de la gripe. Porque todo cuanto hacemos o dejemos de hacer por aquellos que nos necesitan, lo hacemos o dejamos de hacer por el Señor mismo.
Y quien ha experimentado ese amor y esa misericordia de Dios no puede quedarse cruzado de brazos ante la necesidad de sus hermanas y hermanos. Es un amor que debe ser comunicado a las y los demás, y es ese amor que debe movernos al encuentro de nuestras hermanas y hermanos que en ese momento necesitan de nuestra ayuda, compañía y cercanía amorosa, como Dios la tiene con cada una-uno de nosotros.
Que nuestros ojos no se cieguen y nuestros oídos no se cierren ante el clamor de nuestras hermanas y hermanos más necesitados en medio de esta crisis. Amén.

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