domingo, 13 de junio de 2021

2021-06-13 - La de la semilla que crece por sí sola y la del grano de mostaza que luego se convierte en un arbusto en el que los pájaros pueden anidar a su sombra.

2021-06-13 - En la primera lectura del libro del profeta Ezequiel (Ez 17,22-24) se nos relata como Dios va a tomar un renuevo de la copa de un gran cedro y lo plantará en la cima de la montaña más alta. Echará ramas, dará fruto y se convertirá en un cedro magnífico en el que anidarán toda clase de pájaros. Con el Salmo 92 repetimos: “¡Qué bueno es darte gracias, Señor!”. En la segunda lectura de la segunda carta de Pablo a los corintios (2Cor 5,6-10) Pablo afirma que caminamos guiados por la fe, sin ver todavía. En el evangelio de Marcos (Mc 4,26-34) Jesús propone dos parábolas para hablar del reinado de Dios: la de la semilla que crece por sí sola y la del grano de mostaza que luego se convierte en un arbusto en el que los pájaros pueden anidar a su sombra.

En la primera parábola de la semilla que crece por sí sola Jesús pareciera indicarnos que el reinado de Dios no depende de nosotras ni de nosotros, sino de Dios. Si esto es así, Dios está reinando ya. No se trata de que venga su reinado, ni de que lo construyamos. Se trata de acogerlo, de entrar en su dinámica conscientemente. Ignacio de Loyola, en la última oración de sus Ejercicios Espirituales nos habla sobre esta manera de reinar de Dios: reina creando, redimiendo, colmándonos de dones; reina habitando en todo lo creado constituyéndolo desde dentro; reina trabajando y laborando por nosotras y nosotros en todo lo creado; reina derramando bienes y dones sobre nosotras y nosotros (EE 234-237). Así, el reinado de Dios no es un punto de llegada, sino el punto de partida. Así las cosas, lo que nos toca es enteramente reconociendo tanto bien recibido en todo amar y servir (EE 233).

En la parábola de la semilla de mostaza Jesús llama la atención sobre la desapercibido que puede pasar el reinado de Dios porque es pequeño, no busca protagonismo, no se impone. Esto resulta especialmente evidente cuando se compara con el relato del cedro de Ezequiel. Es reinado de Dios no es como un cedro imponente, sino como una semilla insignificante, de una mata que en la antigüedad era considerada una plaga. No se siembra en la montaña más alta sino en un campo cualquiera. Dios reina en lo cotidiano, en lo ordinario, en lo común, y por eso corre el riesgo de pasar desapercibido. Es la presencia de Dios que Elías descubre en la cueva: no esté en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en una brisa suave (1R 19,11-13). Esta brisa podría ser nuestra propia respiración, tan suave que pasa desapercibida, pero tan vital que sin ella no sobrevivimos cinco minutos.

Cuando tomamos consciencia de esta manera de ser de Dios sencilla, ordinaria, vital no podemos sino dar gracias, que es a lo que nos invita el versículo que repetimos en el salmo. La gratitud es la puerta de entrada a la experiencia del reinado de Dios. Cuando comenzamos a agradecer descubrimos las posibilidades infinitas que dicho reinado nos ofrece, porque entonces empezamos a responder con amor a su amor.

Así, pues, Dios reina amando y solo amando, y nosotras y nosotros participamos activamente de dicho reinado cuando empezamos a reconocer y a agradecer su amor. La gratitud desata y despierta nuestro amor, y así empezamos a amar como él nos ama (Jn 15,12). Y, entonces, descubrimos que no se trata de un “ya, pero todavía no”, sino de un “ya y todavía más”.

Y, es entonces, que empezamos a formar comunidades de compartir agradecido en las que compartimos lo que somos y tenemos fruto no del miedo ni del interés, sino de la gratitud. Entonces, empezamos a acercarnos y a dejar que otras y otros se nos acerquen, a dialogar, a tendernos las manos y a dejárnoslas estrechar aun con la posibilidad del contagio, porque nos mueve la compasión. Entonces, empezamos a perder el miedo a la muerte porque experimentamos que nada ni nadie nos pueden quitar la vida entregada libre y generosamente. Entonces empezamos a vivir desde ahora, desde nuestros lugares y con las personas que nos rodean ese mundo con el que hasta entonces solo habíamos soñado.

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