21-11-27 - Manuel de Jesús subirana
Rom.10,8-15;Mc.15-20
Un año más celebramos la fiesta del Santo Misionero, el P. Manuel de Jesús Subirana. Las lecturas de hoy nos recuerdan cómo el Señor quiere la salvación y la vida de todos, de todos los pueblos y todas las naciones. Y la salvación consiste en darnos cuenta de cómo nos quiere Él y cuánto desea nuestro bien, sin excluir a nadie, y que vivamos como verdaderos hijos de Dios, como verdaderos hermanos, comunicándonos así la vida plena, eterna y feliz.
Por el año 1856, Yoro era un pueblo de poca importancia en el camino real que venía del puerto de Trujillo hacia la cabecera regional de Comayagua. Un pueblo de campesinos y agricultores en medio del territorio de las tribus hicaques, bastante despreciados por la población local. Los intentos de evangelización y civilización realizados hasta entonces no habían tenido mucho éxito y los indígenas se sentían humillados, empobrecidos y marginados y casi sin esperanzas de mejorar sus vidas.
Subirana, que venía de su experiencia misionera en Cuba, de donde fue expulsado por su celo misionero y su amor por la justicia y la verdad, se sintió enviado a anunciar el Evangelio entre los indígenas de Yoro. Su amor le llevó a acercarse de corazón a aquellos más pobres y despreciados, compartiendo su vida, aprendiendo su lengua y experimentando su pobreza. Y descubriendo entre ellos la presencia del Señor que le enviaba a anunciarles esa buena noticia:
que, aunque muchos los despreciaban, el Señor les quería con un amor inmenso, ese amor con que Subirana mismo se sentía amado por Dios. Esto le llenaba a él de fortaleza y ánimo para superar toda clase de contrariedades y limitaciones que experimentaba por todas partes. Los despreciados veían en él esa gran presencia de ánimo que también se comunicaba a los demás. Pronto empezaron a pedir el Bautismo, que Subirana presentaba como la fuente de esa vida nueva, y comenzaron a mostrar deseo de mejorar sus vidas. Subirana no traía dinero, ni alimentos, ni bienes materiales ningunos. Pero sí comunicaba ese ánimo que nace de la Fe viva y transforma a todo aquel avanza en el camino de sentirse y comportarse como hijo de Dios.
Como hombre de gran sentido práctico vio enseguida la importancia de que los indígenas obtuvieran la seguridad jurídica sobre las tierras que habitaban. Por ello buscó delimitar claramente los linderos que correspondían a cada tribu y conseguir los documentos legales correspondientes. Buscó algunos colaboradores que ayudaran a los indígenas a mejorar sus formas de cultivar la tierra y tener así una mejor alimentación y salud. Elaboró unos reglamentos para evitar los abusos que los indígenas sufrían y defender mejor su dignidad. Estableció unas normas para evitar injusticias y engaños en los tratos de comercio de la zarzaparrilla, un producto que lo indígenas cosechaban y se exportaba hacia España. Los indígenas y mucha más gente, descubrieron en él una presencia muy especial y comenzaron a llamarle “el Santo Misionero” y los que anteriormente habían sido rebeldes ante la invasión de la cultura y la religión hispana, empezaron a sentir una atracción hacia el nuevo modo de vivir que anunciaba Subirana, una liberación de creencias aterrorizadoras y una vida más plena y libre. La evangelización iba acompañada de signos efectivos que revelaban un crecimiento en su dignidad humana. Y ello sin destruir sus valores ancestrales de hermandad familiar, lengua, amor a la vida y amor a la tierra en que vivían. Subirana resultó así un ejemplo de evangelización inculturada, que no destruye los valores que ya hay en la persona anteriormente a recibir el anuncio evangélico, sino que los potencia, los promueve y los hace crecer.
De Subirana se cuentan hechos aparentemente extraordinarios, como de predecir acontecimientos futuros, curaciones, prodigios de varios modos, adivinar lo que algunas personas tramaban o planeaban, expulsar malos espíritus, etc. Cosas que nos asombran o nos admiran. Cosas que algunos miran como “milagros”. Que Subirana hizo milagros en su tiempo y los sigue haciendo ahora. Milagros que pueden serlo verdaderamente, pero que también pueden entenderse como acontecimientos naturales. Pero eso no es lo realmente más importante. Lo verdaderamente importante, tanto en Subirana como en tantos santos que ha habido en el mundo es el amor y la misericordia por los más pobres y marginados que transparenta el Amor de Dios que se encarna y se manifiesta en personas que se dejan guiar por el Espíritu divino. Amor que da fortaleza en la debilidad, esperanza en la oscuridad, paz en la fragilidad, vida en la adversidad, sabiduría en la contrariedad. Subirana se convierte así en un modelo y ejemplo para nosotros. Nos descubre lo que el Espíritu hace en nosotros cuando nos dejamos guiar por Él. Y todo ello hacerlo, no porque le obliguen a uno, o por intereses mezquinos o egoístas, sino vivirlo con alegría, con libertad.
Subirana nos muestra así que el camino del Reino, de la Paz, de la Libertad, de la Vida, de la Alegría, está abierto para todo aquel que cree la Buena Noticia de que Jesús pasó por la muerte, pero para vencerla en la Resurrección, que el Señor está vivo y nos sigue acompañando en nuestras luchas y trabajos, que lo que ilumina nuestras vidas y trabajos es el camino de la Fe, de vivir la vida en un compartir generoso y agradecido como continuamente se nos invita en el Evangelio.
Demos gracias al Señor por la vida de este gran Santo. Por el ejemplo de amor y entrega sincera y verdadera que se manifiesta en él. Y aprendamos de él ese camino de servicio y amor por los más pobres y despreciados a que también en él se nos invita a nosotros a seguir. Si lo hacemos, sentiremos cómo él nos sigue acompañando y ayudando en nuestras necesidades, cómo él nos guía y nos protege en los peligros, cómo él sigue vivo y actuando con amor en nuestra vida, porque él participó y sigue participando en la Vida de Nuestro Señor.
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