2020.07.08 - “Les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias, y proclamar que ya se acerca el Reino de los cielos”.
En el evangelio Jesús llama a algunos a ser sus discípulos y discípulas, es decir, a compartir su estilo de vida y su modo de proceder. Ello implica aprender del Maestro, dejarse enseñar, imitar su estilo de vida y llegar a ser como él, tan humanamente como nos sea posible, tanto como Jesús lo fue. Esa humanidad plena y profunda de Jesús se expresa de forma clara al acercarse a la gente, al tocarles, al perdonarles, al acogerles y al compartir con ellas y ellos la vida que él recibe desde su cercanía con su Padre del cielo. No existió nada más sanador para aquellas personas enfermas que la humanidad plena que Jesús les mostró desde su cercanía con ellas y ellos.
Los relatos evangélicos nos muestran en toda su extensión como Jesús se la pasó haciendo el bien con sus gestos y palabras, como muestra indiscutible de la unidad existente entre él y su Padre, enseñándonos a nosotras y nosotros a hacer lo mismo.
Lo más necesario que Jesús ve en la sociedad de su época es la urgencia de expulsar demonios y curar toda clase de enfermedades y dolencias, y proclamar la cercanía del Reino de los cielos. Tarea urgente también en medio de nuestra sociedad actual.
En ese sentido, el profeta Oseas nos da algunas pistas más precisas de lo que significa esa tarea encomendada por Jesús a nosotros, como cristianas y cristianos, en medio de esta crisis sanitaria, económica y social. Parte denunciando la división interna en el ser humano, por un lado se pretende servir a Dios y por el otro a los ídolos de este mundo. El Papa Francisco ha denunciado en reiteradas ocasiones que esta sociedad ha quitado al ser humano y el valor de la vida, del centro, para colocar en su lugar al dinero, su gran ídolo. Siendo así que, es más importante hoy en día acumular riquezas mediante robos y corrupción desmedida, a expensas del sufrimiento de las mayorías y del deterioro del medio ambiente, que preservar la vida de millones de personas mediante la promoción de un tratamiento sencillo y al alcance de las mayorías como lo es el propuesto por la dra. María Barrientos a base de ibuprofeno de 400 mg y un antigripal. Como cristianos y cristianas no podemos hacer lo mismo ni quedarnos callados frente a ello.
El Señor nos invita con el profeta Oseas a sembrar la justicia, para así cosechar misericordia. Interesante comparación. Esto nos debe mover de cara a esta crisis a asumir nuevamente la actitud de Jesús frente a quienes nos necesitan hoy en día, los enfermos y enfermas de gripe. Ser justos y misericordiosos no solo es alentar con palabras y pedirle al Señor que pare esta pandemia, ser justos y misericordiosos es acercarnos a quien nos necesita como envió Jesús a sus discípulos para sanar las enfermedades y dolencias, provocadas por nuestra indiferencia, nuestro egoísmo, nuestra discriminación y nuestra apatía frente al dolor, el miedo y la exclusión que están sufriendo muchas hermanas y hermanos.
Es tiempo ya de buscar al Señor, no solo mediante el culto que queremos volver a compartir, sino y sobre todo, saberlo encontrar en los cercanos, en los hermanos y hermanas, porque cada vez que hagamos o dejemos de hacer algo por esos, nuestras hermanas y hermanos más pequeños, con el Señor lo estamos haciendo. De esa manera estaremos siendo realmente justos y justas, como nuestro Padre del cielo, cosecharemos misericordia de unas por otros y se acercará a nosotras y nosotros el Reino de los cielos.
Pidamos al Señor la gracia de saber ser verdaderas discípulas y discípulos suyos mediante la práctica de la justicia y la misericordia con quienes nos necesitan. Amén.

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