domingo, 10 de enero de 2021

2021 - 01 - 10 Este amor fue el que llevó a Jesús a experimentar a todos los seres humanos como sus hermanas y hermanos, como hijas e hijos entrañablemente amadas, amados de Dios.


2021-01-10 - Hoy estamos celebrando la fiesta del bautismo de Jesús. El evangelio de Marcos (Mc 1,7-11) que escuchamos nos habla del bautismo de Jesús por Juan en el Jordán.

Marcos nos presenta el bautismo de Jesús como una experiencia trinitaria. Jesús se experimenta como hijo entrañablemente amado, como hijo en quien Dios se complace. Eso le permite experimentar a Dios como Padre amoroso, fiel, cercano en quien se puede confiar. Sintiéndose hijo amado de un Padre misericordioso Jesús se experimenta ungido por el Espíritu Santo. La unción por el Espíritu Santo es la experiencia del amor de Dios que despierta el suyo (Jn 1,16).

La unción con el Espíritu Santo ha sido asociada a dones especiales: sabiduría, entendimiento, consejo, ciencia, piedad, fortaleza, temor de Dios. También ha sido asociado el Espíritu Santo a dones excepcionales como la sanación, el don de lenguas, la profecía, por ejemplo. Todo esto siendo verdad tiene el peligro de poder oscurecer el don de dones del Espíritu Santo, la experiencia de un amor que responde al de Dios, que está, además, abierta a todas y todos sin excepción. A este respecto, recordemos lo que nos dice san Pablo en la Primera Carta a los Corintios: “Ya puedo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles que, si no tengo amor, no paso de ser una campana ruidosa o unos platillos estridentes. Ya puedo hablar inspirado y penetrar todo secreto y todo el saber; ya puedo tener toda la fe, hasta mover montañas, que, si no tengo amor, no soy nada. Ya puedo dar en limosnas todo lo que tengo, ya puedo dejarme quemar vivo que, si no tengo amor, de nada me sirve” (1Cor 13,1-3).

Este amor fue el que llevó a Jesús a experimentar a todos los seres humanos como sus hermanas y hermanos, como hijas e hijos entrañablemente amadas, amados de Dios. De ahí su pasión por las últimas, los perdidos, las enfermas, los pecadores, las excluidas, los marginados porque como hijas e hijos todas y todos tenemos un lugar en la familia de la que Dios es “Padre Nuestro” (Mt 6,9).

Por eso Jesús se sentaba a la mesa con todas y todos, ganándose la fama de ser “un comilón y borracho, amigo de cobradores de impuestos y de pecadores” (Mt 11,19; Lc 7,34). Y, también por eso Jesús se hacía cercano, dialogaba, se dejaba conmover, tendía la mano y se la dejaba estrechar por los leprosos (Mc 1,40-45) y los caídos por el camino como buen samaritano (Lc 10,30-37).

Esta unción por el Espíritu Santo fue también la que le permitió a Jesús pasar del amor de hijo y hermano al amor de amigo, de compañero con los miembros de la comunidad que se fue formando alrededor suyo. Así, en el evangelio de Juan se nos dice: “No, no los llamo siervos, porque un siervo no está al corriente de lo que hace su señor; a ustedes los vengo llamando amigos, porque todo lo que le oí a mi Padre se los ha comunicado (Jn 15,15). La comunidad de Jesús no es una comunidad formada ni alrededor del miedo y ni del interés, sino del amor que brota de la gratitud.

Finalmente, la unción por el Espíritu Santo es la que llevó a Jesús a entregar su vida. Como dice en el evangelio de Juan: “Nadie tiene amor más grande por los amigos que uno que entrega su vida por ellos” (Jn 14,13). Y esta entrega es el bautismo definitivo: “Pero también he de recibir un bautismo, y ¡qué angustia siento hasta que no se haya cumplido!” (Lc 12,50). Este bautismo es el que Juan presenta como la visión de la gloria: “uno de los soldados, con una lanza, le traspasó el costado, y salió inmediatamente sangre y agua” (Jn 19,34).

Estos tiempos que estamos viviendo marcados por el miedo, la desconfianza, la discriminación, la necesidad nos dan la oportunidad de vivir nuestro bautismo, nuestra unción por el Espíritu Santo experimentándonos como hijas e hijos entrañablemente amadas, amados de Dios, haciéndonos samaritanas y samaritanos, formando comunidades de amigas y compañeros de Jesús, y entregando nuestras vidas libre y generosamente.

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