2021-02-28 - En la primera lectura del libro del Génesis (Gn 22,1-2.9-13.15-18) nos aparece un Dios que es capaz de pedir lo más preciado que tiene un padre: la vida de su hijo. Ni Dios ni Abraham aparecen en buena luz.
En la segunda lectura de la carta de Pablo a los Romanos (Rm 8,31-34) se nos habla de un Dios que entrega a su Hijo. Tampoco aquí Dios aparece en buena luz. ¿Por qué entrega a su Hijo y no se entrega Él?, podríamos preguntarnos.
En el evangelio de Marcos (Mc 9,2-10) se nos relata la transfiguración de Jesús. Este relato está enmarcado en dos anuncios de la pasión de Jesús (Mc 8,31-33; 9, 30-33). Usando los símbolos propios de la cultura en la que fue escrito el evangelio se nos revela la identidad profunda de Jesús, es el Hijo amado al que hay que escuchar. Esto ya se nos había dicho en el relato del bautismo de Jesús (Mc 1,10-11) y se nos vuelve a repetir al pie de la cruz (Mc 15,39).
Lo que Jesús nos dice con su vida toda es que somos hijas e hijos entrañablemente amadas, amados de Dios. Que podemos confiar plenamente en Dios porque Él es un Padre que se desvive por nosotras y nosotros. Nos dice que nada ni nadie nos pueden separar de su amor. Nos dice que la vida es un regalo y que por eso la mejor manera de vivirla es entregándola. Nos dice que nos pueden matar, nos pueden crucificar, nos pueden traspasar el costado, pero que nadie nos va a poder quitar la vida entregada libre y generosamente.
Jesús nos libera del miedo a la muerte, no prometiéndonos que no vamos a morir, sino mostrándonos por qué vale la pena vivir. Hace posible que nos acerquemos unas a otros sin necesidad de esconder nuestra necesidad ni nuestra debilidad superando la desconfianza, hace posible que dialoguemos mirándonos a los ojos y descubriéndonos, hace posible que nos dejemos conmover por lo que vemos, escuchamos y palpamos, hace posible que nos tendamos las manos y que nos las dejemos estrechar.
Y el camino que propone Jesús es el de la gratitud, el reconocimiento agradecido de tanto bien recibido por parte de Dios. Esa es la montaña que debemos subir. Desde la gratitud y el agradecimiento la realidad toda se transforma, vemos todo bajo una nueva luz. Descubrimos al Dios creador que se desvive por nosotras y nosotros, descubrimos al Emmanuel, al Dios con nosotras y nosotros, descubrimos al Espíritu Santo, al Dios en nosotras y nosotros. Entonces nos experimentamos como hijas e hijos entrañablemente amadas, amados de un Dios de cuyo amor nada ni nadie nos pueden separar. Entonces experimentamos a las otras y otros como a nuestras hermanas y hermanos. Entonces somos capaces de sentarnos a la mesa con todas y con todos compartiendo gozosamente lo que somos y tenemos. Entonces somos capaces de vencer el miedo a la muerte. Y, entonces, somos capaces de entregarnos libre y generosamente como Jesús.
Y así, en este tiempo en que el miedo y la desconfianza amenazan con volvernos ingratas e ingratos vamos a poder salvar la humanidad.

No hay comentarios:
Publicar un comentario