2020.7.10 - En el evangelio de Mateo (Mt 10,16-23) que escuchamos Jesús pone sobre aviso a sus discípulas y discípulos de la persecución que pueden padecer por ser testigos del reinado de Dios. Se trata de la misma persecución que padeció Jesús. En esa situación Jesús invita a la confianza en la experiencia del Espíritu del Padre, esto es, en la experiencia de un amor que responde al Suyo. De ahí la imagen de ser enviados entre lobos, no como otros lobos más, sino como ovejas.
Quiero reflexionar sobre este evangelio desde una llamada que tuve anoche. Una hermana de una aldea me llamó. Me contó que había tenido la gripe, que había ido a practicarse la prueba y que ayer había ido una brigada a decirle que había dado positiva a Covid19. También me dijo que ya se sentía bien y que estaba guardada en su casa. Lo que me llamó la atención fue lo que me contó a continuación. Me dijo que su pareja había ido a buscar agua a casa de otro hermano de la Iglesia, que no se la habían dado y que lo habían llamado diciéndole que no se volviera a acercar a esa casa. La hermana que me llamó me pedía un consejo.
Como bien sabemos, nos encontramos en medio de una crisis sanitaria, económica y social provocada fundamentalmente por la manera en que hemos estado enfrentando el contagio con Covid19. Sabemos que la cuarentena a la que estuvimos sometidos tres meses no logró que la curva de contagios se aplanara, menos que decreciera. La curva de contagios durante la cuarentena fue creciendo, primero lentamente, luego exponencialmente. Sabemos también que en medio del crecimiento exponencial de la curva de contagios el gobierno decidió reabrir la economía hace algunas semanas. Por muy inteligente que quisiera ser la reapertura era obvio que una de sus consecuencias sería un crecimiento todavía mayor de la curva de contagios, que es lo que de hecho hemos estado viviendo desde entonces. Esto significa en la práctica, que los contagios los vamos a ir experimentando cada vez más cerca de nosotras y nosotros: de otros países pasamos al nuestro, de otros departamentos pasamos al nuestro, de otros municipios pasamos al nuestro, de otras aldeas pasamos o vamos a pasar a la nuestra, de otras familias pasamos o vamos a pasar a la nuestra, hasta que probablemente también nosotros nos contagiemos. Esto significa que el contagio que comenzó siendo una cosa rara y distante se va a ir haciendo cada vez más común y cercana.
La primera respuesta al contagio fueron los así llamados cercos epidemiológicos. Luego del primer caso positivo oficial en Yoro se hizo un cerco epidemiológico de toda una colonia a la que se sometió a cuarentena. Esa estrategia no solo no fue capaz de impedir el crecimiento exponencial de la curva de contagios en Yoro, sino que ahora, que hay muchos casos positivos oficiales en Yoro es, además, inviable.
Los mensajes continuos de los medios de comunicación social sobre la peligrosidad del Covid19, el crecimiento cada vez mayor de la curva de contagios, la efectividad muy limitada de los lineamientos médicos oficiales, la corrupción descarada de algunas de las personas encargadas de liderar la respuesta a esta crisis, la manera autoritaria de responder a esta crisis dificultando la participación de otros agentes sociales, la falta de una hoja de ruta clara y eficaz para atravesar esta crisis no han hecho sino llenar de miedo a la población, generando tres tipos de actitudes: la huida – cuya manifestación más común es la negación de la realidad del Covid19 y de su contagio –, el ataque – que se manifiesta con una discriminación social brutal –, y la parálisis – que se manifiesta en una especie de síndrome de Estocolmo social, en el que buscamos ayuda en las mismas personas e instituciones responsables de la crisis en la que estamos.
Volviendo ahora a la hermana que me llamó anoche pidiéndome consejo. Es obvio que la discriminación social con las personas que han dado positivo oficialmente no es adecuada. Y esto por lo menos por dos razones: primero, porque la persona contagiada necesita ser ayudada, no discriminada. Y, segundo, porque más pronto que tarde, la próxima persona contagiada puede ser un miembro de nuestra familia, si no una o uno mismo. Y si esto llega a suceder es fundamental que en lugar de negar el contagio nos tratemos. En este sentido es que la Parroquia ha estado fomentando el lineamiento médico sencillo, accesible y eficaz de la Dra. María Eugenia Barrientos a base de ibuprofenos de 400 mg y antigripal.
Así, esta crisis sanitaria, económica y social nos está dando la oportunidad de dejar de ver como lobos peligrosos a las personas contagiadas, para empezarlas a ver como lo que realmente son: hermanas nuestras, necesitadas de nuestra cercanía, de nuestro calor; necesitadas de ser escuchadas y atendidas en sus necesidades; necesitadas no de nuestra lástima, porque la lástima lastima, sino de nuestra compasión; necesitadas de que les tendamos nuestras manos sirviéndolas en sus necesidades según nuestras posibilidades; necesitadas, en una palabra, de que nos hagamos prójimas y prójimos de ellas. Ahora, para que esto suceda, es fundamental que no sea el miedo, sino la compasión – esto es, un amor samaritano que responde con amor a aquel amor que experimentamos cuando las y los caídos en el camino fuimos nosotros – lo que nos mueva. Así podremos ir recuperando la confianza, fortaleza y la lucidez necesarias para podernos organizar, cuidar y tratar, y así ir viviendo desde ahora, desde aquí, desde nosotras y nosotros mismos el reinado de Dios, del que Jesús fue testigo.

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