2020. 7. 02 - Homilia. Mt.9,6 Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.
Muchos judíos pensaban que la parálisis, y otras enfermedades crónicas, eran un castigo de Dios por haber desobedecido su Ley. Había que guardar la ley, porque si no, Dios los castigaba. Hoy también mucha gente todavía piensa así. Yo he oído en alguna ocasión cómo una madre regañaba a su hijo pequeño diciéndole: “no hagas eso, porque, si los haces, Dios te va a castigar” y yo le dije a la mujer “no diga eso a su hijo, porque es mentira. Jesús no piensa así.” Él viene a animarnos y a levantarnos de nuestras parálisis. Da por supuesto que muchas de nuestras parálisis para hacer el bien, nacen de habernos apartado del buen camino, de habernos descarriado por caminos de egoísmos, envidias, resentimientos, codicias. Pero que cuando uno se vuelve a Él por la Fe, cuando uno se convierte y deja esos caminos, viene la vida y la salud. Por eso lo primero que hace es perdonar los pecados, las raíces de todos los males.
Los maestros de la ley lo critican, pero Él busca el modo de mostrarles la verdad y, viendo la Fe de aquellos hombres, le dice al paralítico: “levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” Muestra que el Hijo del hombre no ha venido a castigar los pecados, sino a perdonarlos y liberarnos de sus efectos. Para Jesús, el pecado, ciertamente, es un apartarse del camino de la vida. Y nos hace daño, primero, al que lo comete, pero también a los demás. Y por el amor que nos tiene, le duele que nos dejemos engañar por el mal espíritu y que caigamos en él. Y viene a liberarnos de todo engaño. El que se aparta del buen camino y busca la felicidad en dejarse guiar por su caprichos y gustos inmediatos, ciertamente se engaña a sí mismo y se hace daño, a sí mismo y a los demás. Por eso a Dios le duele que nos dejemos engañar, porque nos ama y no quiere el mal para nadie.
El pecado no hace mal a Dios. A Él nunca le podremos hacer mal ninguno. No se enoja porque pequemos. Pero sí le duele, porque el pecado nos hace mal a nosotros mismos. Por eso Jesús viene a descubrir la maldad del pecado. Viene como luz que ilumina nuestra vida y nos ayuda a ver lo que es malo para nosotros y así lo evitemos y lo que es bueno para nosotros y así lo realicemos y poco a poco construyamos un mundo más humano donde todos podamos vivir felices. Y todo ello por puro amor por nosotros. El pecado nos ciega y nos engaña de modo que lo que es malo para nosotros nos lo presenta como bueno y lo bueno como malo y desagradable.
Jesús nos descubre el pecado cargando Él mismo con las consecuencias del pecado. Él, que nunca cometió pecado alguno, cargó en la pasión con las consecuencias de los pecados de todos. En los tiempos que vivimos, muchas personas inocentes sufren las consecuencias de los egoísmos, codicias y maldades de otros. Mucha gente sufre a causa de la falta de responsabilidad, de incompetencia y corrupción de los grandes y poderosos, y también de los pequeños y pobres. Por eso el sufrimiento de los inocentes es siempre un llamado a la conciencia de todos. Dios desea el mayor bien para todos y cada uno de nosotros. El sufrimiento de los inocentes es un llamado a que todos abramos los ojos. El paralítico no era “un desgraciado”, como pensaban los maestros de la Ley. El sufrimiento del paralítico era un llamado a abrirles los ojos a ellos, que lo consideraban como un castigado por Dios, cuando en realidad era un llamado a todos para mostrarnos el amor del Señor.
Esta crisis que estamos viviendo, creo que es un llamado de Dios a reflexionar sobre cómo hemos estado construyendo un mundo tan inhumano, tan injusto, donde hay tan grandes incoherencias y tanta violencia de unos contra otros. Y un llamado a la conversión, a trabajar y luchar por construir un mundo con futuro, un mundo de paz y prosperidad verdadera, construido sobre las bases de la solidaridad, la fraternidad, la responsabilidad, el servicio de unos por otros, es decir el Reinado de Dios para todos. Muchos piensan que eso es una utopía irrealizable, un sueño fantástico. Pero los cristianos estamos llamados a mostrar, con nuestra vida, que eso es posible, porque Jesús ya lo vivió en su tiempo y a partir de Él muchos también lo han vivido y lo viven ahora. Esa es nuestra misión, que ahora se concreta en nuestros servicios humildes a aquellos con los que convivimos, nuestra generosidad en el compartir lo que somos y tenemos, nuestra responsabilidad por los demás y por el mundo que Dios nos da, por nuestra creatividad ante las dificultades y tribulaciones que estamos pasando. Que la Virgen nuestra Madre, que supo educar y guiar a Jesús por esos caminos, nos acompañe ahora a nosotros, para que podamos realizar la verdad en la paz y la alegría. Amén.

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