2021-02-17 - Hoy, Miércoles de ceniza, estamos comenzando un nuevo tiempo de Cuaresma. Lo hacemos con un evangelio (Mt 6,1-6.16-18) en el que Jesús nos invita a una triple práctica que hace posible, a su vez, un triple encuentro. Y, lo hacemos en un contexto social marcado por una serie de medidas extraordinarias que han sido justificadas como necesarias para hacerle frente al Covid19.
Una primera práctica que propone Jesús es la oración. La oración en palabras de santa Teresa de Jesús es “Un tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”. La oración hace posible el encuentro con Dios. Y el Dios que se nos revela en Jesús es un Dios que es amor y solo amor. Y cuando nos encontramos con alguien que ama y solo ama, sentimos gratitud, mucha gratitud. Así, un signo importante del encuentro con Dios es la gratitud. Una pregunta que nos podemos hacer en este tiempo de Cuaresma es cuánta gratitud hay en nuestras vidas, qué tan agradecidas y agradecidos somos. Ahora la oración, además de tener una dimensión personal, tiene una dimensión familiar y comunitaria. Así, también nos podemos preguntar: ¿Oramos en familia? ¿Damos gracias a Dios en familia? ¿Tenemos como familia un espacio diario para darle gracias a Dios por tanto bien recibido? Eucaristía significa acción de gracias. ¿Participo, participamos como familia regularmente en la eucaristía? ¿Es la eucaristía un momento de encuentro agradecido con Dios en familia con la comunidad?
Una segunda práctica que propone Jesús es el ayuno. El ayuno es una práctica que hace posible el encuentro con una misma, con uno mismo. El mundo en el que vivimos hace posible el encuentro con muchas realidades, ahora también de manera virtual. Antes si queríamos decir que conocíamos algo bien, decíamos que lo conocíamos como la palma de nuestra mano. Si hoy nos pidieran dibujar de memoria la palma de nuestra mano serían probablemente muy pocas las personas que lo podrían hacer. Así, conocemos muchas cosas, pero nos conocemos poco a nosotras y a nosotros mismo. En este tiempo esta falta de encuentro con nosotras y nosotros mismos se ve muchas veces reflejado en el miedo. Vivimos actualmente con mucho miedo: miedo al Covid19, miedo a contagiarnos, miedo a morir. Al miedo le damos lugar cuando no sabemos bien para qué vivimos, cómo queremos entregar nuestras vidas, por qué estamos dispuestas y dispuestos a morir. El tiempo de Cuaresma es una bella oportunidad para encontrarnos con nosotras y nosotros mismos, para reconciliarnos con nuestra historia, para descubrir el sentido de nuestras vidas. En la medida en la que vayamos encontrando para qué queremos vivir y por qué queremos morir vamos a ir experimentando una paz y una tranquilidad profundas. Vamos a ir perdiendo el miedo a la muerte, porque nadie nos puede quitar la vida entregada libre y generosamente. Aquí también podemos preguntarnos por los espacios de encuentro como familias. ¿Tenemos espacios y tiempos para encontrarnos y compartir como familia regularmente? ¿Cómo es la comunicación como familia? ¿Nos preguntamos cómo estamos? ¿Compartimos cómo nos sentimos?
Una tercera práctica que propone Jesús es la limosna. La limosna es una práctica que hace posible el encuentro con las y los demás. En este tiempo se nos ha recomendado quedarnos en casa, distanciarnos socialmente, usar mascarilla como que si lo más importante en la vida fuera evitar el contagio. Evitar el contagio es sin duda importante, pero mucho más importante es acercarnos a la persona necesitada o contagiada, escucharla y decirle nuestra palabra, dejarnos conmover por su situación, tenderle la mano y dejárnosla estrechar. Y es que Dios no tiene otras manos que las nuestras para tenderlas. Así, en este tiempo, la mejor manera de dar limosna es ser buenas y buenos samaritanos, comenzando por nuestra propia familia, y siguiendo con nuestras vecinas y vecinos, para continuar con otras personas que no están cerca, pero a las que elegimos acercarnos.
Que este tiempo de Cuaresma que estamos iniciando hoy nos dé, pues, la oportunidad de llenar nuestros corazones con gratitud en el encuentro con ese Dios que es amor y solo amor, para discernir y decidir para qué vale la pena vivir, por qué vale la pena entregar la vida libre y generosamente, y para darnos calor las unas a los otros en nuestras necesidades tendiéndonos las manos y dejándonoslas estrechar.
Dejémonos, pues, convertir, creyendo en el Evangelio.

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